dijous, 24 de març del 2016

EL CIRCO DE LAS ALMAS PERDIDAS

Mi nombre es Jim Hawton, pero hace cosa de varios años, en Pantheon's Shadows fui más conocido como Jimbo Drill, el payaso diabólico. Aunque entonces yo no era más que otro decorado del escenario; un personaje secundario cuya tarea era simplemente sujetar los afilados cuchillos que en breve, serían arrojados por John Ballesta, hacia el cuerpo moribundo de alguien que una vez fue un ciudadano feliz, hasta que terminó aquí, en nuestras garras.

Tengo que reconocer que primero no sentía nada, ni miedo, ni angustia, ni siquiera remordimientos, pues había sido educado de tal manera que mi cabeza se vaciara de cualquier tipo de sentimiento ante los espeluznantes espectáculos del Pantheon's. Solamente me limitaba a contemplar con mi rostro maquillado los atroces actos que sucedían dentro de esa carpa maldita y escuchaba los sonoros aplausos de un público enfermizo dispuesto a pagar verdaderas fortunas para ver como de frágil podía ser una vida humana.

Fuera del show, el Pantheon's era mi familia y lo único que tenía en este mundo. Willy Komodo, el dueño del circo me encontró debajo de un puente cuando yo tenía solamente tres años, y antes de dejarme allí, decidió darme una oportunidad en la vida y convertirme un un peón más de su oscuro negocio. Le debía tanto entonces a ese hombre, que ni por un instante se me ocurrió cuestionarle el “porqué” de esos actos terroríficos e inhumanos.

Pero las cosas cambiaron en el momento en que yo ya tenía 18 años y, por capricho de la misma existencia, el destino me puso frente a una situación que jamás iba a olvidar. La cosa fue más o menos así: uno de esos viernes por la noche, en el momento en que uno se acomoda en su hogar y deja atrás todas las preocupaciones y migrañas del trabajo; por medio de sorteo o por cuestión de turnos, no lo recuerdo bien, fui seleccionado para limpiar y desinfectar todo el macabro escenario de ese circo de los horrores. Agarré la fregona y el cubo como ya había hecho otras veces antes y empecé a borrar de la carpa todos los rastros de sangre, sudor y los miembros en putrefacción amputados salvajemente de las víctimas del Pantheon's.

Fue entonces, como si de algún modo me hubiese estado esperando, el cuerpo destrozado de un hombre, quien dábamos por supuesto que había muerto esa tarde, sollozó con fuerza y me miró con sus ojos que ya no lloraban lágrimas, lloraban sangre. “Habéis dejado a un niño sin padres ¡mi hijo!” gritó el hombre con su último aliento mientras soltaba la correa de su vida y dejaba ir todas las fuerzas que había retenido hasta ahora. Me costó un rato asimilarlo, pero tengo que reconocer sin temor alguno, que ese pobre hombre despertó en mi un horrible sentimiento de culpabilidad que me llevó a tomar decisiones que jamás hubiese tomado estando entre las cadenas del Pantheon's. Pues en esos escasos segundos me vi completamente reflejado, pero no en el ya fallecido hombre, sino en su hijo, que acababa de caer en las manos del destino, sin padres, como me pasó a mi. Y más allá de esto, y aún ser muy difícil, vi cómo la historia se repetía. El niño se quedaba huérfano y abandonado, era adoptado por un señor cuyas creencias sobrepasan toda ética humana, y terminaba encerrado en una vida de crimen y miseria para siempre.

Y si, es asombroso cómo en cuestión de segundos, mi vida dio un giro que cambiaría para siempre mi percepción de este cruel mundo.

Me dí cuenta que Pantheon's Shadow estaba llegando demasiado lejos, y aunque ya era tarde para reaccionar, era consciente que debía acabar con ese circo, pero no disponía de la suficiente fuerza ni valentía para plantar cara a toda esa gente que me crió y me dio una familia a la que amar. Y cómo era de suponer, en mi cabeza estallaron centenares de dudas cuyas respuestas quedaban al azar del destino. ¿Cómo sería mi vida sin el Pantheon's? ¿Cuál sería mi lugar en un mundo que siempre se había encontrado detrás de esa carpa roja y jamás había conocido? ¿E incluso, sería yo capaz de emprender tales actos? ¿Merece una persona morir por haber matado a otra? Intentaba evitarlo, pero poco a poco en mi mente se forjaba una única respuesta: ¡Sí, en el Pantheon's sí!

Los días pasaron y el espectáculo continuaba a un ritmo incansable, pero ahora era diferente. Detrás de mis ojos todo había cambiado, y todo era mucho más horrible que antes. Cada vida que desaparecía en ese escenario se agarraba a mi con tanta fuerza, que hasta tenía la sensación de poder sentir su peso en mi espalda.

Entonces llegó el día en que el Pantheon's finalmente tomó un nuevo rumbo. Conseguí un par de libros de la pequeña carpa de la Pitonisa del circo. Unos polvorientos volúmenes llenos de códigos indescriptibles capaces de dotar al predicador de habilidades dignas de un ser divino. Algo así me contaron de pequeño. El caso es que en el momento en que el último rayo de sol se desvanecía entre las montañas, encerrado y mal desmaquillado en mi tienda desordenada, empecé a hojear esas antiguas páginas mugrientas hasta encontrar lo que más se aproximaba a mis necesidades: el hechizo del “Valor Mortal”.

Recité esas cinco líneas de palabras extravagantes con cierta dificultad, y entre las sombras de la noche, esperé una respuesta que no llegó. Decepcionado y desmoralizado empecé a llorar todo lo que no había llorado estos últimos 15 años de mi vida. Esa corrosiva sensación de impotencia me hacía sentir débil, muy débil. Hasta que me quedé totalmente dormido.

No puedo decir con exactitud si pasaron minutos o tal vez horas; el caso es que una extraña brisa acarició mi rostro ya libre de las lágrimas y me despertó con un horrible escalofrío. Alguien había entrado en mi carpa y se escondía sigilosamente entre el desorden. Yo me quedé paralizado, no sabía si fingir estar durmiendo o empezar a correr hacia el exterior. Por fortuna o no, fue esa cosa la que rompió el hielo primero. No la podía ver, pero era más que obvio que ella sí podía verme a mi. Fue entonces cuando empezó a hablar con una voz grave y fría.

“Jim Hawton... ¿O debería llamarte Jimbo Drill, el payaso diabólico de Pantheon's Shadow? Parece que tu alma ha suplicado mi ayuda. La mayoría de la gente considera mi invocación una verdadera locura, pero por ignorancia o valor, tú has tomado esa decisión y aquí me encuentro, a tu servicio. Explicame, joven espíritu, la razón de tus oraciones y convénceme para que te ceda el codiciado don del Valor Mortal”.

“Pantheon's Shadow siempre fue mi familia y mi hogar, pero tras tantos años en sus espectáculos, he descubierto por fin la diferencia entre el bien y el mal, y me he dado cuenta que haber caído aquí ha estado el peor castigo de mi vida. Tengo fe en que todo este tiempo en este lugar me va a servir para algo, para poder acabar con él, pero no soy capaz de reunir el valor suficiente para enfrentarme a esto. Este es el motivo de mi llamada”. Expliqué intentando ser lo más claro posible, aun sintiendo un inmenso nudo en la garganta.

“¡No tienes ni la más mísera idea de que es el bien y el mal!” gritó ese ente de las tinieblas. “Pero me has convencido. Yo te concederé el Valor Mortal, pero a cambio tu vas a tener que cumplir mi condición. ¿Estás dispuesto a aceptar un pacto sagrado? ¿O permitirás que tus instintos de precaución se antepongan a tus más oscuros deseos?”

“¿Cuales son tus condiciones?” pregunté intentando aparentar poseer el control de la situación.

“Muy sencillo, simplemente te voy a pedir que hagas bien tu trabajo; y con esto quiero decir que te encargues de terminar con el espectáculo del Pantheon's Shadow para siempre. Te concederé ese don durante todo el resto de la noche, y tu deberás asegurarte de que eliminas cada una de sus piezas por completo. En el momento en que arrojes la última alma en el más profundo infierno, tu deuda estará saldada, y tu, Jimbo Drill, serás libre para toda la eternidad”.

“¿Y qué pasaría si no cumpliese con el pacto?” pregunté esta vez.

La voz soltó una risa silenciosa y respondió. “Si termina la noche y no cumples tu misión, serán los espíritus del Pantheon's Shadow quienes se van a encargar de destruirte a ti. Piensa Jim ¿hasta que punto vas a permitir que este espectáculo convierta tu vida en un eterno sufrimiento?”

“¡Acepto!” dije definitivamente, esta vez sin dudarlo.

“¡Perfecto!” exclamó ese espectro de la oscuridad con una satisfacción que me incomodaba. “Tienes 5 horas” dijo dejando caer de la nada un antiguo reloj de arena sobre el piso, iniciando en ese instante la cuenta atrás.

Entonces un silencio fantasmal se apoderó del ambiente. Salí de la carpa y respiré fuerte para recibir todo el oxígeno que me permitiesen mis débiles pulmones. Y repentinamente sentí el dolor de un aguijón envenenado clavándose en mi médula lentamente. Lo que pasó durante los siguientes segundos se convirtió en una mancha oscura en mi memoria, pero el caso es que como por arte de magia, una especie de odio insanable se apoderó de mis venas y de mis pensamientos, llenándolos de los más perturbadores recuerdos que ocultaba mi cabeza. Y en cuestión de unos segundos más, me encontraba corriendo sin control alrededor del campamento. Sí, mis movimientos se correspondían con mi voluntad, pero por contradictorio que parezca, puedo afirmar sin miedo de equivocarme que ese no era yo.

Lo siguiente es mejor que quede en el olvido, pues la carnicería fue tal, que incluso bajo esos misteriosos efectos, podía apreciar una pizca de exceso en mis actos, aunque eso no me frenó en ningún momento. La Pitonisa, John Ballesta, y todos los otros compañeros, incluyendo a Willy Komodo se convirtieron en las víctimas de lo que parecía simbolizar la última de las funciones del Pantheon's. Y una vez me aseguré de haberlos mandado a todos al infierno del que nacieron, prendí en llamas la enorme carpa, que en un par de horas, pasó de ser roja a ser negra, y finalmente gris; el gris de las cenizas que se empezaron a esparcir a medida que el sol me daba la bienvenida a un nuevo día. Y con más remordimientos que satisfacción, cuando esos efectos liberaron de nuevo a mi verdadero “yo”, empecé a correr hacia los infinitos bosques de pinos que siempre habían ocultado ese circo, que en una sola noche, pasó a ser historia.

Llegué a la ciudad, y estuve los siguientes cinco años malviviendo en los suburbios, compartiendo espacio con gente a la que no conviene hacer enfadar. Tal vez esto me proporcionó ese instinto de supervivencia que tanto había necesitado, y quieras o no, me ayudaba a olvidar mi tenebroso pasado; a pesar de ser del todo consciente de que “Jimbo Drill” me perseguiría para siempre. Y así viví hasta que definitivamente me di cuenta de que el olvido no me daba de comer, y ya había estado demasiado tiempo de brazos cruzados esperando la caridad de personas que no tienen ningún interés por mi vida; y no les culpo.

Mi falta de aptitudes para un trabajo “normal” me regaló 5 años más en la miseria, y cuando por fin llegué a los 28, en 1964, vi la oportunidad de mi vida en el recorte de un periódico. “El Parque del Claro” era un parque de atracciones recién inaugurado en la ciudad, el cual se veía obligado a buscar personal con habilidades de entretenimiento para atraer al necesitado público. Primero dudé si yo era la persona adecuada para dicho trabajo. ¿Podía atribuirme el mérito de haber entretenido a alguien durante esos tiempos, forzados a olvidar, en el espectáculo del Pantheon's? Más tarde me di cuenta que si dejaba pasar este milagro, me arrepentiría como jamás me había arrepentido antes.

Entrar en la plantilla del equipo de entretenimiento del Parque del Claro fue complicado. Mis habilidades como payaso de circo eran limitadas y el tiempo me las había deteriorado; además, mi absoluta falta de documentación no ayudaba demasiado. Pero la necesidad de clientes del parque me permitió superar esos obstáculos, y en poco tiempo ya me encontraba rodeado de niños que esperaban con ansias para ver aterrizar un pastel en mi rostro, que volvía a estar maquillado como una vez lo estuvo “Jimbo Drill”.

Entonces llegó un nuevo giro en mi vida. Tal vez el último giro de la vida de un payaso que acababa de encontrar lo que parecía ser la serenidad tras una gran tormenta. Misteriosamente, y sin motivo alguno, mi mente empezó a recuperar macabras imágenes del Pantheon's, las cuales me empezaron a visitar en mis sueños más profundos. Pero esto solo fue la punta del iceberg ya que días más tarde empecé a despertar con heridas y rasguños sangrientos por todo el cuerpo. Miles de teorías me llevaban a creer que yo mismo me causaba esos hematomas, pero ninguna explicaba porqué algunas de esas heridas estaban hechas con la hoja de un cuchillo.

Y la cosa fue a más: A los 43 años lo que empezaron siendo heridas y cortes se convirtieron literalmente en auténticas mutilaciones. En un par de años había perdido una mano entera y tres dedos de la otra. ¡Ahora asustaba a los niños! Aún recuerdo cómo esa madre consolaba a su pequeño hijo ese día que se convirtió en mi última jornada en el Parque del Claro. “Tranquilo Blair, tranquilo. El payaso malo ya se va...”.

Desmoralizado y completamente destrozado, cogí con mi única mano la bolsa con mis pocas pertenencias y lo abandoné todo. El trabajo, la ciudad, los niños que ya no me querían. Empecé a reflexionar sobre mi triste vida, mis inexistentes motivaciones y sobretodo la extraña pérdida de mi mano y mis dedos. Y sin ningún tipo de rumbo ni destino, decidí volver donde todo había empezado: en las tierras del Pantheon's Shadow.

Y justo al llegar allí, una misteriosa brisa me recordó algo que ya se hallaba perdido en mi más oscuro subconsciente. Una frase que decía: “Si termina la noche y no cumples tu misión de acabar con el espectáculo, serán los espíritus del Pantheon's Shadow quienes se van a encargar de destruirte a ti”.

Y fue entonces cuando comprendí que cometí el grave error de dejar un cabo suelto esa fatídica noche. El espectáculo del Pantheon's jamás terminó. Jamás terminó y jamás iba a terminar. No mientras siguiese yo con vida. Yo era la última pieza del Pantheons que también debía morir esa noche.







dilluns, 29 de febrer del 2016

VALOR Y PRESTIGIO

No acostumbro a leer el periódico durante mi tiempo libre. Solo existen malas noticias ya. Y no es que este hecho me deprima; ni siquiera me asusta. Después de 25 años en este mundo, las malas noticias simplemente me aburren. Pero hoy la gente solo habla de una cosa, y a pesar de que yo no tenga con quien hablar hoy, creo que me conviene hacer un pequeño vistazo a mi alrededor, aunque sea a través de las páginas de un diario.

El tema se resume más o menos así: Se halla en las profundidades del Parque Nacional de Dashville lo que parece ser un circo “clandestino” completamente carbonizado junto con sus operarios tras un incendio provocado. Y aunque la noticia nos permite explorar detalladamente la escena completa de dicho desastre, tengo esa detestable tendencia de resumirlo todo y guardarme muchas de las palabras en el bolsillo; palabras que jamás saldrán de allí.

Cuando suena mi alarma, como es habitual los viernes por la noche, me levanto del banco de madera blanca situado en el porche de la Residencia Ámbar y me sacudo el traje con el brazo, como siempre, intentando mantener esa elegancia que me permite ganar el sueldo. A continuación , sin perder ni un segundo, me coloco el gorro cuidadosamente en la cabeza procurando no despeinarme ni un solo pelo, me pongo esos finos guantes blancos de terciopelo y finalmente alineo y tenso la pajarita negra que cuelga de mi cuello hasta tener la sensación de que si la tensara más, seguramente me estrangularía.

Los Kinney no tardan en bajar acompañados de Mason, el mayordomo, y al verlos, ya como si fuera un acto reflejo, me sitúo inmediatamente al lado de su carruaje de fin de semana, preparado para recibirles.

Ellos se acercan a paso firme tras haber bajado todos los escalones que separan el patio de la entrada de la mansión; la atmósfera que les rodea solamente transmite una cosa: superioridad. Tanta, que incluso habiéndome asegurado de que mi gorro estaba perfectamente inclinado y simétrico al eje de mi rostro, no puedo resistirme a desplazarlo un milímetro más con el meñique. George Kinney acaricia el techo de su apreciada limusina alemana con la mano entreabierta, observando su propio reflejo en uno de los oscuros cristales del vehículo, iluminado desde el interior. Siempre me he preguntado qué es lo que debe ver uno al mirarse a un espejo y saber que todo lo que está a su alrededor le pertenece.

George Kinney es una de esas personas que podríamos llamarlas estereotipos, pues su imagen no se aleja demasiado del modelo de multimillonario heredero que todos conocemos; porque en realidad, Kinney es de esas personas que por mucho que te digan lo contrario, te demuestra cada día que el dinero sí hace la felicidad. Joven, robusto, tirando a ancho, de buen vestir y de buen comer. Este tipo trepó las viñas de la sociedad con una sola mano al heredar la propiedad entera de la fábrica metalúrgica de su difunto padre. Un hombre afortunado.

Abro las puerta de la limusina con el gesto refinado que todos esperan ver y George Kinney lo aprueba con un leve y seco movimiento de cabeza antes de acomodarse en su asiento. Detrás de él, entra su mujer, la señorita Judith Kinney, con un extravagante vestido de un color verde apagado y me lanza una cálida sonrisa que no tardo en devolver. Finalmente, me despido de Mason con un caricaturesco saludo militar y me adentro en la cabina del piloto preparado para “despegar”.

Cuando llegamos al “Jazz”, el prestigioso salón de baile, centro de reunión y ocio de todos los ricachones de Dashville, la limusina que tanto destacaba en las calles se convierte en una limusina más entre las decenas de vehículos de lujo de todas esas personas que ahora se encuentran dentro del local. Aparco y rápidamente abro las puertas del vehículo permitiendo a los Kinney salir del coche para reunirse con un cúmulo de gente de vestuarios lujosos que esperan en la entrada del Jazz. George sale por la puerta sin decir nada, solamente se limita a abrocharse la corbata. Y lo admito, antes me ofendía su nula relación conmigo; pero ahora creo que prefiero ignorar este hecho. Por otro lado, Judith se limita a sonreírme otra vez; y aunque sé que para muchos esto supondría un esfuerzo mínimo por parte de una persona con tanto tiempo libre, para mi es suficiente para darme cuenta que aún formo parte de este mundo.

Ambos se adentran en el salón, y yo, como buen chófer, permanezco sentado en mi asiento de cuero; mi pequeño santuario. Enciendo la radio del coche y me sumerjo en mis pensamientos un viernes más, no sin antes librarme del gorro y los guantes que delatan mi oficio. Porque aunque parezca una estupidez, y tal vez lo sea, adoro esa mirada sorprendida de la gente cuando se creen que yo soy el propietario del vehículo.

Jamás me he podido permitir cruzar la entrada del Jazz, más que en 1942 cuando yo, armado con mis 13 años y la cartera de cuero que me regaló mi padre, me dedicaba a repartir esos periódicos llenos de malas noticias por todo este lujoso vecindario, sin saber aún, que estaba condenado a trabajar para el lujo de otros todo el resto de mi juventud. El caso es que uno de esos días como cualquier otro, pude ver con mis propios ojos cómo eran las entrañas del Jazz, considerado entonces la “Arcadia de Dashville”. Si no me falla la memoria, a pesar de ser un centro de lujo y entretenimiento, a través de mis ojos infantiles podía apreciar un cierto exotismo que no lograba comprender y aún no he comprendido.

Mi alarma vuelve a sonar y me libera bruscamente de mis “nostalgias” para recordarme que en cinco minutos los Kinney están de vuelta. El proceso se repite: gorro colocado, pajarita alineada y guantes preparados para conducir de nuevo. Cuando mi reloj marca las doce en punto exactas, las puertas del Jazz se abren de par en par dejando pasar a una verdadera estampida de millonarios que se apresuran para ser los primeros en volver a sus mansiones después de un par de horas de diversión.

Entre las cabezas de la multitud consigo ver a George, que está hablando con un hombre de aspecto un tanto intrigante. Alto, delgado, corrompido por la edad y luciendo un largo sombrero de copa blanco, a juego con su vestido de “Lord Británico”. Ambos parecen pasárselo a lo grande contándose sus chistes intelectuales y retorcidos que jamás voy a entender.

Reconozco, si no ha quedado claro aún, que tal vez mi mayor pecado sea la envidia. Envidia hacia esta gente afortunada, con sus vidas libres y organizadas hasta su último segundo en este mundo. Tal vez sea cierto que cada uno recibe lo que merece; porque a mi, hasta ahora solo se me ha permitido soñar. Y es cierto; me resulta imposible asociar una cifra a las veces que me he imaginado a mi mismo en el lugar de George Kinney. Pero aunque sea extraño, aparte de ese incómodo silencio que me dedica cada día, no tengo ningún motivo para odiarle de verdad.

Volvemos a la Residencia Ámbar tan reluciente y brillante por los faros que la rodean; y la rutina se repite otra vez. George baja del coche explicándole a Judith las más estúpidas anécdotas sucedidas en el Jazz; yo les escucho reír, quieto como una estatua delante de la puerta abierta de la limusina, esperando a que se retiren para poder cerrarla. Y una vez terminada la eterna jornada, ando a paso lento hacia mi pequeño apartamento situado al otro lado del jardín de la mansión. Exhausto pero preparándome para mañana; el día de compras; el “Sábado Kinney”.

De repente, algo me llama la atención desde el otro lado del extenso patio de hierba. Ahí está ese hombre del sombrero de copa blanco en la entrada de la mansión esperando ser recibido. Pero extrañamente no llama a la puerta. Yo, movido por la curiosidad y por esa agradable pero efímera sensación de experimentar algo diferente, me oculto entre unos arbustos del patio, cerca de mi apartamento y observo detalladamente lo que sucede en el momento en que la puerta de la Residencia Ámbar se abre con sigilo.

George Kinney entra en escena y empieza a conversar con el elegante hombre de blanco. La conversación continúa imparable hasta que los gestos de ambos se empiezan a volver misteriosamente agresivos y una extraña falta de control se apodera de George. La distancia me obstaculiza, pero juraría que el indeseado invitado va muy bebido.

Lo siguiente ocurre tan rápido, que por una mínima distracción no llego a poder ver lo sucedido. Cuando vuelvo a enfocar mi vista hacia la puerta de la mansión, me doy cuenta de que George Kinney empuña temblorosamente un revólver humeante en la mano derecha y el individuo misterioso se encuentra rodando por las escaleras de la entrada, hasta finalmente frenar en seco al golpearse contra uno de esos impecables y brillantes faros de metal.

George desesperado baja las escaleras torpemente y agarra con horror el cuerpo sin vida del hombre de blanco, soltando un llanto afónico para no llamar la atención de nadie. Rápidamente, el señor Kinney arranca con todas sus fuerzas los cerezos que el jardinero había plantado esta mañana, y aprovechando el profundo hueco de la plantación, deja caer el cadáver, no sin antes vaciarle la cartera. Finalmente, con un mal improvisado disimulo, vuelve a colocar los jóvenes árboles en su sitio y se saca con ira su valiosa chaqueta de algodón teñido.

En el momento justo en que George entra de nuevo en su majestuosa morada, salgo de los arbustos y abro la puerta del apartamento cegado por la oscuridad y por una desagradable sensación de culpabilidad, que rápidamente queda aliviada gracias a mis más oscuros pensamientos sobre lo sucedido. Pensamientos que arrastro hasta la cama y me permiten calificar el día cómo “Un Viernes Diferente”.

Incluso madrugando, al salir del apartamento distingo un par de coches de policía en el aparcamiento de la mansión, en medio de las limusinas de los Kinney. Me acerco simulando no conocer el motivo de su presencia y los tres policías que observaban con fascinación la fachada de la Residencia Ámbar, se me lanzan ahogándome con preguntas sobre mi paradero durante la noche anterior. Yo no abro la boca hasta que oigo un nombre pronunciado por uno de los agentes: Matthew Crows.

“¿Quién es Matthew Crows?” pregunto al mismo agente que le mencionó. “Matthew Crows es el director general del “Gran Casino Winter's”, y ha desaparecido supuestamente esta noche. Su mujer ha insistido en buscarle y todos los testimonios aseguran que fue visto por última vez dirigiéndose a esta residencia. Ahora dígame, señor Bennet, ¿Donde estuvo usted anoche?” pregunta el comisario leyendo mi nombre en la placa de mi traje.

“Estuve en mi apartamento, allí” digo señalando con el dedo la pequeña casa del otro lado del jardín. “¿Vio usted algo fuera de lo normal?” pregunta el agente. “Nada” respondo intentando contener los nervios “Yo solamente soy el chófer”. No quería delatar al señor Kinney; no aún. Y no por miedo ni empatía; solamente porque sabía que podía sacar provecho a todo esto. Tal vez necesitase reflexionar un poco más sobre este suceso.

Me acerco a ese banco de madera blanca del porche de la mansión donde acostumbro a pasar mi tiempo libre y observo cómo en una noche, toda la tranquilidad que siempre había caracterizado este lugar se rompe. George y Judith son sometidos a un espontáneo interrogatorio justo delante de los coches de policía; ambos niegan saber nada. George evidentemente está mintiendo; se le ve en la cara; en cambio, Judith insiste con lágrimas en los ojos, que Matthew Crows jamás estuvo en la Residencia Ámbar. ¿Tendrá ella idea de lo que pasó anoche?

Las horas pasan y la policía se retira de la mansión tras haber interrogado a todos los miembros de la comunidad; a Mason, al jardinero, al cocinero… . El pánico y la histeria se apodera de la Residencia Ámbar. Es entonces cuando enciendo los mecanismos de mi cabeza para sacar conclusiones sobre qué debo hacer en esta situación. ¿Qué pasaría si delatase a George Kinney? ¿Qué sacaría yo a cambio de hacer tal cosa? ¿Dinero? ¿Fama? ¿Aliviar mi corrosiva envidia?

Observo desde la ventana que da directamente al comedor de los Kinney y me doy cuenta después de tantos años, que en el fondo, ellos también son personas como yo, como Mason, o como a toda esta gente que trabaja para conseguir el dinero que tal vez les permita vivir y hacer reales sus más ambiciosos sueños.

Para cualquier individuo, delatar los actos de George sería lo mínimo que podría uno llevar a cabo para hacer justicia; sin embargo, yo jamás me he considerado “Cualquier Individuo”, y puedo ver una pizca de luz en mi mente perversa. Una luz que me dice que George es un asesino por haber matado a un hombre, sí, pero si yo le delatase solamente por la envidia que le he guardado todos estos años, también me convertiría en un asesino; asesino por haber matado a una familia unida que en el fondo, no tenía ninguna culpa de mi situación social. Estoy seguro que la policía inspeccionará la casa hasta encontrar el cuerpo del señor Crows. Esto ni lo dudo. Entonces será el final de George Kinney. Vuelvo a mirar por la ventana del comedor y observo cómo George consuela a su esposa, asfixiado por el sentimiento de culpa.

Entonces tomo la mayor decisión de mi vida; entro en mi apartamento y agarro el teléfono con fuerza y con rabia. En cuestión de minutos la policía vuelve a la mansión y los Kinney salen corriendo por la puerta para descubrir el motivo de su regreso. Yo me acerco a ellos a paso firme y decidido, y digo en voz alta: “Matthew Crows está enterrado bajo los cerezos del jardín”. La cara sosegada de George se transforma en una expresión de confusión y furia contra mi. Si las miradas matasen, probablemente ya sería la segunda víctima de George.

Los policías levantan los pequeños árboles y desentierran el cuerpo mugriento del señor Crows. “¿Cómo sabías que estaba aquí?” pregunta uno de los agentes alterado por la imagen del cadáver. Los Kinney me miran aterrorizados aguantándose la respiración. Yo, en parte, me siento bastante satisfecho, porque por primera vez, olvidando la clase social que siempre me ha separado de esta gente, me convierto en el centro de atención de todas las personas que se encuentra aquí. Entonces miro a George Kinney a los ojos y digo con fuerza: “¡Yo maté a Matthew Crows!”.

Una semana más tarde, tras haberme convertido en objetivo de todos los juzgados y en la más actual de las malas noticias del periódico semanal, recibo una inesperada visita en el centro penitenciario de “Lincoln's Gate”. Me acerco al camarote de visitas y me expulso el polvo que ha infestado mi mono de rayas negras. Agarro el teléfono que me permite comunicarme con el hombre de detrás del cristal aislante y escucho la voz de George Kinney preguntándome “¿Por qué lo hiciste?”. Yo, siendo consciente de que es la primera vez que este hombre se dirige directamente a mi, no cómo a su súbdito, me limito a responder: “No soy ningún héroe”. No delaté a George porque sabía que hacerlo no sería por justicia, sino por envidia. Y ahora por fin he descubierto qué precio está dispuesto a pagar uno para sentirse algo en este mundo. El resto de palabras, como siempre había hecho, me las guardo en el bolsillo. Palabras que jamás, jamás saldrán de allí.



dimarts, 26 de gener del 2016

ÁVALON II: LA ISLA DE LAS RAÍCES

Cuando cierro los ojos, me encuentro solo, persiguiendo un destino inalcanzable que huye de mis manos cuando más fuerte lo agarro. Cuando abro los ojos, me encuentro huyendo, huyendo de un destino que cada vez me agarra con más fuerza, y no comprende lo difícil que ha estado llegar hasta aquí, tan lejos. No logro entender si es por la falta sueño, o por la necesidad de saber si hoy es mi último día en las nubes de una tierra corrosiva.

Me enviaron aquí arriba hace poco más de dos meses para encontrar una isla, cuyas tierras eran habitables para la humanidad, que sobrevive en un mundo donde el aire es completamente irrespirable y la tierra se hunde en la sangre de los que fueron sus propietarios. Aún me cuesta evitar reírme irónicamente cuando pienso en la palabra “propietarios”.

Llegué aquí en una pequeña nave tripulada por autómatas de hojalata oxidada, y tras aterrizar en esta inmensa isla flotante, conocida como “Ávalon”, me di cuenta que la misma nave que me llevó, era la que iba a abandonarme aquí para siempre. Lo único que pudimos rescatar del vehículo completamente averiado, fueron unas cuantas baterías que antes alimentaban un motor hambriento, y ahora son la última esperanza de tres robots supervivientes aun más hambrientos, los cuales mantengo apagados durante el día para evitar que se terminen consumiendo y me dejen solo en este infierno.

El caso es que al llegar aquí tan temerariamente, no me di cuenta de que este paraíso flotante estaba infestado de Zoiks, unas criaturas tóxicas que fueron el origen de la pérdida de la Tierra como la conocíamos; las criaturas de las cuales me he estado ocultando estos dos meses aquí, en Ávalon, la isla de las raíces y los espíritus.

Ahora me encuentro escarbando entre los restos de una nave de transporte y de sus pasajeros, que no tuvieron tanta suerte como yo. ¿Debería sentirme afortunado? Ignoro la respuesta porqué temo que realmente sea un “no”.

Anoche vi como caía una especie de artefacto del cielo más allá de los densos bosques de árboles gigantes y más allá de las oscuras y tenebrosas ciénagas; justamente aquí, en el lugar del impacto de la Gamma32. Tal vez ese objeto caído que tanto ansío poseer sea la respuesta a la nota de socorro que envié al Clan del León Dorado el día que naufragué.

El Clan del León Dorado es el nombre de la comunidad de “prestigiosos” ricos de la sociedad que contrataron mis servicios como Cazarecompensas para encontrar esta isla y me ofrecieron la nave, la tripulación y unas agradables sonrisas de satisfacción cuando acepté su oferta de encontrar la salvación para la raza humana ¡Qué estupidez!

Guiándome por el sol, puedo afirmar que tardo un par de horas más hasta encontrar por fin lo que buscaba: una misteriosa caja de aluminio; y no es hasta que encuentro el logotipo del león en una esquina del objeto, que se me esboza una ligera sonrisa, exhausta de un día hurgando muerte y destrucción.

Impaciente abro el cubo que refleja mi cara, que evidentemente ya no es la misma que tenía antes de subir a esa nave. Dentro de la caja hay una grabadora de voz plateada con una cinta de casette antigua. Pulso con el pulgar con fuerza al botón de reproducir y consigo escuchar la voz de Mark Coster, el hombre que me contrató ese día, tomando esa taza de té rojo; rojo como la sangre.

“Jacob Darry, cuánto tiempo. Ojalá pudiera verte. Estamos al corriente de la situación, y sabemos por tu nota anterior, que la isla perdida resulta... Inhabitable. Actualmente estamos estudiando un nuevo proyecto que tal vez tenga más éxito, así que cruzamos los dedos mientras aún los tengamos en la mano.

Seguramente te estarás preguntando cuando vendremos a buscarte, y la verdad es que matemáticamente no nos sale a cuenta emprender de nuevo ese viaje, y aún menos conociendo los mencionados peligros que se ocultan en este lugar.

Disfruta de tu estancia porqué no te pedimos que fueras un héroe, solo que cumplieses tu misión y aceptases las consecuencias”.

Inmediatamente lanzo la grabadora con ira contra la caja de aluminio, provocando un sonoro estruendo que no tarda en llamar la atención de un Zoik que rondaba por la zona. De repente, el suelo empieza a temblar y decenas de raíces aparecen bajo mis pies agarrando con fuerza mis piernas para que no pueda correr. Saco rápidamente el cuchillo de mi cinturón y sin querer me rozo el torso con la hoja. Estoy sangrando, pero intento mantener la calma mientras corto las gruesas raíces de mis tobillos viendo como un monstruo semejante a un simio radiactivo de extremidades largas y delgadas se acerca lentamente de entre los arbustos. Consigo liberarme justo a tiempo para huir, pero el monstruo está demasiado cerca, así que cojo la caja metálica y la lanzo contra su cuerpo deforme con toda mi fuerza. El esfuerzo resulta en vano e incluso empeoro la situación. Ahora el monstruo está más cerca y mucho más furioso.

Ahora si, sin pensármelo dos veces empiezo a correr cruzando los arbustos espinosos que rodean la nave caída y me dirijo hacia las ciénagas para perder a la criatura entre los cañares. Esa zona está cubierta de charcos de barro espeso con capas y capas de musgo, que con facilidad uno puede confundirlo con tierra firme. Afortunadamente llevo suficiente tiempo aquí para saber reconocer donde pisar y donde no y espero que a la criatura no le resulte tan sencillo, porque si no, solo me quedará la opción de adentrarme en el bosque oscuro, donde la verdad, es fácil entrar pero salir es imposible.

Antes de llegar al pantano, el Zoik me coge la pierna y mi cuerpo se precipita duramente contra el suelo mientras las raíces que salen del barro se dan prisa para sujetarme de nuevo. Por sorpresa, cuando estas viscosas raíces fracturan el suelo para salir, la plataforma de tierra donde me encuentro cede y se separa bruscamente de la isla, separándome a del peligro, por ahora.

Pocos segundos después, me encuentro flotando en una roca inestable a unos 20 metros de la isla principal y a unos 7 metros de un Zoik con sed de mi sangre, que me arroja con toda su fuerza todo aquello que está al alcance de sus destructivas manos. ¡No puedo quedarme aquí más tiempo!

Observo desesperadamente el entorno de la isla, que está cubierto de plataformas de roca flotantes enlazadas por las gruesas raíces de los arboles gigantes del bosque, y estas raíces podrían ser mi salida si voy con cuidado. Busco rápidamente el modo de llegar a la raíz más cercana y la única salida que se me ofrece en este instante es una frágil liana sostenida desde la copa de un árbol torcido de una isla cercana. Cojo todo el impulso que me permite la limitada plataforma de roca y salto sin pensar. Sin sentir...

Quedo suspendido durante pocos segundos entre los árboles que cubren el cielo, y el vacío de nubes que cubren la tierra desde aquí arriba. Seguidamente y casi mecánicamente agarro la liana y bruscamente me balanceo consiguiendo así llegar hasta la firme raíz: Mi puente hasta la salvación.

Empiezo a correr como corría en mis sueños, pero toda la raíz se empieza a mover con agresividad intentando hacerme caer al precipicio. Clavo el cuchillo atravesando la gruesa capa de madera blanda y empiezo a trepar desgarrándome los tejidos de mi mano, pero aún así, no me rindo. Y cuando consigo llegar a la isla de nuevo, el sol se empieza a esconder lentamente y me encuentro cara a cara con el bosque oscuro de Ávalon. Lleno de fantasmas; espíritus perdidos de la antigua civilización que una vez vivió en esta isla.

Es tarde y estoy herido. Encuentro un pequeño hoyo entre dos rocas húmedas por el espectral ambiente de esta zona del archipiélago, allí pasaré la noche y esperaré a que el sol me indique nuevamente camino. Un peligroso camino que sé cuando empezó, pero nunca sabré cuándo acabará.



dijous, 14 de gener del 2016

EL PARQUE DE LA MEDIA NOCHE

En el preciso instante en que Blair vio por primera vez lo que parecía ser el muro de un extraño y amplio recinto cerca de su escuela, su quinceañera cabeza se empezó a llenar de teorías y especulaciones inquietantes que describían detalladamente como era o debía ser lo que se ocultaba detrás de esa vieja y musgosa pared de ladrillos.

Su obsesión era tal, que esos bocetos que se proyectaban en su mente joven sobre los lugares inimaginables que se escondían allí detrás, le empezaron a aparecer en sueños, en la escuela e incluso en sus ratos libres, que él invertía jugando con el balón. Allí donde Blair miraba, había una misteriosa brisa que le suplicaba cruzar ese muro.

El chico tenía muchos amigos, buenos amigos y amigos sencillamente amigables. Pero aún tenerlos, él jamás les había tenido la suficiente confianza cómo para hablarles sobre esa extraña burbuja de curiosidad que le había invadido por dentro durante los últimos meses. Temía ser tomado por estúpido o infantil pero sobretodo, temía convertirse en un objetivo de burlas ganándose un detestable apodo como “Señor muro” o “salta vallas”, así que esta vez, como muchas otras, decidió tomarse la aventura por su propia cuenta y adentrarse a lo desconocido en compañía de su espíritu soñador y armado solamente con el simple deseo de vivir una nueva experiencia.

Y la cosa fue así, una vez finalizadas las interminables clases de un viernes de marzo, el chico se abrió paso entre los matorrales del campo abandonado que separaba la civilización de los inhóspitos paisajes de las afueras de la ciudad. Y en cuestión de minutos, Blair se encontraba cara a cara con el origen de todas sus inquietudes.

Contempló brevemente los graffiti que teñían la pared de palabras malsonantes e incomprensibles, e incluso se llegó a reír con lo que parecía ser el dibujo de un perro motorista. Una vez leídas todas las barbaridades grabadas en la pared, el chico se dio cuenta que si no se daba prisa, su consciencia empezaría a entrometerse donde no debía. Y como algo inevitable, así fue; por un instante, el chico se encontró de nuevo con pensamientos que él mismo se había obligado a ignorar, sobre cosas terribles que podían aguardarle tras escalar esos ladrillos grises y sucios. Pero como mentalmente se sentía más preparado que nunca antes, se borró de nuevo todas esas escabrosas paranoias y dejó la curiosidad al mando de sus acciones.

Dejó su mochila encima de una roca, también infestada de dibujos y garabatos, y vigilando de no cortarse con los fragmentos de ladrillo que sobresalían de la pared, alzó su pierna izquierda para apoyarla firmemente en el muro mientras sus manos se agarraban con fuerza en la cima. Solo bastó un pequeño impulso para conseguir que su cuerpo abandonase el suelo firme y quedase completamente a merced de sus brazos, desafiando a la gravedad.

Antes de llegar arriba, Blair se dio cuenta de que desde ese punto alto del bosque, se podía ver como las olas salpicaban violentamente al impactar con un acantilado de rocas afiladas cerca de su paradero, mientras el sol se escondía en el horizonte. Cogió aire de nuevo, y con una fuerza que ni él creía poseer, terminó de subirse. Pero su impulso fue tan grande, que no estuvo a tiempo de frenarse en la cima, y se precipitó en picado hacia el deseado “otro lado” del muro.

Lo primero que oyó tras recuperar la consciencia, fue el potente sonido de un motor rugiendo a la distancia. Un sonido que incitó al joven Blair a apresurarse a abrir los ojos y reorganizar su cabeza desordenada por la caída. Pero las mayores sorpresas llegaron a continuación. Cuando el muchacho se recompuso y consiguió mantenerse firme en un extraño suelo de baldosas azules y grises, su rostro consiguió reflejar una admiración que ya había olvidado tras tantos años de pesada rutina, pues delante suyo se presentaba la colosal imagen llena de luces parpadeantes de un inmenso parque de atracciones.

Blair no creía lo que veía. Su desconfianza por sus propios ojos llegó a tal extremo que se frotó con fuerza sus parpados rojizos y hasta se llegó a golpear una pequeña palmada en la frente. Pero el parque seguía allí, con sus vivas luces y una misteriosa atmósfera de felicidad y libertad. Y entre los largos raíles rojos de una montaña rusa deslumbraba un alegre cartel en el que ponía con letras brillantes: “Bienvenido al Parque de la Media Noche”.

El adolescente estaba totalmente fascinado, y sus palabras se atragantaban en su garganta, pero más allá de este fuerte sentimiento, se ocultaba una curiosidad roedora que le llevaba a preguntarse porqué un parque de tales dimensiones, de tal festivo ambiente y de tal increíble belleza no era conocido en su ciudad, y aún más, ¿Porqué no lo había podido ver ni oír desde el otro lado del muro?

Su primer paso hacia el parque fue extraño, sus piernas parecían mucho más ligeras de lo que eran normalmente, pero a medida que avanzaba, su cuerpo se adaptaba de nuevo a la realidad a la que se enfrentaba.

Ya era de noche, pero esto no preocupaba a Blair porqué sus padres confiaban en que se quedaría a dormir en casa de su mejor amigo, así que sin ningún escrúpulo más, él avanzó hasta encontrarse justo debajo del gran cartel del establecimiento. De repente alguien le tocó la espalda provocando al chico un sonoro susto que rápidamente se esparció entre los múltiples sonidos de las atracciones en marcha. El misterioso individuo de detrás suyo también se asustó con la reacción de Blair.

Pero la sorpresa del chico fue mayor al girarse y encontrarse a un payaso de piel maquillada de blanco con varias marcas de un color rojo descolorido en los labios y en la nariz. Por un momento Blair pensó en huir, pero aun su disgusto por los payasos que ya arrastraba desde su infancia, optó por quedarse paralizado mientras el payaso le analizaba con sus ojos inquietos.

El payaso siguió inspeccionando al muchacho como si buscara alguna cosa, la cuál no se atrevía a preguntar. Miró al chico de frente, de lado y no paró hasta escanearlo por la espalda. Cuando el payaso terminó su búsqueda, satisfecho o no, regresó delante del chico con una expresión muy triste; tan triste que hasta el muchacho llegó a creer que le había ofendido de algún modo sin querer. “¿A caso debía haber reído?” se preguntaba Blair, pero entonces el payaso pasó su mano abierta enfrente de su propio rostro mal teñido, y tras esta acción su cara se transformó en una sonrisa contagiosa, o al menos esto quiso simular. Pocos segundos después, el payaso dijo con una aguda voz forzada: “Bienvenido Blair, Bienvenido al Parque de la Media Noche”.

El chico tenía tantas preguntas en mente que se peleaban para salir de su boca, que solo pudo sacar un “¿Como sabes mi nombre?”. El payaso se limitó a responder con un enigmático: “No te sorprendas aún; las sorpresas todavía están por llegar”.

Ambos individuos se adentraron en las profundidades del parque lleno de gente, y por alguna razón que el chico desconocía y sinceramente, le asustaba, todas las personas que se encontraban allí, adultos, jóvenes e incluso niños, llevaban una mascara plateada de nariz larga y puntiaguda. Un tanto amenazadoras. “¿No hay ninguna para mi?” el chico le preguntó al payaso con el tono más “vacilón” que pudo imitar. “No todavía” respondió él secamente.

El payaso siguió andando seguido por Blair, que cada vez entendía menos lo que estaba pasando en ese momento. De repente el adolescente oyó un sonido familiar, un sonido que ya había oído antes aunque sin embargo, no sabía exactamente de que se trataba, pues ese sonido era aquel misterioso rugido de motor que había oído al despertar en el parque, y tenia la efímera sensación de que le estaba advirtiendo de alguna cosa.

Los dos llegaron a una especie de barracón de cemento decorado con detallados mosaicos egipcios llamado la “Tumba de Anubis”. Allí se encontraron con dos hombres, también enmascarados, que protegían lo que parecía ser la entrada del local; una puerta ancha de acero. El payaso dejo al chico por un instante para hablar con los centinelas, y en cuestión de minutos, ya estaba de vuelta, aparentemente un poco cabreado con los dos personajes. “Tendremos que esperar un par de horas” le dijo a Blair dejando de lado su falsa voz de estúpido payaso de circo.

Esas dos horas fueron bien invertidas; el payaso dejó que el muchacho se montara en varias atracciones del parque hasta que el momento llegó, y el payaso llamó a Blair. Él obedeció. Los dos andando a paso constante llegaron de nuevo al edificio de la puerta de metal. No fue hasta entonces, por extraño que parezca, que Blair empezó a desconfiar por primera vez. “Creo que ya debería volver a casa” dijo un tanto preocupado. “¿No irás a irte sin probar la atracción final?” dijo el payaso desafiador mientras se hacía paso entre los centinelas con un gesto agresivo y abría la puerta con sus manos también maquilladas de blanco pálido. “¡Voy a irme!” exclamó esa vez Blair en el momento en que el pánico se empezó a apoderar de él. Entonces el payaso explicó: “Verás, detrás de esa puerta deberás pasar una prueba. Si la superas, serás liberado en un mundo mejor; si la fallas vas a quedarte aquí con nosotros para siempre”.

Al chico no le hizo ninguna gracia el comentario de su anfitrión, no solo porqué no llegó a comprender lo que trataba de decir, sino porqué eso empezaba a parecer un secuestro en toda regla. El chico parecía no querer problemas, así que obedeció y se acercó a la puerta abierta, que proyectaba una tenebrosa oscuridad. Blair puso el primer pié en el interior de ese edificio oscuro, y rápidamente se giró con un movimiento seco y golpeó al payaso con su codo furioso, escapando al instante.

Blair corrió; corrió como nunca había corrido en busca del muro que le llevaría de nuevo a casa. Por su horrible sorpresa, el muro había desaparecido; el parque se encontraba en medio de un desierto infinito. Su desesperación no se podía expresar con palabras, y menos cuando detrás del chico se encontraba el payaso completamente ileso del golpe. “¡Aléjate maldito secuestrador!” gritó Blair aterrorizado. El payaso se rió; poco se imaginaba el muchacho lo que estaba a punto de descubrir: “¿Secuestrador? ¿Es que no te das cuenta de lo que está pasando? A caso creías que existía una alternativa que te salvara de entrar en la Tumba de Anubis? Creo que es el momento de que sepas la verdad; una verdad que empezó desde que caíste de esa pared de piedra musgosa, y moriste al partirte la espalda contra una roca afilada del otro lado”.

Blair frotó su mano temblorosa por su espalda, encontrándose al instante con el caliente tacto de una herida sangrienta. No se podía creer lo que estaba pasando. El payaso siguió con su discurso: “Todo lo que has visto aquí no es más que un producto de tu propia imaginación, Blair. Cada una de las cosas que habitan en el Parque de la Media Noche no son más que fragmentos de tu memoria que se han esparcido en tu realidad; tu última realidad. Imágenes, sonidos e incluso recuerdos lejanos que ni creías conservar. Todo lo que hay aquí es el puente hacia tu destino final; una ilusión formada por pequeñas piezas de tu imaginación. Duro, pero cierto. Y como parece ser que has rechazado la prueba; la única oportunidad que tenías de conseguir un lugar en el paraíso, el Parque de la Media Noche es ahora tu nuevo hogar”. Seguidamente el payaso sacó una máscara plateada de nariz puntiaguda de su bolsillo. Una nueva máscara para Blair.

Blair no quería aceptar lo que estaba oyendo; y más que no querer, no podía. ¿Pequeñas piezas de su imaginación que creaban ese mundo? ¿Recuerdos? De repente ese lejano sonido del motor apareció de nuevo entre todo el conjunto de ruidos que el chico intentaba asimilar. Pero esta vez era mucho más cercano. Blair alzó la vista hacia el desierto infinito, con lágrimas en los ojos. Lo último que recordó ver antes de coger la máscara del payaso y ponérsela en su rostro desolado, aceptando un destino inaceptable, fue una figura que se aproximaba a gran velocidad: la figura de un perro motorista.

“Descubriste lo que hay detrás del muro, Blair” dijo el payaso. “Pero no del muro que imaginabas”.




dimecres, 30 de desembre del 2015

ÁVALON: LA ÚLTIMA EXPEDICIÓN AL CIELO

La vida, ese breve recuerdo que se funde en la nada y se esparce por el cielo cómo los gases tóxicos que ahora envuelven el planeta. Sin darnos cuenta, se nos fue de las manos; y detrás de nosotros dejamos ese rastro de desolación, caos, muerte... sobretodo muerte.

Partí hacia las alturas con el simple deseo de olvidar lo que cualquier mortal del siglo XXI quisiera olvidar; persiguiendo un objetivo probablemente inexistente, pero que marcaría el destino de la humanidad.

En el año 2070, cuando tan solo era un chico de 14 años, el mundo se alzó con grandes progresos; económicos, políticos, tecnológicos... . La gente gastaba dinero para todo, e incluso lo malgastaba en cualquier tontería. Luego, en el 2075, cómo una daga envenenada por el más mortal veneno, llegó la crisis, y nos encontró desprevenidos e indefensos.
Los primeros síntomas fueron pequeños conflictos, debates televisados, asaltos terroristas... lo siguiente fue una guerra a escala mundial: La Tercera Guerra Mundial, o también llamada: La Primera Guerra Tóxica.

Estados Unidos, con ansias de dominio, creo a Zoik, un humanoide modificado genéticamente a base de sustancias peligrosamente tóxicas. Y junto a este, lanzaron millones de Zoiks más, que arrasaron con China, Rúsia, y todos los países potenciales del mundo. Pero, esa especie evolucionó hasta el punto de desarrollar una mentalidad propia, y acabó con su país creador. El mundo como lo conocíamos dejó de existir, y ya era demasiado tarde para recuperar-lo.

Los afortunados consiguieron evacuar lo que antes era nuestro hogar, y consiguieron un puesto en la gran estación espacial Elypsis, que merodeaba sigilosamente por nuestra órbita. El resto de la población fuimos abandonados a nuestra suerte en este paraje hostil, luchando por nuestras vidas sin futuro.

Fue entonces, en 2078, cuando recibí una carta con mi nombre escrito: Jacob Darry “Dog, el cazarecompensas” . Observé esas letras de excelente caligrafía, y ese legendario logotipo que me dio a conocer a mi nuevo cliente. El Clan del León Dorado.
Fue cuestión de pocas horas, que me encontrara cara a cara con mi anfitrión, el señor Mark Coster, el jefe de ese clan de millonarios supervivientes.

Una vez acomodados en esos cálidos sofás de terciopelo, con una taza de lo que parecía ser té rojo, Coster me presentó el motivo de mi inesperada invitación.

Durante los transportes de gente hacia Elypsis; la aeronave Gamma32, sufrió grandes turbulencias, que resultaron fatales y provocaron la pérdida de ese vehículo. Era un accidente frecuente en esos viajes; la nave se estrella, gente muere, llega el equipo de rescate, etc. Pero esa vez fue distinto, ya que no se encontró ningún rastro de la nave caída.
Después de tres años de investigación, llegaron a la conclusión de que había algo allí, en el lugar del impacto; una superficie de X dimensiones que flotaba en el firmamento a causa de una acumulación de las densas capas de gases que cubren el planeta. Un lugar del cual hablaban los mitos de la zona; la isla perdida de Ávalon. Y mi misión: Encontrarla.

Y aquí me encuentro ahora, a bordo de una pequeña nave dirigible tripulada por unos detestables autómatas que se pasan el día peleándose y recargando sus caprichosas baterías, las cuales deseo arrancar de sus fríos cuerpos metálicos cuando acabe todo esto.

Me siento en la proa del vehículo, mientras observo a los robots discutiendo en un idioma que nunca entenderé, con la mente perdida en las nubes que me rodean, reflexionando sobre cómo cambia el pensamiento de las personas; en que si no hubiera perdido a mis padres en la guerra, seguiría siendo ese chaval que se paseaba por las calles sin ningún destino, sin ningún futuro... probablemente más feliz.
Vuelvo a centrar mi atención en esos autómatas, criaturas incapaces de comprender mis pensamientos y veo que han dejado de gritarse, se les ve alarmados. Es luego cuando veo la terrible tormenta que se acerca con sed de destrucción.

Aparto con un gesto brusco al robot que tripula la nave, y tomo el control; pero todo esfuerzo resulta inútil cuando ya estás dentro de la nube negra. El cúmulo de sonidos, la lluvia ácida, las terribles olas de vientos del norte y la falta de visibilidad me resuenan en mi cabeza, esto me impide pensar con claridad. Me obligo a respirar hondo y calmarme, pero entonces una ráfaga de viento se lleva al hombre metálico que se intentaba reincorporar después de recibir mi violento golpe. Esto me deja completamente aturdido.

Y cuando parece todo perdido, veo filtrarse entre las masas oscuras un rayo de luz. Un rayo de luz que me indica el final de la tormenta; un rayo de luz que me da fuerza para sacar a la nave ilesa de esta terrible lluvia ácida y continuar mi aventura. Así que con mi último aliento agarro fuerte el timón con la insignia del Clan del León Dorado, y me impulso hacia el Sol. Lo que sucedió a continuación no logro recordarlo.

El caso es que me despierto en mi camarote con un dolor de cabeza infernal, y el humor por los suelos. Salgo a la superficie apartando a todos esos hombres lata que me tapaban el camino, sin prestar atención a lo que están haciendo. En cuando miro al cielo, automáticamente se me dibuja una sonrisa en el rostro. El Sol brilla cómo nunca había brillado jamás, el aire era fresco y agradable. Entonces me acerco a los robots, que están formando un circulo. No tardo en darme cuenta que están “llorando” al robot que voló por los cielos por esa ráfaga de viento, el robot que al que involuntariamente yo maté. Parece increíble, pero por una vez me siento mal por haberlos tratado tan violentamente. ¿Y si realmente tienen sentimientos?

Consulto los mapas, y todas esas cartas aeronáuticas, llevamos dos semanas volando y aún no hemos encontrado nada; temo no haber seguido la ruta adecuada. Me tumbo en la hamaca del camarote, mientras leo La Vuelta al Mundo en 80 Días que me dejaron los de Clan junto con la embarcación y la tripulación.

De repente, los radares de la nave detectan tierra. Salgo corriendo de la sala, y me hago espacio entre los autómatas que se me han adelantado. Quedo maravillado contemplando ese inmenso continente flotante.

Al acercarnos puedo apreciar las ruinas de una ciudad entera tragada por árboles de tamaño descomunal, y decenas de islas enlazadas por las gruesas raíces que cuelgan de las plataformas de roca.


Aterrizamos y anclamos impacientes y orgullosos. Tarde para darnos cuenta de que esa isla también está infestada de Zoiks.