diumenge, 10 de juliol del 2016

EL CABALLERO DE LAS DUNAS DE ORO

Cuando subo al escenario después de unas interminables horas de ceremonia donde nadie tiene nada que decir, cojo todo el aire que puedo almacenar en mis pulmones, y observo con desgana el vulgar cajón de madera que a partir de hoy será el ataúd de una persona que en su día fue un héroe y hoy ya no es más que polvo.

La gente come y bebe, esta es la razón de su presencia aquí. A nadie le importa lo que tenga que decir ahora. Pensar esto me relaja más de lo esperado. Aunque sin embargo, sé que muchos de ellos se girarán hacia mi cuando empiece a hablar, me escucharán atentamente fingiendo tristeza, y finalmente aplaudirán con fuerza; aplaudirán porque ya habré terminado mi discurso y podrán seguir zampando.

Alzo mi vista hacia las polvorientas calles de la villa, y me dejo deslumbrar por el abrasador Sol de Arizona, que ya se esconde en el Oeste. Me quito el sombrero con la mano izquierda y con la derecha agarro el papel que da comienzo a mi historia:

“Nadie podría creer, ni siquiera imaginar, todas las tardes que yo desperdicié con 8 años, esperando en el umbral de mi morada con la vista fijada en las dunas del horizonte a que apareciera la figura de Jackson del Desierto, armado con su reluciente revolver y con mil historias increíbles que contar. Aunque como por arte del más estúpido infortunio, él siempre llegaba esas escasas tardes en que yo no estaba allí, preparado para ser el primero en verle bajar de su caballo y mojar su melena dorada en la fuente de la plaza central.

Él siempre se sentaba en una roca cerca de su choza solitaria, sonriendo con su diente de oro y rodeado de niños ansiosos por conocer los relatos de sus infinitas aventuras buscando y descubriendo los legendarios tesoros más ocultos del mundo, y luchando contra los más crueles mercenarios y bandidos que se cruzaban con él. Cómo olvidar ese día en que de su bolsa sacó un enorme jarrón de la perdida Atlántida de Platón… . Él siempre fue nuestro mayor héroe y nuestro único modelo a seguir. Cuando él partía en busca de nuevas aventuras inolvidables, todos nosotros nos convertíamos en Jackson del Desierto, listos para recrear sus relatos en nuestra infantil imaginación.

Pero lo que para nosotros era un honorable Caballero de las Dunas, para los adultos de la aldea era un hombre despreciable. Era más que obvio que envidiaban lo que él significaba para nosotros, los niños del pueblo; y era obvio que Jackson generase un cierto temor para los padres de su querida audiencia, que a menudo mal pensaban de sus actos. Pero existía una razón mucho más profunda que alimentaba ese odio de los adultos, y que no conocí hasta muchos años después.

Cuando llegué a la adolescencia, unos 15 años más o menos, Jackson desapareció totalmente de la aldea durante varios años. Nadie conocía el paradero de ese hombre; ni siquiera los escépticos adultos, que fruncían el ceño con desagrado cada vez que sus hijos, nietos o sobrinos preguntaban por él con inocencia. Durante los primeros eternos años tras su misteriosa desaparición, un profundo vacío invadió las calles del pueblo. El silencio y la quietud del desierto volvió a ocupar su lugar en esa villa de mala muerte. Todo cambió; lo reconozco sin dudar. Aunque como toda herida, su extraña pérdida cicatrizó a medida que el tiempo avanzaba.

Los asuntos de la aldea, las clases de ganadería y caza llenaron suficiente nuestras jóvenes cabezas, como para abandonar en el más oscuro olvido esa figura que tanto nos inspiró para crecer siendo lo que realmente deseábamos. Para llegar a encontrar nuestras metas tal y como él encontraba sus grandes tesoros legendarios.

Pero, como si de un milagro se tratase, reposando en el umbral del porche de mi casa de madera en una calurosa tarde de agosto, vi como una lejana figura cabalgaba a gran velocidad entre las colosales dunas del desierto. Me levanté al mismo tiempo que una sonrisa se empezó a esbozar en mi rostro, cansado de mi aplastante rutina. Jackson del Desierto había regresado más vivo e implacable que nunca. Llegó con el mismo caballo que le había hecho desaparecer tantos años atrás, y bajó de su montura en silencio ante mi soñadora mirada. Me saludó agarrándose ligeramente su sombrero de cuero desgastado. Desde ese instante volví a ser un niño necesitado de esas historias que ya había olvidado. No me sorprendió que a pesar de su simpático saludo, realmente ignorase mi identidad. El tiempo justificaba la pérdida de sus recuerdos, pero no de los míos, que rápidamente regresaron a mi cabeza adormecida, que aún no podía creer lo que estaba sucediendo en ese instante.

Las noticias no tardaron en esparcirse por la aldea, y en pocos minutos, Jackson del Desierto volvía a estar orbitado por todos esos niños que, más que niños, ya eran hombres.

Esa tarde, bajo los rayos anaranjados de un Sol ya cayendo, Jackson se sentó de nuevo en su querida roca, aún ardiendo por el Sol del día, y se sacó el sombrero para contarnos la última de sus intrepidantes aventuras. “La Ciudad de los Césares” exclamó mientras nos mostraba una brillante pieza de oro español, supuestamente hallada en su odisea hacia la mística Ciudad de la Patagonia. Imaginad nuestros incrédulos rostros de fascinación en ese instante en que pronunciaba ese extraño nombre.

—¿Encontraste la ciudad? —preguntó un chico, anticipándose a los pensamientos de todos los demás.
—Mucho me temo que… —intentó decir Jackson, cuando de repente vio algo en las lejanías que le silenció su discurso. Decenas de padres furiosos por el retorno del Caballero de las Dunas venían a buscar a sus hijos para alejarlos del pobre Jackson, que jamás había hecho nada malo para ganarse ese incomprensible odio. Al menos eso creíamos. “Mañana hay cosecha de trigo, debes volver a casa para dormir” decía mi padre para justificar su inesperada aparición. Nosotros, sin opciónalguna, obedecimos y dejamos atrás al solitario Jackson que, ocultando su dolor, se colocó el sombrero de nuevo.

La siguiente mañana, después de una dura jornada en el campo, un inesperado visitante cruzó las vallas de madera que separaban las cosechas, de las tierras áridas del desierto. Ese visitante no era Jackson del Desierto, cómo muchos debisteis creer. El visitante no era ni más ni menos que Elizabeth Day, la hija del tabernero del pueblo, con la que había compartido tantos relatos de Jackson durante toda mi infancia.

—Pensaba que el estiércol del campo te provocaba náuseas —bromeé, recordando conversaciones de antaño.
—Lo que me da nauseas es tu estúpido humor—respondió ella guiñando uno de sus ojos.
—¿Has venido a decirme algo o solamente a meterte conmigo? —dije siguiendo esa parodia.
—He venido a hablarte de Jackson del Desierto —respondió ella de repente, muy seriamente.
—¿Qué pasa con él?
—Anoche, tras el asalto de los adultos, vino al salón de mi padre y se estaba tomando un par de copas de ron cubano, cuando de repente, cinco o seis hombres, entre ellos el barbero y tres agricultores de la zona, le rodearon y le intentaron dar una paliza a sangre fría. Jackson pudo tumbar a un par de ellos, pero finalmente cayó en sus miserables manos, y estos le golpearon duramente hasta que Jackson prometió abandonar la villa para no volver jamás.
—¿Y lo hizo? —pregunté desconcertado por la terrible historia de Elizabeth.
—Lo hizo —afirmó con dolor.

Y Elizabeth no mintió. Durante los próximos ocho años no volvimos a saber nada más de Jackson del Desierto. Jamás pregunté a mis padres el origen del rechazo y el destierro del aventurero, porque sabía que conocer la verdad quemaría el buen recuerdo de él que aún conservaba en mi memoria, y que esta vez no tenía intención de desaparecer. Así que, armado con 23 años y unas insaciables ansias de aventura, decidí dejar atrás la aldea y esos apestosos campos para empezar mi odisea en busca del mayor tesoro de este oscuro mundo, el desconocido paradero de Jackson del Desierto.

Partí en busca de un objetivo que parecía tan imposible entonces… Pero tras cruzar decenas de valles, llanuras, ríos y fronteras cabalgando sobre Percy, el caballo invencible, según el tipo que me lo vendió, logré finalmente hallar al legendario Caballero de las Dunas, vagando borracho sin control por las claustrofóbicas calles de México.

El no me reconoció a mi, y casi yo no le reconocí a él. Su deplorable aspecto reflejaba una vida hundida hasta la más profunda miseria. Ese carisma que le convertía en el inigualable Jackson del Desierto se esfumó tras esa paliza en la taberna del pueblo. Lo único que le quedaba entonces era su diente de oro, que ya ni siquiera brillaba.

Fue entonces cuando tomé una decisión; yo conseguiría despertar de nuevo al intrépido aventurero que se ocultaba tras esa colosal capa de roña infesta y mugre. Jackson del Desierto no podía morir, más no si yo estaba allí para evitarlo.

Los próximos meses de mi vida fueron invertidos únicamente en desintoxicar y reorganizar la vida de ese hombre. Él, conscientemente o no, me había cedido su pequeño y descuidado refugio de barro en Monterrey, donde había estado malviviendo esos oscuros últimos años.

No era una tarea fácil… ¡Para nada! El carácter de Jackson se había convertido en una verdadera caja de sorpresas. Su adicción al alcohol y al opio le convertían en un monstruo en el instante en que se le privaba de alimentar dichas adicciones, y esto dificultó tanto su rehabilitación, que completarla resultó un fracaso. Jamás había imaginado que mi paciencia tuviese un límite tan frágil. Los roncos gruñidos e insultos de Jackson frecuentaban en mi día a día en esa cabaña, y en poco tiempo, me di cuenta que no existía método que pudiese traer de vuelta al admirado Jackson del Desierto.

Entonces llegó el detonante de esa dinamita que hacía arder las venas de mi cuerpo hasta puntos infernales. Durante una discusión, ya no recuerdo sobre qué absurdo tema, acudí a recordarle esos tiempos en que él era el ídolo de los niños de la aldea, en Arizona. Al oír esas ridículas palabras, se empezó a reír hasta el punto de asfixia, y con su más oxidada y enferma voz dijo:

—¡Menudas memeces! Todas esas chatarras que os enseñé jamás fueron encontradas por mi. Solo me divertía viendo vuestras incrédulas caras mocosas ante mis cuentos de hadas. Entonces me dedicaba a robar en museos de las capitales para vender esas reliquias a todo tipo de coleccionistas sin escrúpulos ni moral. Tu cochambroso pueblo era mi tienda, y por esto tus papás me desterraron; porqué atraía a todo tipo de escoria durante las noches. Gente que no hacía nada bueno.

Me largué de ese maldito lugar y jamás volví a saber nada del “adorado” Jackson del Desierto hasta que nos mandaron a la aldea su cadáver encerrado en un cajón de madera carcomida. Al parecer, sus compañeros de crimen quisieron cobrar una deuda que Jackson no había pagado”. Y así acabó mi discurso. “Jackson del Desierto murió tal y como había vivido: como un estafador”.

Tras escuchar los previstos aplausos del hambriento e ignorante público, bajo del escenario y me uno a mis compañeros, entre los cuales está Elizabeth. Y cuando por fin termina este funeral sin lágrimas ni tristeza, cansado, me dirijo de nuevo a mi casa cuando de repente, un extraño cofre de madera oscura con grabados Mexicanos, deslumbra en la puerta de mi choza.

Una misteriosa nota sobresale del cierre metálico de la caja; y en esta leo:

“Querido Peter, sé que es tarde para lamentarme de mis infinitos pecados, y dudo que puedas perdonarme, pero solo necesitaba disculparme por haberte hecho confiar en alguien que nunca existió. Pero entre tantas mentiras hay una pequeña luz que puede dar fuerza a tus creencias; pero solo si aceptas el reto. Con esto quiero decir una única cosa: luchaste para que Jackson del Desierto regresara, y aún no es tarde para dejarle marchar. Abre este cofre, pero no lo hagas por mí, hazlo por ti mismo; ábrelo y conviértete en lo que tu siempre confiaste. Ábrelo y sé tú el único e inmortal Jackson del Desierto.

H.R.Jackson”

Abro el cofre con mis manos temblorosas y en su interior reposa un amarillento papel doblado varias veces. Mis ojos no pueden creer lo que ven tras abrir el papel cuidadosamente: el auténtico mapa hacia la legendaria Ciudad de los Césares.

dimarts, 28 de juny del 2016

LEYENDAS DE UN YO DEL MAÑANA (Parte 2)

Todo empezó con un ligero tambaleo que, más rápido de lo que los tres exploradores de Caelum habían previsto, se empezó a convertir en un vertiginoso temblor que agitaba con una furia despiadada ese solitario hidrodeslizador. Una pequeña nave que, al lado de ese infinito océano, símbolo de más de mil años de abandono del amado Planeta Azul, se convertía en una diminuta mota de polvo casi imperceptible.

El humor de Daxx se desvanecía a cada desmesurado balanceo que esa salvaje tormenta les regalaba. Los tres aventureros sabían y se recordaban a si mismos constantemente que habían sido entrenados para sobrevivir en un entorno de tales características, pero les ardía sin escrúpulo alguno la dolorosa espina de saber que esto no era una simulación, y cualquier error era motivo para terminar con sus vidas.

Jennet, al mando de la nave, no podía retener las lágrimas procedentes del escozor de sus manos y de su consciencia. Unas lágrimas que, junto a las de su compañero Frigg, se perdían en esas turbulentas e hipnotizantes aguas, movidas por las omnipresentes corrientes y borrascas de ese lugar.

Afortunadamente, la tormenta cesó en poco tiempo. Dejando la espesa capa de nubes flotando sobre sus cabezas, recordándoles que jamás estarán a salvo allí, los chicos tomaron ese instante para recuperar su humor, y soltar toda la tensión de haber sobrevivido a la primera de las trampas mortales que les esperaban en esa odisea.

Frigg, aprovechando esa provisional calma, sacó de su bolsa el incompleto mapa holográfico, que los primeros pioneros en regresar a la Tierra habían perfilado antes de fallecer en sus turbias aguas. El mapa en si no les era demasiado útil; en él solo se podía ver agua y algunas diminutas superficies de roca que debían haber sido antiguos montes y cordilleras. Pero darse cuenta de la verdadera función de ese plano, resultaba escalofriante para los tres exploradores; ya que esta tarea, no era ni más ni menos que mostrarles lo lejos que habían logrado llegar los anteriores visitantes de este lugar, antes de morir.

El caso es que la presión de haber sido enviados aquí para salvar a su colonia de Cealum, les inmunizaba más de lo que creían ante todos los peligros mortales adjuntos en esa travesía; pues si no desaparecían aquí, estaban predestinados a desaparecer en Caelum; junto a todos sus habitantes.

—¿Alguna vez habéis visto una “Batería Epsilo”? —preguntó Daxx, un tanto mareado por el constante balanceo de la nave, cuyo motor permanecía y permanecería apagado hasta fijar un rumbo.

—¡Ya lo creo! —Afirmó Frigg con una cierta pasión, mientras deslizaba la imagen digital del mapa con su pulgar húmedo por la lluvia—. Son depósitos colosales de cuarzo, capaces de almacenar miles de Teravatios de energía. Empezaron a construir estas impresionantes baterías antes de la Gran Emigración del 2914, y los fundadores de Caelum usaron un par de estas para fundar la colonia… .

—Y al parecer se quedaron cortos… —interrumpió Daxx.
—¿Qué? —preguntó Jennet desconcertada por el comentario de su compañero.
—¡Lógico! Si hubiesen usado más de dos “bicharracos” de esos hace 1602 años, hoy no estariamos aquí —respondió Daxx en su habitual tono burlesco, provocando así un silencio sepulcral entre los otros dos aventureros, que se miraron entre ellos hasta que decidieron volver a centrar sus mentes en su única misión, y arrancar los motores.
—Ya, supongo que lo hecho, hecho está… —se respondió Daxx a si mismo, molesto por la falta de respuestas por parte de sus compañeros.

No mucho rato más tarde, la oscuridad de la noche empezó a invadir ese cielo que, a causa del grueso e infinito manto de nubes y niebla, hacía horas que ya estaba oscuro.

Cuando los exploradores descendieron sus miradas hacia el mar, quedaron totalmente atónitos ante la imagen que se proyectaba reluciente en sus incrédulos ojos. Todo el abismo del océano que les rodeaba irradiaba rayos potentes de luz a causa de los millones de “Linkers” que habían sido abandonados en la antigua superficie terrestre. Bellas luces intermitentes que recordaban a los tres humanos el gran error que la humanidad cometió, y que la llevó a esparcirse por toda la galaxia en busca de nuevos lugares donde vivir. Lugares como Caelum.

—¿Cómo algo tan hermoso pudo destruir todo un planeta? —se preguntó Jennet admirando esos focos que convertían el océano en un inmenso zafiro.
—Supongo que sin 10.000 metros de agua por encima, esas malditas ventanas espaciales no debían lucir tanto—. Respondió Daxx.

Sorprendentemente, los tres chicos de Caelum no tardaron en llegar a una zona cuya localización superaba los límites de ese mapa inacabado. Una zona de aguas muy profundas pero a la vez extremadamente quietas. Tanto, que el silencio que generaban ponía los pelos de punta a los tres desventurados humanos.

Las luces del abismo, más relucientes que en previas zonas, se encendían y se apagaban aleatoriamente, formando así una especie de coreografía submarina realmente cautivadora.

—Hasta ahora todo está muy tranquilo —susurró Frigg supersticioso, para no enfadar a los diablos de ese planeta—. Parece incluso mentira que los pioneros jamás llegasen hasta aquí.
—Ya lo creo —dijo Jennet.
—Tal vez llegaron en época de sirenas… —soltó Daxx rompiendo esa aura de misterio que les rodeaba—. Hay que ver el mal genio tienen esas sardinas con brazos.

Entonces, de repente entre las neblinas de esa noche fantasmal, una escalofriante figura del tamaño de un rascacielos apareció en el lejano horizonte. Parecía una estatua gigante de hierro, representando a una especie de ser humano ahogándose en ese profundo océano. Aunque sin embargo, sus rasgos faciales no correspondían a los de una persona normal.

El detector de vatios de Frigg se activó, detectando dentro de esa figura medio hundida una deseada “Batería Epsilo”. Así que, ignorando el pavor que esa colosal estatua les provocaba, decidieron desembarcar y trepar con cuerdas la estatua guiados solamente por el constante pitido del detector de vatios.

—¡Menudo hombretón! —bromeó Daxx, tras alcanzar la cima de la cabeza de la figura—. Un poco feo, el pobre, pero las horas de gimnasio no se las quita nadie —dijo de nuevo, refiriéndose a la estatua.

De la mochila de provisiones de Jennet sacaron tres nuevas cuerdas, que usaron para descender, como bien indicaba el artilugio de Frigg, por la cavidad bucal de la fría estatua de hierro medio oxidado.

—¡O dios! decidme que nos vacunaron del Tétanos —gimió Daxx, rompiendo el silencio que les acompañaba durante ese infinito descenso.

La oscuridad les envolvía inevitablemente, aun llevar varias linternas equipadas en sus trajes de exploración. El eco de las palabras de Daxx, sonaba y resonaba incansable, y las múltiples piedrecitas que Jennet arrojaba al abismo de esa metálica laringe, jamás tocaban fondo. Hasta que, tras media hora de lenta caída, una cálida luz apareció en el presunto final de esa caverna.

—¡La Batería! —exclamó Frigg emocionado.

Soltaron las cuerdas al llegar al suelo, y contemplaron con admiración ese enorme depósito de cuarzo y hormigón, origen de esos deslumbrantes rayos de luz que iluminaban los alrededores de esa tenebrosa fosa.

Antes de que Jennet comprimiese dicho artefacto con su “Reductor Atómico”, Daxx encontró en una de las esquinas una misteriosa inscripción grabada a cuchillo en esa superficie de cuarzo pulido. Los tres aventureros de Caelum empezaron a leer, totalmente dominados por la curiosidad:

La fiebre de los Linkers están llegando demasiado lejos. Lo que empezó siendo un sistema útil se ha convertido en nuestra perdición. La gente ya no se conforma con tener su propio universo independiente. Ahora se dedican a invadir Universos ajenos en busca de dinero y diversión. Y cómo todo, esto nos pasa factura.

Estamos clausurando cientos de Linkers, que son aprovechados por criaturas de otros mundos que buscan venganza contra los humanos. Pero estas criaturas nos superan en número y sobretodo en tamaño. Son monstruos inmensos, duros y fríos, que se alimentan de electricidad. En poco tiempo ya no les podremos contener en sus mundos, y entonces será el fin. Se zampan sin escrúpulos a los robots del exterior con sus mandíbulas de acero; les encanta devorar las Baterías Epsilo; y sobretodo, les apasiona engullir humanos estúpidos.

Profesor Marcus Higginton, 4177.

AÑO 2880
La vida era dura para un robot cómo Blip. Los abusivos trabajos en la mina y la falta de comprensión por parte de los ambiciosos humanos, les convertían en verdaderos esclavos sin más objetivo en la existencia, que picar y picar hasta ser consumidos por el tiempo, y con suerte, ser fundidos en un gran horno tras 150 años de trabajo. Ser fundidos para convertirse en una tostadora, un microondas o en la tapa del trasero de un nuevo androide, listo para 150 años de trabajo e incomprensión.
La existencia de sentimientos en esas criaturas de acero no era un misterio ya, aunque por egoístas razones humanas, este factor era completamente ignorado, y nadie se mostraba en contra de dicha ignorancia.
“Las máquinas solo sirven para facilitar la vida al hombre”, o “Un robot que interfiera en la vida de un humano por voluntad propia, no es un robot apto para existir en nuestra sociedad” eran algunas de las oraciones que definían y determinaban la vida en esos tan brillantes años de progreso humano y prosperidad.

Blip conocía perfectamente el mundo en que vivía aún tener tan solo 3 años terrestres. Las condiciones en las que trabajaba junto a otros de su especie convertían su rutina en un infierno que soportar para mantenerse vivo obedeciendo a las estrictas órdenes y tareas del Emperador.

El Emperador no era ni más ni menos que el gobernante de la nación de Boltenia. Unas tierras de corrupción tan plagadas de humanos partidarios al régimen del emperador, cómo de minas de cuarzo, que dichas personas usaban para construir grandes depósitos de energía para “mover el planeta a su voluntad”. Olvidándose y marginando completamente el triste mundo de los robots, que desde hacía años se habían convertido en el único verdadero motor de la Tierra.

Como todas las mañanas, Blip se presentaba en la corte del Emperador junto a cientos de esclavos robóticos, donde recibía las instrucciones para su trabajo rutinario. A continuación los guardianes del ejército del emperador, unos hombres equipados con tecnológicas armaduras y todo tipo de armas eléctricas, les forzaban a punta de cañón, a cruzar distintos Linkers cuyas destinaciones eran todo tipo de minas y canteras de cuarzo. Concretamente para el pequeño Blip, una enorme y árida excavación perdida en medio de un infinito desierto de arena y grava.

Cuando Blip agarraba con sus manos de chapa blanca ese pico que por poco le superaba en tamaño, andaba varios metros de desierto en busca de una zona alejada de los demás androides que, con fuerza golpeaban las rocas en busca de pequeñas porciones del preciado cuarzo, que en esa sociedad, se había convertido en un prestigioso mineral. El caso es que, a medida que Blip andaba solitario en busca de una piedra que con su escasa fuerza pudiese romper, más llamaba la atención de los modernísimos sistemas de vigilancia de ese sofocante Linker. Y esto le hacía un robot diferente de los demás, ya que a pesar de su inocente pequeñez y obediencia, por algún motivo desconocido, se convertía en un sujeto al que controlar constantemente durante su eterna jornada laboral.

Su efímero tamaño daba a conocer que su verdadera labor jamás tuvo que ser la minería, pues Blip había sido originalmente diseñado para realizar tareas domésticas en las casas de los compradores de Boltenia. Pero fue un pequeño error de fabricación lo que lo llevó a ser rechazado del mundo del hogar y ser acogido en el único lugar en el que todo androide podía pertenecer. En el sucio universo de la minería y la excavación.

A menudo, Blip se tomaba unos pequeños descansos para lubricar con aceite sus diminutos engranajes, mientras que, con tristeza y nostalgia contemplaba el blanco y vacío cielo de ese lugar, en el que destacaba una enorme lente luminosa que enfocaba con la mirada cada movimiento que el robot llevaba a cabo. Blip era consciente de que esa colosal lente integrada en el mismo cielo no era más que otra de las decenas de cámaras de vigilancia que le acechaban sin descanso, pero aun saberlo, a Blip le reconfortaba saber que había alguien más con él, que silenciosamente le hacía compañía.

A causa de su pequeño defecto de fabricación, en escasas ocasiones, el androide tenía que ser atendido por algún mecánico de la corte del emperador, quien, con desgana le solía reemplazar varias piezas experimentando sin piedad ni ética, con los múltiples mecanismos del robot, en busca de una cura definitiva para su problema. Cosa que al pequeño androide le provocaba pánico.

Pero, aprovechando sus cortas épocas de baja, Blip dejaba que sus orígenes en el mundo urbano se apoderasen de sus actos, y en secreto, se fugaba a la ciudad en busca de aprendizaje y observación del mundo de los humanos. Cosa que al Emperador no le hubiese hecho ninguna gracia descubrir; ya que cuantas más visitas hacía Blip a la ciudad, más cerca se encontraba de darse cuenta de cómo de vulnerables eran los humanos al poder de sus apreciados Linkers.

Blip veía lo que esos portales dimensionales eran capaces de hacer por las personas; pero también todos los accidentes y desgracias que provocaba la falta de control del hombre sobre esas puertas espaciales. Gente que quedaba atrapada por descuido en universos de pesadilla; personas cuyos propios Linkers averiados, les absorbían llevándolas a la muerte; e incluso peleas entre la gente por el dominio de un universo concreto. Una falta de control que los robots no sufrían, pues su inorgánica anatomía les protegía de tales accidentes. Blip no se dio cuenta aún, pero estaba descubriendo que la verdadera solución a su esclavitud, era el mismo invento que había llevado al mundo de los humanos hasta esos días de prosperidad y expansión.

No fue hasta que Blip fue descubierto en la ciudad y castigado por el Emperador a diez semanas de trabajo sin reposo, que el pequeño robot empezó a reflexionar si de verdad quería terminar con ese opresivo sistema que no reconocía la libertad de los nuevos habitantes de la Tierra. Llegando a la conclusión de que tal vez esa era la mejor decisión que podía tomar.

Desde ese instante, Blip empezó a trabajar junto a los otros robots de la cantera, solamente para convencerlos de su plan, y explicarles el poder de control sobre los Linkers, que ellos poseían y los humanos no.

Fue así cómo tras unas semanas más de abusos, todos los robots mineros de la nación reunieron el suficiente valor para que, en el momento de ser forzados a entrar en su mundo de trabajo, estos se resistiesen ante la opresión de los guardias, y lograsen arrastrarles hasta cruzar los Linkers, donde quedarían encerrados para siempre.

Fue así cómo poco a poco, Blip y su ejército tomaron el control de Boltenia, y empezaron a producir y comercializar miles y miles de portales dimensionales por todo el planeta, con el fin de permitir a los robots de todas las naciones alzarse contra la raza humana, y así convertir la Tierra en un lugar solo apto para robots.

AÑO 2208

Cuando Ámber despertó, los científicos del laboratorio se le abalanzaron como leones hambrientos de las respuestas que solo la chica les podía dar.

Ella, se miró las manos y sonrió con euforia al darse cuenta que había sobrevivido al temido experimento; pero su sonrisa se desvaneció y se convirtió en un súbito escalofrío, cuando en su frágil mente regresaron todos los recuerdos sobre su viaje, y el terrible futuro que le espera a la humanidad.

—Cuéntame Ámber —dijo el Doctor Byron mientras se le acercaba lentamente cogiéndole la mano con calidez—. Cuéntame lo que has visto en tu viaje al futuro.

Ámber, conteniendo sus fuertes ganas de llorar, tragó saliva y soltó con voz temblorosa:

—¡Nada! No he visto nada. El experimento no ha funcionado.



dilluns, 30 de maig del 2016

LEYENDAS DE UN YO DEL MAÑANA (Parte 1)

Cuando Ámber fue finalmente seleccionada para el experimento, esa barrera que separaba la fortuna, del verdadero terror se volvió casi indistinguible. Le mantenía la moral alzada recordar constantemente la gran cifra de dinero que se filtraba en la cuenta de su miserable familia, cada segundo que ella permanecía en esa sala de espera; tan sola. Rodeada por ese frío y amenazador blanco de la clínica. Distraída en sus propios pensamientos que, esa misma tarde, por poco probable que pareciera, podían ser los últimos de su vida.

No era esta la primera vez que un ser humano iba a viajar a través del tiempo, pero la verdad, para qué engañarse, jamás nadie había vuelto. Si a una cosa se aferraba la joven, ésta era la plena confianza que tenía en la gente con quien trabajaba en ese proyecto. Se negaba a pensar que esos individuos de tan cálidas y acogedoras sonrisas, podrían convertirse en sus asesinos.

Cuando empezó el experimento, su aparente serenidad inicial empezó a desvanecerse a medida que le cortaban sus largos cabellos rojizos hasta poco más de sus frías orejas. Sus ojos azules lagrimosos mostraban un gran arrepentimiento por todas esas cosas que había decidido renunciar esas últimas semanas, y que tal vez renunciaría para siempre. Pero ese puñado de científicos ignoraban cualquier tipo de elemento sentimental que pudiese interferir en el experimento. Por muy duro que se les hiciese.

Minutos más tarde, tras inyectarle todo tipo de sustancias y envolver su cráneo con un extraño casco de cromo y infinitas capas de polímeros distintos. El Doctor Byron se acercó a Ámber y le explicó brevemente el funcionamiento del experimento, ya que el propósito estaba más que claro. No iba a ser un viaje al futuro cómo muchos entendían dicho concepto. El cuerpo físico de la chica jamás iba a abandonar el presente; solo su conciencia. “Su espíritu”, aclaraba el doctor en palabras probablemente más cercanas y acogedoras. Ámber sería la primera “espectadora del futuro”. Es decir, su presencia allí, donde sea que se pueda definir como “allí”, no alteraría ni influiría a nada ni a nadie. Solo se limitaría a observar. Esas fueron las últimas palabras que la joven pudo escuchar antes de desaparecer para adentrarse en el lugar más desconocido del universo; antes de partir hacia los días que aún están por llegar.

AÑO 3006

Asombrado por los colosales edificios de cristal que se alzaban ante sus ojos, el profesor Arthur J.Larrick se encontraba en un estado que rozaba desde el más frío desconocimiento hasta la más irritante curiosidad. Sonreía al mismo tiempo que una dolorosa presión se apoderaba de su estómago, al preguntarse a si mismo si realmente había viajado al futuro, o por lo contrario, había muerto en el intento. Se frotaba sus ojos una y otra vez hasta complacer su necesidad de sentirse integrado en esa realidad, por muy surrealista que pareciese. Toda su vida tal y como la conocía había quedado atrás, muy atrás. Su familia, sus compañeros, su dulce hogar e incluso el encargado de la funeraria contratado para recoger sus restos si el experimento fracasaba; todos ellos seguían allí, en 1912.

Larrick no se podía creer su propio logro. Haber creado una escalera cuyos peldaños eran los siglos no era algo que se pudiese tomar a la ligera. Pero antes de preocuparse por gestionar su orgullo, necesitaba comprender ese lugar que él seguía llamando “la Tierra”, aunque sin embargo, presentaba un entorno tan nuevo y desconocido, que se percibía como si de otro planeta lejano se tratase.

Los escasos e indistinguibles fragmentos de un cielo blanco totalmente vacío se escurrían entre centenares de extravagantes edificaciones de formas retorcidas y antinaturales. No había Sol ni nubes; ni siquiera corriente de aire. Toda la luz que hacía relucir ese magno lugar procedía del mismo vacío que rodeaba la vista perdida del profesor. Todo era como una burbuja infinita rellenada con los más intrigantes secretos de una lejana y astronómica ciencia. Un lugar de ficción, cuyas leyes y propiedades se escapaban completamente de los limitados conocimientos de Larrick. Todo era igual que  ese sueño del futuro que todos perseguimos durante nuestra infancia, pero jamás logramos alcanzar.

Tras separar sus ojos de ese vacío omnipresente, estos se dirigieron directamente hacia lo que parecían ser las calles de ese lugar. Habitadas única y sorprendentemente por fríos androides de exoesqueletos tan blancos y puros como el mismo cielo de ese enigmático mundo. “Hombres de metal”, se repetía sin freno el profesor, patidifuso ante esa desfilada de seres mecánicos, de características y comportamientos tan humanos como perturbadores.

Larrick no tardó en comprender que su presencia allí se había convertido en el objetivo de todas las insensibles miradas de esos metálicos ciudadanos. Su instinto de supervivencia, adormecido después de 30 años de paz encerrado en su taller, se despertó tan súbitamente que el profesor solo pudo pensar en correr. Y eso  hizo; corrió por su vida sin darse cuenta que su falta de conocimiento sobre ese lugar se iba a convertir en su perdición.

A medida que el profesor avanzaba por esas infinitas calles, rodeado de extrañas construcciones incomprensibles, ese lugar se iba convirtiendo en un profundo y retorcido laberinto. Los caminos se dividían y multiplicaban a cada paso que Larrick realizaba en ese territorio. Había calles en todas direcciones, sentidos y dimensiones. Caminos hacía lo ancho, lo largo, lo profundo, e incluso hacía orientaciones hipercúbicas que Larrick no lograba asimilar en su frágil y primitiva mente. En poco tiempo se empezó a dar cuenta que ya no corría por temor; sino por curiosidad.

Saber volver a casa ya no era una preocupación para él. Todos los cabos ya estaban más que atados en 1912. Larrick se recordaba a si mismo sin remordimiento alguno que toda su vida había estado dedicada exclusivamente a descubrir ese misterioso lugar, ignorando qué precio debería pagar para lograrlo. Él, agotado y contemplando la diversidad de caminos que se abrían como ventanas ante su mirada, se sentó en una esquina para recuperar su aliento, ya perdido en la soñada atmósfera del futuro.

De repente, una singular luz descendió de ese imperceptible cielo, y aterrizó en una avenida cercana al paradero del profesor. Este, olvidándose al instante de la gran fatiga que arrastraba, se levantó de un fuerte impulso para alcanzar ese misterioso resplandor, cuando de repente, una voz empezó a sonar dentro de su aturdida cabeza.

—Créeme si te digo que te arrepentirás de acercarte a ese “Linker”.
—¡Por el amor de Dios! ¿Quien eres? ¿Y qué demonios es un “Linker”? —preguntó el profesor, mientras un frío sudor le empapaba la cara.
—Ven conmigo, te voy a mostrar la respuesta a todas tus preguntas —sugirió la voz fríamente sin presentación alguna. Larrick, terriblemente confuso, no podía responder a esa entidad; ni siquiera podía moverse. Así que sin ninguna oposición ni resistencia, en cuestión de segundos fue recogido por un vehículo esférico que se materializó allí mismo, delante de sus incrédulos ojos, preparado para llevarle volando hacia su inesperado anfitrión.

Lo que Arthur J.Larrick vio durante ese trayecto destruyó todos y cada uno de sus 30 años de estudios. Por muy increíble que pareciese, el cielo se estaba abriendo literalmente para permitir al singular carruaje flotante cruzar diferentes zonas espaciales; cada una más sorprendente que la anterior. Y así continuó hasta que, por sorpresa para el viajero, el extravagante vehículo se adentró en una oscura región, cuyo contenido resultaba totalmente invisible entre las tinieblas.

Aparecieron de repente en la negrura de ese espacio unas extrañas estructuras cúbicas flotantes de metal y tiras de neón que a cuanto más cerca Larrick se encontraba de ellas, más colosales e implacables se mostraban. Pero el carruaje no se detuvo ante la presencia de esas figuras, que levitaban en ese océano de penumbras cósmicas. El vehículo, con un giro seco, se filtró por unas oscuras galerías ocultas en la superficie de la estructura, revelando en poco tiempo una gran ciudad albergada en su nocturno interior.

El vehículo aterrizó silenciosamente en el hangar próximo a un gran edificio cilíndrico de cristal, donde esperaba de pie un pequeño androide acompañado de un par de guardaespaldas mecánicos que le doblaban en tamaño.

—Bienvenido al futuro, Profesor Larrick —dijo el pequeño robot, equipado con un peculiar sombrero de copa, y con una potente pero refinada voz, que dejó al humano totalmente boquiabierto—. Mi nombre es Grablayn, director supremo de Thursdayland, y te he traído aquí para enseñarte el inevitable destino del planeta Tierra.

Larrick, sin saber cómo manifestar esa bomba de fascinación que había detonado en su interior al oír al autómata hablar, cosa que resultaba impensable en su verdadera época, encajó su mano temblorosa con la del robot para mantener esa ficticia cordialidad entre hombre y máquina, que tanta euforia le causaba.

—Por qué no hay humanos aquí? —preguntó el profesor, con voz apagada por la agitación del momento.
—Si que hay humanos; gran parte de la humanidad se encuentra aquí, encerrada en estos rascacielos de cristal del Complejo de Thursdayland. Les mantenemos bien distraídos durante sus centenarias vidas.
—Habéis secuestrado a los humanos… —intentó deducir el profesor.
—En realidad les hemos salvado de ellos mismos —respondió Grablayn en un enigmático y escalofriante tono—. Verás, ya hace años que nos dimos cuenta que este mundo no pertenece a los humanos; ni siquiera a los robots como nosotros. Me explico, el progreso científico de los humanos creció hasta puntos que hubiese valido la pena jamás alcanzarlos. Esa ansia de prosperidad y conocimiento causó infinidades de beneficios sociales desde la mismísima aparición del hombre, pero el abuso de poder lo llevó a querer controlar lo que jamás debe ser controlado: la realidad.

A lo largo de la historia hubieron guerras, invasiones, contaminaciones absolutas del globo; hasta que llegó el descubrimiento definitivo que podía cambiar esa vida que todos conocíamos: Los “Linkers”, conocidos también como los portales hacia el más allá. Verdaderas entradas hacía dimensiones infinitas, cuyas propiedades y leyes se adaptaban y moldeaban al gusto de su consumidor. Un próspero negocio que convirtió nuestro bello planeta en un auténtica red pseudo-informática. Plagada de enlaces hacia mundos que llegan desde los más incoherentes lugares hasta los más oscuros y enfermizos sueños de perturbados psicópatas.
—Que les habéis hecho a los humanos? —preguntó Larrick de nuevo, sin comprender la larga narración del androide.
—La venta y uso de los Linkers se les fue de las manos de tal modo que, hasta resultaba imposible desplazarse por esas calles sin terminar atrapado por accidente en el laberinto de mundos alternativos de los millones de usuarios de ese sistema. Esa luz que viste en la avenida era un Linker malicioso; empleados para atrapar a los más ingenuos en horribles dimensiones de pesadilla —aclaró el robot—. El caso es que con el paso de los años, no había evolución alguna que salvase a los humanos de su propia invención. Y solo los androides podíamos sobrevivir en ese entorno multidimensional. Así que construimos varios recintos como Thursdayland, libres de portales para refugiar a la humanidad, mientras las calles poco a poco se volvieron nuestras. ¡Allí fuera, Larrick, no sobrevivirías ni un solo día! —resumió Grablayn al percibir la visible falta de entendimiento del humano—. Y ya empieza a ser hora de que te reencuentres con los tuyos.

Larrick y los tres autómatas entraron en el gran rascacielos de cristal; y allí estaban. Centenares de personas humanas distribuidas por las muchas y extensas plantas del edificio. Personas aferradas a enormes computadoras que, a los ojos del profesor, se convertían en auténticos artefactos de ciencia ficción. Humanos totalmente deshumanizados, reposando en aparatosos sillones equipados con tubos y depósitos por todos sus lados, cantos e incluso por sus ocultos interiores.

—Así no hacen daño a nadie —añadió el anfitrión, frotándose sus inorgánicas manos con satisfacción—. Sus vidas ya no se encuentran en este mundo. Ahora viven y vivirán felices para siempre en una recreación virtual de la realidad. Le llamamos “Elypsis 2.0”; un lugar donde por fin pueden destruir todo lo que quieran sin temor alguno. Y además, todas sus necesidades están completamente cubiertas por sus confortables asientos subministradores.

Larrick, asombrado y a la vez aterrado por esa horrible imagen de degradación humana, alzó sus manos, aún temblorosas, y se agarró la cabeza con desconcierto.

—Tal vez tú también quieras probar y conocer a Elypsis...— sugirió el robot con una mecánica sonrisa.

Desde ese preciso instante, nadie volvió a saber nada más del profesor Larrick, el primer viajero del tiempo. Algunas malas voces cuentan que rechazó la oferta de Grablayn, pero jamás supo volver a su hogar, en 1912. Otras voces más siniestras cuentan una versión mucho más oscura que la anterior, tan oscura como los mismísimos secretos de Thursdayland, y de todo el futuro que se esconde tras la terrible distopía  del 3000.

AÑO 4516

—Más que “la Tierra” debería llamarse “el Agua” —bromeaba Daxx, al observar ese océano infinito que una vez fue la hermosa y acogedora Tierra; llena de historias y misterios por resolver que, al parecer, jamás llegaron a ser resueltos.
—Por qué no nos ayudas a preparar el “hidrodeslizador” y te dejas de estupideces —protestó Jennet, molesta por la falta de seriedad y colaboración de su compañero.
—¡Claro que sí, preciosa! —respondió Daxx en un tono ridículamente varonil, mientras se cargaba su pesada mochila de expedición en la espalda.

Daxx, Jennet y el doctor Frigg, a pesar de su escasa experiencia en exploración espacial, fueron enviados para regresar a la Tierra después de más de 1000 años de abandono, en busca de antiguas fuentes de energía que serían usadas para alimentar su decadente colonia de “Caelum”. Los previos estudios les habían advertido del estado en que se encontraba ese antiguo mundo humano, pero jamás nadie había imaginado tal grado de desolación.

—¡Dios mio! —exclamó el doctor Frigg, al salir de la cabina de control de la aeronave y contemplar por primera vez esa lisa y fantasmal superficie de agua que cubría y componía cada uno de los centímetros que formaban ese infernal paisaje.
—Parece que el tipo que decidió llamarle “El Planeta Azul” ya había estado aquí antes —seguía bromeando Daxx, mientras ayudaba a cargar las provisiones en el vehículo que permitiría a los tres exploradores de Caelum re-descubrir el ya caído planeta que, por poco creíble que pareciese, miles de años atrás fue el origen de la humanidad.

No tardaron en soltar el hidrodeslizador de la plataforma de la gran nave que les había llevado hasta aquí. El impacto del vehículo al precipitarse contra la superficie rompió por completo la serenidad de esas aguas silenciosas y terroríficas.

Jennet fue la primera en bajar de la nave para dejarse caer en el piso del hidrodeslizador; un vehículo acuático diseñado por los más prestigiosos ingenieros de su colonia, preparado para navegar colosales distancias a gran velocidad. O algo así tenían entendido los tres desventurados exploradores, que jamás hubiesen imaginado la odisea que les aguardaba una vez se adentrasen en ese océano maldito.

—¡Ya conocéis las instrucciones! —quiso dejar claro Frigg, coronado ya como el líder de la expedición.
—Creo que los de la agencia nos las repitieron suficientes veces —se burló Daxx.
—Sorpréndenos —Desafió Jennet con astucia.
—Si, claro, número uno… No separarse de… número dos… eh… —intentó responder Daxx sin éxito.

Sus compañeros rápidamente le miraron con unas disimuladas pero reconfortantes sonrisas, que tanto necesitaban en esa aventura. Tal vez eran esas sonrisas el elemento fundamental para ese viaje que la agencia de Caelum jamás añadió en sus inventarios.

Pero por infortunio para los tripulantes del hidrodeslizador, esas sonrisas rápidamente fueron desvanecidas al mismo tiempo que una gran nube gris se apoderó de ese cielo azul pálido, y con ella una demoníaca tormenta eléctrica.

—Lección 85 del manual de supervivencia en la Tierra —soltó Daxx de repente ante la horrible imagen de la cercana tempestad que en breves les alcanzaría—. Jamás jamás, nadie ha regresado al Planeta Azul y ha vuelto para contarlo.

CONTINUARÁ