diumenge, 28 d’agost del 2016

LA ÚLTIMA UTOPÍA

Hay tantas y tantas cosas para conocer y descubrir en este mundo, que a veces uno tiene el miserable deseo de encerrarse y dejar que sea otra persona quién desmantele estos infinitos misterios de la existencia. Sin embargo, aún habiéndolo sospechado durante años, esta jamás fue la filosofía de mi abuelo Gaspar, quien fingiendo haberlo abandonado todo, creó un imperio más allá de los ojos del mundo y lo ocultó celosamente por razones que aún están por saber, razones que sin duda alguna voy a desvelar esta vez para resolver el enigma más grande de mi vida; el enigma de mi abuelo Gaspar y de toda mi familia.

Todo empezó con un pequeño sobre reposando en la alfombrilla de la entrada de mi casa, en un sombrío día de trabajo en la oficina. No le presté demasiada atención, pues la mayoría de cartas que aterrizaban en mi portal solían reclamar el precio de mis suministros; pero tras unas horas de deambular por mi hogar, decidí echar un vistazo a ese sobre, para darme cuenta de que su sello era inexistente, y por tanto, este no había llegado hasta aquí por correo. Así que esta vez, desgarré con cautela esa superficie de papel, y encontré una nota cuyas palabras carecían de sentido para mí, y decían así: “Pacific 33 te espera, si aceptas esta invitación reúnete conmigo en la entrada del puerto mañana a las 6:00”.

Es lógico que, al principio, me lo tomase como una extraña broma o algún tipo de ingeniosa trampa para aprovecharse de mi, pero a medida que las horas  pasaban, el nombre de “Pacific 33” empezaba a excavar entre mis desordenadas memorias, para permitirme llegar a la conclusión de que esta denominación fue pronunciada una vez por alguien a quien yo admiré mucho en su tiempo: mi desaparecido abuelo Gaspar. Fue así como equipado con una gran curiosidad e imprudencia, decidí acudir a esa cita que el destino me había propuesto.

Llegué al puerto bajo un naciente sol de Septiembre, en busca de una barba blanca o un arrugado rostro conocido, pero sin embargo quien me recibió no se ajustaba para nada a esa descripción, pues no era ni más ni menos que una chica de cabellos dorados, que tras sus gafas de sol, me localizó entre la multitud de pescadores y barriles, y me ofreció una cordial encajada de manos.

—Erin Williams, veo que recibiste mi carta —se presentó quitándose las gafas, y dejando al descubierto unos fríos ojos azules.
—Vaya, esto me resulta bastante confuso —dije con un suspiro—. Soy Todd Walter. Llámame Todd.
—¿Como el barbero? —bromeó.
—Si, como el barbero... —suspiré de nuevo con una ligera sonrisa que ocultaba mi falta de control sobre esta situación.
—Supongo que lo que quieres ahora son explicaciones —dijo esta vez más seriamente.
—¡Sí! ¡Exacto!, en media hora debo llegar al trabajo, así que te ruego que seas breve, si no es molestia.
—Vaya… —rió con ironía—. Creo que no has entendido el verdadero propósito de esta invitación.
Yo, tras oír sus palabras, me froté la cabeza con desconcierto, y fruncí el ceño  esperando a que Erin prosiguiera con su discurso.
—Ves este barco —dijo ella señalando un viejo bote pesquero que estaba amarrado detrás de nosotros—. Este es el barco de tu abuelo Gaspar; y por deseo suyo, deberías ceder unos días de tu vida para conocer el imperio que forjó con sus propias manos.
—Entonces te envía mi abuelo —deduje con facilidad—. ¿Voy a verle, donde sea que me lleve este barco? —pregunté mostrando una falsa serenidad que ocultaba la rapsodia de emociones que se mezclaban en mi estómago en ese momento.
—Mucho me temo que no va a ser así —dijo envuelta por un súbito pesar que solo me llevaba a pensar lo peor.
—Gaspar ha muerto… —resolví de nuevo, con una insensibilidad justificada por la ausencia de mi abuelo en los últimos 20 años de mi vida.
—Murió hace ya dos años; en su testamento programó este mismo día para que te viniese a buscar.
—¿Y entonces por qué demonios quiere que vaya a su “imperio”? —pregunté con dureza.
—Gaspar me dijo que tú deberías averiguarlo una vez allí —respondió Erin.
—¿Y dónde es “allí”? —insistí.
—En Pacific 33, el magno imperio de tu abuelo.

A bordo del pesquero tripulado por un puñado de ancianos pescadores, con las brisas del océano golpeando mi frente con suavidad, y mis pensamientos perdidos en las olas que encrespan las aguas, me apoyé en la barandilla de la cubierta y dejé que las preocupaciones de mi rutina se desvanecieran con el viento, para centrarme en el misterio que se abría ante mis ojos.

Durante ese instante tenía la desagradable sensación de haber vivido engañado a lo largo de mis últimos 20 años, y en ese entonces no sabía qué creer.

Erin se me acercó y se apoyó en mi misma barandilla, a mi lado, y se quitó las gafas de sol de nuevo, signo de que quería decirme alguna cosa.
—Siento mucho la muerte de tu abuelo —se lamentó.
—No te preocupes por esto —respondí con un hilo de voz—. Jamás le conocí realmente. Abandonó a mi familia cuando solo tenía seis años, y hasta hoy, no he tenido ni una mísera noticia de él. Mi familia me contó que se cansó de este mundo, y decidió irse a vivir solo para emborracharse sin tener que preocuparse por los problemas de la vida.
—Tal vez tu familia tenía motivos para contarte tal estupidez —soltó la chica.
—¿Qué quieres decir? —pregunté sorprendido.
—Gaspar jamás quiso aislarse del mundo, solamente encontró el modo de hacerlo girar a su alrededor; y por este motivo construyó Pacific 33; un lugar donde ser libre para soñar y romper rutinas; un paraíso personal, una anhelada utopía hecha a medida para él y su gente. ¿Sabes Todd? Tu abuelo era un genio, ya que supo encontrar la felicidad en un mundo donde la gente vive como marionetas del día a día; encontró ese lugar que las personas solo se atreven a soñar, y supo apañárselas para defender su lucha hasta el final.

Mis ojos se iluminaron tras escuchar esas palabras, que me resultaban tan conmovedoras… ; pero rápidamente una nube gris contraatacó a la increíble historia de Erin.
—Si mi abuelo encontró dicho paraíso, por qué jamás trajo a su familia consigo en ese lugar.
—No lo sé —respondió ella cabizbaja—. A lo mejor no quería involucrar a tu familia en sus turbios negocios.
—¿Que clase de negocios?
—Verás, Gaspar pudo construir la máquina perfecta que se convertiría en su “Edén”, pero todo artefacto necesita combustible, y por este motivo convirtió Pacific 33 en un clandestino centro de acogida para toda esa gente que deseaba empezar su vida desde cero. Es decir, ex-criminales, ex-sectarios, fallidos suicidas, incomprendidos sociales, personas cuyas vidas no tenían sentido… . Además, los contrabandistas marítimos se comprometían a brindar todo tipo de suministros a Gaspar, a cambio de alojamiento en Pacific 33.
—Osea que mi abuelo construyó un hotel para los cobardes de la sociedad y criminales potenciales —interrumpí resumiendo las palabras de la joven.
—Yo no les llamaría cobardes —dijo Erin con una nostálgica mirada perdida en el azul y cristalino horizonte—. Pues hace falta mucho valor para dejar atrás una vida entera.
—Vaya, lo siento, no pretendía ofender —me disculpo al darme repentina cuenta de que ella también estuvo metida en los mencionados colectivos que emigraron hacia Pacific 33.
—No importa —responde con una sonrisa—. ¿Por qué no me cuentas algo sobre ti? —propone cambiando súbitamente de tema.
—La verdad es que no hay mucho que contar sobre mi, pero aquí la más misteriosa eres tu, y por tu acento juraría que eres inglesa… —sonrío.
—Irlandesa —corrige—. Nací cerca de Belfast, pero renací en Pacific 33, de la mano de tu abuelo.
—Hablas de mi abuelo como si fuese una especie de Dios, o profeta.
—En parte lo fue para nosotros, pues él nos ofreció un lugar y una comunidad donde protegernos de la corrupción y el dolor que reina las calles. Él  dio color a nuestras decadentes vidas y un motivo para luchar siendo quienes realmente queríamos ser.
—¡Fascinante!
—Gaspar tenía un corazón de oro, pero también un puño de hierro… El hombre sabía cómo mantener a raya a los huéspedes más inquietos de su imperio, e incluso sabía cómo deshacerse de aquellos que jamás pertenecerían a nuestra comunidad.
—¿Les mataba? —pregunto intrigado.
—¡No! Tan solo les suprimía la memoria con su “suero de la amnesia” y les devolvía a tierra inconscientes.
—Jamás había oído a hablar sobre dicho suero.
—Hay muchas cosas de las que no has oído a hablar de Pacific 33.

Hoy, tras el frío impacto de una incómoda migraña, me levanto del colchón del camarote que me hospeda, y salgo a cubierta encontrando a varios miembros de la tripulación contemplando con admiración un gran edificio de acero y aluminio sostenido en el infinito manto del Océano Pacífico. Me cuesta apreciar la complejidad de la estructura debido a mis dolores de cabeza, y a la niebla gris que cubre el cielo, pero poco a poco, las borrascas del mar arrastran mi dolor y sanan ligeramente mi visión permitiéndome ver el inmenso bloque de pisos flotante que al parecer, fue la mayor invención de mi abuelo.

No tardo en darme cuenta de que el nombre de “Pacific 33” se debe un antiguo crucero, cuyas piezas se emplearon para la construcción de esta magna edificación; y por lo que puedo observar toda la energía eléctrica requerida en estas instalaciones, era generada por las decenas de molinos de viento y de agua que rodean este lugar.

—¿Cómo demonios se mantiene a flote esta estructura? —pregunto a Erin, que yace en mi lado.
—Por las múltiples cámaras de aire y estabilizadores integrados en la base del edificio.
—¿Y todo esto construyó mi abuelo solo? —pregunto de nuevo, intrigado.
—Claro, con la ayuda de un buque de obras, y un grupo de sobornados constructores. ¿Que te esperabas encontrar?
—¡No lo sé! Tal vez una isla con un pequeño campamento oculto; chozas de madera o algo así.

Al atracar en un pequeño y rústico muelle que sobresale de la estructura, nos abrimos paso hacia la entrada del polvoriento y dejado edificio, que un día fue la anhelada “Atlántida” de mi abuelo Gaspar. Nos encontramos en una especie de comedor amplio, cargado de mesas y torcidos cuadros de temática marinera, colgados a juego con las secuencias de ventanillas con vistas al más profundo y espeluznante océano. Todo está abandonado y oscuro, y por lo que puedo ver, un evento inesperado causó el abandono de este lugar, pues todos los objetos permanecen tal y como lo dejaron el último día. Todo resulta más silencioso y siniestro de lo que imaginé. No hay ni una sola alma, y esto me produce verdadero terror.

—No me contaste que este era un paraíso para momias —digo a Erin al darme cuenta de que mi viaje hasta aquí puede haber sido en vano.
—No lo sabía —dice ella, con un inesperado pánico ante el macabro escenario que se muestra en sus fríos ojos—. La última vez que estuve aquí todo estaba más vivo y alegre que nunca. Tu abuelo me obligó a abandonar Pacific 33 tres semanas antes de su muerte, con la orden de regresar hoy contigo. Yo era consciente de que se encontraba en algún tipo de lío, pero jamás me contó en qué apuro se había metido. Así que solamente obedecí.
—¿Y ahora qué demonios hacemos aquí? ¿Sacar el polvo? —bromeo con un amargo sarcasmo.
—Tal vez nos convenga saber lo que sucedió con este lugar, y con toda mi familia.
—¡Genial! Cómo si no tuviera suficiente en la oficina, que ahora me toca ser Sherlock Holmes —protesto descaradamente.
—Oye Todd, si no quieres ayudarme en esto puedes regresar a tu maldita casa, y  volver a la absurda rutina por la que tu abuelo tanto luchó en contra —se enfurece Erin.

Regreso por la misma puerta que me permitió entrar en estas ruinas, y cruzo el muelle subiendo con torpeza al bote pesquero. No oso pedir a la tripulación que me devuelvan a mi ciudad, pues dejar a Erin en este atormentado edificio no me resulta para nada moral. Así que me refugio en mi camarote, y me dedico a reflexionar, mientras una ligera lluvia golpea el cristal de mi ventanilla. Mientras, caigo en un profundo sueño.

Al despertar un par de horas más tarde, desaparecidos ya todos los rastros de mi anterior migraña, salgo de nuevo a cubierta en busca de la chica, pero tras preguntar a un par de los navegantes de la embarcación, me doy cuenta de que ella aún no ha regresado.

El cielo se ha aclarado, y lo que era una siniestra estructura en medio de unas tormentosas aguas salvajes, ahora luce como una especie de hotel exótico, envuelto por un brillante cielo azul totalmente libre de nubes y tinieblas, totalmente rico de paz y serenidad.

Me siento culpable, lo reconozco, no solo por no haber ayudado a Erin, sino por haber rechazado la oportunidad de conocer el lugar que llevó a mi abuelo a dejar toda su vida atrás, con las respuestas de mis infinitas cuestiones adjuntas. Me protejo los ojos con la mano, del abrasador sol del Septiembre, y alzo mi vista hacia el punto más alto del edificio, donde una especie de bandera ondea con las brisas, y en ella hay escritas unas palabras que me esfuerzo para leer. “¿Cómo vas a llegar el paraíso, si ni siquiera lo intentas?”, firmado por Gaspar.

Parece absurdo, lo sé, pero solo basta este viejo eslogan para hacerme replantear el motivo de mi expedición. Tal vez el trabajo y la rutina puedan esperar un tiempo más, así que esta vez, bajo la presencia de este resplandeciente y reconfortante sol, me adentro de nuevo al edificio para descubrir los misterios que oculta la perdida y legendaria utopía de mi abuelo.

Cruzo el comedor evitando el contacto con los objetos abandonados, y todo aquello que nos pueda aclarar lo sucedido aquí. Por ahora todo lo que veo y siento es devastación. Pero por un momento, pasan por mi cabeza imágenes de cómo este lugar pudo lucir en sus mejores días. Puedo oler la comida salir de la cocina, rumbo a las grandes mesas de madera con viejos trapos como manteles; y puedo escuchar a la alegre amalgama de voces de gente cuyas preocupaciones ya dejaron de existir. Por un instante puedo apreciar esa libertad y felicidad de la que Erin tanto me habló; esas vacaciones eternas en un lugar oculto para todos aquellos que vivimos encadenados al sistema. Ese imperio al que solo los que realmente se atrevieron a renunciar al día a día pudieron alcanzar.

Salgo por una puerta a una especie de terraza muy extensa, con un suelo de hierba artificial, y una fresca y omnipresente decoración tropical. Ahora siento de nuevo los cálidos rayos del Sol en mi rostro.

En las lejanías de esta terraza sostenida sobre las aguas, puedo apreciar el gran hueco de una piscina llena de escombros, y una especie de derruido cóctel-bar con una increíble vista al horizonte. Además, destacan varias plataformas sobresalientes de aluminio donde al parecer, los huéspedes podían pescar envueltos en la más intensa y tranquila atmósfera del Pacífico, respirando libertad en estado puro. Me cuesta creer que alguien fuera capaz de terminar con un paraíso así.

De repente, logro encontrar a la desaparecida Erin en un mirador ubicado a un par de plantas por encima del patio donde me encuentro. Ella no me ve, y ahora mismo creo que lo mejor sería ir a buscarla. Así que cruzo decenas y decenas de pasillos llenos habitaciones y distintas zonas de ocio, hasta encontrar el camino que me lleva a ese mirador.

—¡Erin! —grito levemente al encontrarla.
—Todd —se sorprende ella al verme—. Pensaba que ya no regresarías.
—Me equivoqué y lo siento, de veras —reconozco—. Al fin y al cabo, solo hay una vida, y creo que si mi abuelo nos trajo aquí, algo quería que encontrásemos.
—Mucho me temo que ya he encontrado algo.

Dicho esto, y con un lúgubre caminar, cogemos un ascensor, que nos lleva hasta la más alta de las plantas del extravagante hotel flotante, y accedemos a lo que es conocido como “Solarium”; una especie de salón circular cuyas paredes son paneles de cristal, desde donde se nos permite contemplar la grandeza de estas instalaciones construidas a partir de fragmentos del antiguo crucero Pacific 33.

—En este lugar tu abuelo nos solía reunir para mostrarnos sus proyectos y sus innovaciones para Pacific 33 —me cuenta Erin al llegar al piso—. Ahora mira en lo que se ha convertido.

Al trasladar mi mirada hacia donde la chica me indica, un frío sudor empieza a fluir por mi sonrojada frente, pues cuatro cadáveres en descomposición reposan en el suelo de moqueta azul, siendo totalmente azotados por la luz solar que se filtra por los muros de cristal de esta habitación. Rápidamente localizo varias perforaciones de bala en diferentes zonas del Solarium, y en estos cuatro cuerpos moribundos.

Lucho para aguantar las náuseas provocadas por esta escena, y al parecer, Erin también lo hace; pero aún así, ambos nos acercamos a los fallecidos y no tardamos en darnos cuenta de que uno de esos cadáveres corresponde a mi abuelo Gaspar, y este lleva una pistola. Miro a los ojos de la chica, impactado por la atrocidad que yace ante nuestros ojos. Ella llora, no solo por haber reencontrado el cuerpo de la persona que una vez le salvó la vida, sino que además, por haberse dado cuenta de los actos que esta persona hizo antes de caer.

—¿Gaspar asesinó a esta gente y se suicidó? —me pregunto a mi mismo en voz alta.
—Gaspar nunca haría algo así —sollozó ella con fuerza.

Yo no sé cómo reaccionar ante esta situación, porque después de todo, quién está aquí es mi abuelo; el abuelo que nos abandonó hace ya tantos años, para construir su propio mundo y terminó así, convertido en polvo. No sé qué lo llevó a este fatídico final, pero esto me lleva a reflexionar si realmente valió la pena haber encontrado el deseado paraíso donde olvidarse de los problemas y las corrupciones de la sociedad. Un paraíso que se iba a convertir en su tumba.

Erin encuentra una segunda pistola enterrada entre los escombros de esta sala, y es así como esta vez nos damos cuenta de que Gaspar se encontró en medio de un tiroteo, y fue esto lo que le costó la vida. ¿Pero por qué motivo mi abuelo se encontró en dicha situación? ¿A caso su gente provocó un motín? Por ahora todo son preguntas.

Pasamos varias horas contemplando las calmas aguas del Pacífico intentándonos aislar por unos instantes del enigma que nos esconde el clandestino hotel de las brisas marinas y las borrascas; y no es hasta que el sol empieza a caer, y el cielo se enrojece, que no tomamos la decisión de movernos.

—A lo mejor deberíamos volver a casa —le propongo en un intento de consuelo.
—¿Y si Gaspar empezó el tiroteo? —dice ella temblando por la presión de las ideas que merodean su cabeza—. ¿Y si realmente él quería a esos tres hombres muertos?
—Seguro que no —susurro.
—¿Entonces por qué evacuó a todos los huéspedes del edificio? ¿Por qué no quiso contarme nada?
—No lo sé… —digo cabizbajo, entristeciéndome por el dolor de la chica—. Creo que nunca lo sabremos.

Al instante Erin sacó del bolsillo de sus tejanos una pequeña y misteriosa grabadora de voz plateada.
—La he encontrado junto al cadáver de Gaspar —me dice ofreciéndome el dispositivo—. Temía saber lo que contiene, pero creo que es el momento de revelar la verdad oculta de Pacific 33.

Sorprendido y sin pensármelo dos veces, activo la cinta, y la grave voz de mi abuelo regresa a mis oídos después 20 años de desaparición.

“Todd, querido, es una verdadera lastima que este mensaje tenga que proceder de unos altavoces y no de mi propia voz, pues haber estado hoy contigo y conocerte ahora, hubiese sido mi mayor deseo y mi mayor utopía; pero las circunstancias han dado un giro inesperado, y si escuchas esto, es porque ya me he ido, y mi querida discípula te ha traído hasta aquí en mi nombre.

Tal vez estés furioso por mi larga ausencia; tal vez estés confuso por el repentino descubrimiento de este lugar; tal vez solo quieras respuestas. Hijo, permíteme que te relate la última de mis odiseas:

Desde que eras un niño fuiste el único que apreció realmente mis historias sobre paraísos y utopías; y aunque creas que soy un cobarde por abandonarte a ti y a tu familia, yo siempre quise estar con vosotros; pero tus padres jamás aprobaron mi proyecto y a la gente con quien trataba. Me tomaron por loco y por una mala influencia para ti, así que aún anhelarlo, jamás te pude traer aquí; no mientras fueses ese dulce niño al que le brillaban los ojos cuando contemplábamos juntos el mar infinito.

Llegué aquí solo, sin ningún propósito más que el de construir un lugar donde la absoluta libertad fuese la única ley y la única religión; un lugar al que traerte cuando tus decisiones dependieran solamente de ti; un lugar para sacarte del sistema que nos ha amordazado a todos y nos convierte en títeres vulgares sin sueños.

Acogí a todo tipo de gente que, como yo, buscaba una vida desde cero. Pero esto Erin ya te lo habrá contado. El caso es que las voces llegaron demasiado lejos, y un grupo de gente llegó a las instalaciones y me ofrecieron la compra de mi creación. Yo me negué, y por esta razón me amenazaron con revelar el paradero de Pacific 33 si no les vendía mi obra.

Estuve varios días intentando suprimir sus memorias, pero esos hombres ya iban preparados para esto, así que solo me quedaba la alternativa más drástica; la única alternativa que me permitiría conservar este paraíso para ti y la gente que necesita alejarse de las polvorientas cadenas de la sociedad. He evacuado toda la residencia porque voy a acabar con estos tipos, y esto no va a acabar nada bien. Pero la libertad es algo por lo que vale la pena luchar. ¿No crees? Así que dime, querido Todd, ¿Estarías dispuesto a rescatar Pacific 33 de las tinieblas, junto a Erin? ¿Estarías dispuesto a ser libre para siempre? ¿Estarías dispuesto a ser feliz? Entonces Pacific 33 podría ser tu nuevo hogar.”


Erin me observa con los ojos llorosos llenos de ansia y emoción, mientras yo intento procesar estos 20 años de información. ¿Realzar Pacific 33? ¿Dejar atrás mi rutina? ¿Empezar una nueva vida en el magno paraíso que creó mi abuelo? ¿Renunciar a todo eso que siempre se me hizo creer que era lo correcto? ... ¿Sabes que? Empieza a ser hora de tomar una decisión firme, y tal vez el trabajo y la rutina puedan esperar un tiempo más sin mí. Al fin y al cabo tan solo hay una vida… y ahora es el momento de vivirla ¿Verdad?

dimecres, 20 de juliol del 2016

ABANDONANDO EL PAÍS DEL MAL ALIENTO

En el preciso instante en que abro los ojos en la oscuridad de este desconocido lugar que me encierra, me doy cuenta que las reglas del juego en el que he estado jugando toda mi vida, han cambiado. Aunque no me atrevería a decir si para bien o para mal.

Me bastan dos rodillazos secos pero dolorosos en la superficie que me sepulta, para liberarme de las penumbras que me envuelven completamente y me impiden ver. No estoy nervioso; no tengo motivos para estarlo, o al menos esto intento creer mientras me libro del sudor que invade mi frente, y me levanto atónito ante el asfixiante paisaje de este infierno en el que me encuentro.

Salgo de mi reducida prisión que me ha albergado durante mi oscuro sueño para darme cuenta que se trata del maletero de un viejo y polvoriento descapotable abandonado. Mi mente se centra especialmente en la imagen de dos maletines solitarios apoyados sobre una de las ruedas delanteras del vehículo. Al instante, un misterioso presentimiento me empuja a descubrir qué contienen, o qué no.

Avanzo contemplando el árido suelo de esta llanura infinita hasta poder alcanzar las dos maletas que tanto me suplicaban ser agarradas, y todo para darme cuenta que ambas están totalmente bloqueadas por una cerradura con contraseña. Giro las ruedecillas del primer maletín que agarro, alineando los tres dígitos aleatoriamente sin resultado alguno. No tardo en convencerme de que este no el mejor modo de abrir dichos objetos, así que me levanto de nuevo y me abrocho con fuerza la corbata, persiguiendo con mis ojos la larguísima autopista desértica que cruza este eterno y sombrío desierto de piedra y polvo.

En la “Provincia”, los secuestros son tan usuales como la misma lluvia. Aunque los apestosos criminales de esas tierras malolientes jamás se habían dedicado a raptar residuos sociales como yo. Y aún menos a miserables obreros de la plantilla del Dictador. ¿Obreros? Más bien esclavos. El caso es que, por muy extraño que todo parezca, este no puede ser un secuestro de los sucios matones de la Provincia. Ni siquiera puedo afirmar con seguridad que a esto se le pueda considerar un secuestro; porque aquí, aparte de yo y mi sombra, no hay nadie más.

Así que, sin ningún rumbo a seguir y sin ninguna pista que me indique donde estoy y porqué, cargo las dos maletas en mis mugrientas manos, y empiezo a dejar atrás el descapotable siguiendo esta carretera dejada de la mano de Dios; bajo un sombrío cielo que absorbe los colores de este lugar, creando una siniestra y omnipresente amalgama de grises.

Todo lo que hay aquí es oscuro y tenebroso. La unión entre la vegetación putrefacta, el cielo nublado y la tierra seca de este lugar forman una espeluznante metáfora de la muerte, que me recuerda a cada paso que doy todos los segundos que he perdido en esta vida de injusticias sociales y rutinas abusivas. Segundos que jamás deberían haber existido en este mundo, pero allí están, forjando en mi memoria un desolado pasado que arrastro y arrastraré durante toda la eternidad, como aquí el viento arrastra el polvo.

Por otro lado, la intrigante atmósfera de este siniestro lugar, por donde ahora ando yo solitario, me transmite, a pesar de todo, esa serenidad que tanto hemos anhelado los ciudadanos de la Provincia. La sensación de, por primera vez, saber que mis decisiones no dependen de nadie, y nadie depende de mis decisiones, me llena la mente de incomprensibles nostalgias sobre el mundo en que debería haber vivido, pero jamás existió más que en el profundo saco de mis deseos incumplidos.

Embebido en mis pensamientos que me refugian del cansancio de haber caminado durante ya mucho rato sin reposo alguno, llego a un extraño y desgastado motel de carretera donde un luminoso cartel ilumina la frase: “No dejes que la noche sea un obstáculo en tu viaje”.

Me acerco al sucio cristal de la ventana más cercana e intento visualizar el interior del edificio; pero solo logro ver la decaída imagen de mi reflejo. Me observo durante unos breves instantes, consciente de que es imposible visualizar lo que hay más allá de la ventana. Y cuando me doy cuenta de que ya no hay nada más que ver, y decido seguir mi rumbo abandonando este solitario motel, un escalofrío se apodera de mi cuerpo al ver que mi propia sombra ha desaparecido, y se encuentra delante de la antigua puerta de ese local.

Patidifuso, me froto lo ojos sin creer lo que está sucediendo en este preciso momento. Mi escepticismo desaparece al mismo tiempo que mi sombra, independientemente de mis movimientos, alarga un brazo señalando al timbre de esa vieja puerta. Atónito e incrédulo, me acerco a ese pequeño interruptor y lo pulso con mi pulgar, obedeciendo bajo esa siniestra presión. Al instante, la puerta de madera carcomida se abre sola, y mi sombra regresa a su lugar, para desaparecer entre la oscuridad del interior del motel.

Todas las lámparas de este sitio proyectan luces muy tenues. Tanto, que su brillo resulta casi imperceptible; pero no lo suficiente como para no darme cuenta de que la figura de un hombre muy alto se acerca a mi lentamente desde las tinieblas de un pasillo plagado de puertas. El hombre, equipado con un candelabro de tres finas velas apagadas, me mira con unos ojos completamente blancos y se agacha ligeramente para oler mi cabeza con su puntiaguda nariz. Yo, reacciono con rechazo, y le aparto con mis débiles brazos, mientras contemplo su uniforme rojo y negro de recepcionista, con una notable joroba en la espalda.

El hombre enciende las ceras y me ofrece el frío candelabro de metal. Entonces, poco a poco se adentra en la oscuridad alejándose de mí y me indica con un gesto que le siga. Yo, más paranoico que nunca, dejo las dos maletas en una mesilla arrinconada de la recepción y ando en su misma dirección hasta llegar a los estrechos pasillos del local.

La mayoría de puertas están cerradas con llave, con la excepción de algunas, en las cuales el escalofriante recepcionista se para para permitirme observar lo que reside en sus terroríficos interiores.

Abro la primera de las puertas, y asomo mi vista junto a la luz de las velas para encontrarme cara a cara con la escena de una ciudad en llamas, cuyos edificios me resultan tan familiares, que no dudo en relacionarlos con las casas de los barrios bajos de la Provincia, y sus horribles destinos que les esperan. Cierro la puerta con un cierto enfado y preocupación y al girarme, por sorpresa, el recepcionista ya ha avanzado silenciosamente hasta la siguiente de las puertas.

En la segunda entrada, tras las maderas de la puerta, encuentro lo que parece ser los restos de una población entera, amontonados formando una colosal montaña de huesos podridos, presos de centenares de buitres hambrientos buscando los últimos centímetros de carne en ese desierto de muerte y devastación.

Trago saliva ante esa escabrosa representación de lo que logro asociar con la destructiva opresión de los ciudadanos en la Provincia; y rápidamente cierro esta segunda puerta, pero esta vez, dispuesto a no abrir ninguna más.

Me aflojo la corbata para dejar circular el terrible y amargo sabor de esas imágenes, y me acerco al recepcionista, que ya se encuentra en frente de una tercera puerta. Esta vez, le entrego el candelabro en sus gélidas manos y apago cada una de las tres velas que sostiene, dispuesto a olvidar todo lo que he visto aquí dentro. El hombre enfoca sus ojos blancos de nuevo en mi, y me dice con una perturbadora y cadavérica voz: “Me temo que aquí no hay habitaciones disponibles para usted, señor”.

Dejo definitivamente el motel tras recoger los maletines de recepción. Vuelvo a mantener mi andar constante sin cuestionarme nada sobre lo que acabo de ver allí dentro. No me cuestiono nada por el simple deseo de querer olvidarlo, y seguir este viaje envuelto en la misma serenidad en la que había estado caminando antes de entrar en el motel.

Por fortuna o no, no tardo en llegar a lo que parece ser un inmenso edificio dorado y luminoso, infestado de carteles que, en un simple vistazo, ya contienen más colores de los que he logrado ver desde que he despertado en este lugar.

“¡Entra, gana, y conviértete en lo que más has deseado!”, me dice un extraño autómata de hojalata de apariencia femenina, representando la supuesta portera de este gran edificio, que al parecer no es nada más ni nada menos que un salón recreativo de juegos y apuestas.

Lo primero que pasa por mi cabeza es simplemente ignorar a la metálica portera para seguir andando por este desierto infinito, pero al ver cómo mi sombra lentamente se empieza a separar de mi cuerpo de nuevo, me anticipo a sus intenciones y decido acercarme a esa autómata por mi propia cuenta.

“¡Este es el lugar donde tus sueños se pueden hacer realidad!”, afirma esta vez la autómata; que, con sus ojos de acero, también blancos, detecta mi presencia y simula una perturbadora sonrisa que hace rechinar sus engranajes internos.

Accedo al misterioso casino de las llanuras, y lo primero que me sorprende es darme cuenta de que toda la multitud que juega en este salón también son personas de metal pintado; con sus oxidados engranajes y sus desagradables sonrisas. Y están por todas partes: tirando dados en las mesas, haciendo girar decenas de ruletas de colores, apostando sus fichas de plástico desgastado, e incluso montadas en los vagones de un trenecito dorado de vapor, que merodea incansablemente toda esta lujosa sala de ensueño.

Hasta me resulta incómodo recordar que fuera de este lugar hay el eterno páramo de muerte y soledad del cual provengo.

Me llama la atención la figura de un mono mecánico de circo trepando una máquina tragaperras de oro entre centenares de otras, y por esta razón, me aproximo a ese artefacto de juego, contemplando su pantalla reluciente, sus tres rodillos llenos de garabatos intrigantes y su palanca de empuñadura de bronce, que alimenta cada vez más mis tentaciones de bajarla; hasta que finalmente cedo ante su poder de adicción.

Las tres ruedecillas, similares a las cerraduras de las maletas que reposan en mis pies, giran con fuerza hasta que lentamente, una a una se convierten en víctimas del mecanismo de freno. Las tres imágenes que se proyectan en la pantalla tras escuchar el “cling” de la victoria, a pesar de no coincidir, me provocan otro horrible y súbito escalofrío, ya que en ellas, salen tres impactantes fotografías.

En la primera rueda, puedo verme a mí mismo pilotando orgulloso un lujoso avión de pasajeros, como tantas veces había soñado en mi infancia, sin ser consciente de lo que el futuro me aguardaba. En la segunda de ellas, aparece mi imagen de nuevo, en frente de una elegante casa de madera en una costa tropical, junto a una familia que jamás he tenido, y jamás había planteado tener en la apestosa vida de la Provincia. Finalmente, en la tercera y última de las ruedas, puedo ver a un ave sobrevolando libremente una radiante ciudad, cuyos edificios estaban ardiendo dentro de este escalofriante motel, pero sin embargo aquí irradian tanta libertad y belleza, que para mis atónitos ojos resulta un hecho increíblemente imposible.

De repente, el sonido de un objeto metálico precipitándose en la bandeja de premio, me arranca los ojos de esos luminosos rodillos, y me los traslada hasta la parte inferior de la máquina; encontrando así una peculiar moneda, que al leer sus instrucciones, me indica que debo entregarla a la “pitonisa” del local para conocer mi fortuna.

No me convence demasiado la idea de llevar a cabo tal acto, pero mi escepticismo ha quedado brutalmente anulado tras todos los sucesos que he experimentado en este alternativo mundo de sombras vivientes y sueños jamás cumplidos; así que ya no me sorprendería lo que sea que esa “pitonisa” deba decirme.

La “pitonisa” no es nada más que otra autómata encerrada en una bonita caja de aluminio con estampados de circo de los años 50 y con una bola de cristal blanco opaco junto a una pequeña ranura en la base, para insertar la moneda.

La aglomeración formada por mi nerviosismo, el leve temor a lo que está por suceder y la escalofriante melodía ambiental del recinto procedente de una oculta caja de música, me impiden encajar la moneda al primer intento; pero cuando lo consigo, todos los elementos anteriormente mencionados se exageran hasta tal extremo, que respirar se convierte en un complicado reto.

La mecánica pitonisa se empieza a mover torpemente a causa de su antiquísimo mecanismo, y entonces, observa la esfera de cristal durante unos escasos instantes, solamente para decir: “Debes continuar tu viaje para encontrar lo que realmente buscas; solo deja que tu corazón elija por ti el camino”.

Con una cierta pena, pero a la vez alivio, abandono el salón recreativo aferrándome a las dos maletas que me han acompañado durante toda mi odisea; sin comprender las palabras de ese ser de hojalata. Sigo andando esperando que al final de esta carretera pueda encontrar alguna cosa por la que haya valido la pena haber caminado tantos kilómetros.

Observo a mi sombra, que desde entonces, sus gestos ya vuelven a corresponder a mis acciones, comolo había hecho a lo largo de toda mi vida de miseria y esclavitud en la Provincia.

Tras todo lo ocurrido aquí, me obligo a preguntarme definitivamente quién me ha traído hasta aquí, y qué demonios es este lugar. ¿Tal vez un extraño sueño lúcido, producto de la necesidad de liberación? ¿Tal vez alguien está experimentando con mi mente, provocándome falsas emociones? Por ahora, lo único que puedo hacer con estas ansias de respuestas, es amontonarlas comolos huesos, en el saco de mis deseos jamás cumplidos. Un saco que se llena y llena, pero que nunca llega a su límite.

Y es así como inconscientemente llego a un tercer edificio solitario del desierto. Observo con mi mirada perdida la magna estructura formada por miles de pilares y vigas de hierro que construyen una ya olvidada lanzadera espacial, en medio del vacío espectral de estas llanuras.

Sus varas de metal tambalean entre las neblinas de polvo, azotadas por el mismo viento que me ha perseguido todo este viaje. Y, forzando mi vista, puedo ver sujeta a estas varas una larguísima cinta de tela con las palabras: “Es hora de emprender un viaje”.

Mi visibilidad disminuye al mismo tiempo que un terrible ardor crece en mi garganta al tragar esa creciente cantidad de arenisca y grava que se empieza a elevar con las corrientes de aire. Así que sin opción alguna, entro para refugiarme en las instalaciones de la lanzadera espacial, hasta que esa súbita tormenta de arena finalmente cesa, y en el horizonte aparece un reluciente Sol de atardecer, que llena el cielo de este mundo con su tan cálida y deseada luz, y penetra los cristales del camarote en que me encuentro.

Perdido en el placer de poder sentir de nuevo este Sol que ya creía inexistente aquí, me doy cuenta que entre mis ojos y el ventanal, cuelga una nota sostenida por un fino alambre, sujeto al techo de la sala. Arranco la inesperada nota y la abro impaciente, para leer:

“Nota del Comandante Harris 10/6/76: El viaje ha estado un éxito, nuestros hombres han llegado sanos y salvos al objetivo en un tiempo récord. Después de conocer los inconvenientes y las ventajas del proyecto, empieza a ser hora de elegir cuál es nuestro sitio en este Universo. Decisiones, decisiones y más decisiones”.

Igual que muchas otras veces, no puedo evitar relacionar estas palabras con mi situación actual. ¿Inconvenientes? ¿Ventajas? ¿Decidir cuál es mi sitio?

Al dar la vuelta al papel, encuentro las siguientes palabras:

“344 es la clave para volver a casa”.
“433 es la clave para vivir así para siempre”.

No tardo en darme cuenta que esos dígitos no son nada más ni nada menos que las claves para abrir los dos maletines que he cargado en mis manos todo este tiempo. Así que reflexionando sobre las anotaciones anteriores, concluyo que el contenido del maletín cuya contraseña es 344, contendría mi pasaporte para volver al infierno de la Provincia, donde cómo pude ver en el motel, la horrible infamia me espera. Mientras que el contenido del otro maletín, el 433, me permitiría quedarme en un universo de libertad y oportunidad para lograr lo que jamás podría lograr en mi verdadero hogar.

Sin pensarlo más, decido actuar con una cierta curiosidad para descubrir el contenido de ambas maletas; y giro las ruedecillas de la primera alineando esta vez la cifras 344. Al abrir esta, encuentro una llave correspondiente a una puerta ubicada en el fondo de esta sala. La llave para volver a casa.

No obstante, al insertar la contraseña 433 en el maletín que se convertiría en mi oportunidad para permanecer en la deseada liberación absoluta, un último escalofrío recorre mis venas al ver que... el único objeto que contiene esta vieja maleta..., es una pistola cargada. Nada más.