dilluns, 26 de setembre del 2016

EL HÉROE: LEYENDAS DE UN YO DEL MAÑANA 2

El rechazo, el miedo, la soledad, la muerte. Jamás antes me había dado cuenta de lo fácil que puede ser destruir una vida; y, de haberlo comprendido en su momento, los errores que me han llevado a esta conclusión jamás hubiesen sido cometidos. Pero mucho me temo que ya es demasiado tarde para reparaciones; y el destino se ha cobrado lo que por mi culpa, le pertenece.

Por ahora todo sigue un misterioso orden, cuyos factores cambian en instantes determinados que no logro comprender y tal vez no deba. Todo empieza con un “¡Nunca te dejaré solo!”, que es seguido por un “¡Este no es tu hogar!” y termina con un extraño “¡No voy a abrir los ojos!”; pero cada una de estos factores acompañados y constantemente supervisados por un frío y desconcertante “¡Quédate conmigo!”.

Por ahora todas estas secuencias no son más que simples y ligeros parpadeos en medio de una oscuridad absoluta, y en este momento todo resulta muy confuso…, tal vez lo único que puedo y debo hacer es cerrar los ojos y olvidar lo sucedido; aunque solo sea unos segundos.

“Quédate conmigo”.

AÑO 2941

—¿Es que no lo entiendes, Bim? ¡Maldito robot del diablo! Timmy ha muerto, y ya jamás va a volver contigo —grito entre lágrimas y ahogados sollozos al pequeño y fiel robot de mi difunto hermano gemelo, mientras observo la delicada capa roja de superhéroe que cuelga de su cabecita de cromo blanco, esa capa que Timmy solía atarle en las horas de recreo.

Bim, alzando la vista, me mira en silencio, con su inocencia grabada en sus diminutas lentes de cristal, y su cuerpo electrónico reposando con una incomprensible serenidad. No hace nada, ni siquiera se lamenta por la muerte de su mejor amigo; solo me observa en calma, mientras el ligero viento que se filtra por la ventana acaricia y hace flamear con suavidad la pequeña capa roja que, quiera o no, aún conserva y esparce en el aire la dulce esencia de Timmy.

—¿No lo entiendes? —repito desconsoladamente ante la inevitable falta de comprensión del pequeño androide, entristeciéndome al ver que su única reacción es el vulgar gesto de bajar su mirada distraída hacia la moqueta del piso, y mantener celosamente ese trágico y agotador silencio que poco a poco me desmoraliza cada vez más—. ¡No sirves para nada! ¡Vete de aquí; fuera. Este no es tu hogar!

El robot, tras oír mis desagradables palabras, con una notable dificultad, escribe en un papel las palabras “Por favor, quédate conmigo”. Palabras que al instante rechazo con dolor. Bim, cabizbajo, obedece mis crueles órdenes y se retira de la habitación caminando lentamente hasta cruzar el largo pasillo y llegar a la puerta principal de la casa. Preparado para cruzarla y no volver nunca más aquí, donde su imagen solo me impide olvidar el rostro de mi pobre hermano.

Cuando Bim llega a la calle, solitario con su ondulante trapo rojo en su mecánico cuello y su pequeño e insignificante cuerpo cromado, se dirige sin pensárselo dos veces al pequeño parque infantil del final de la calle, origen de todas las aventuras que había vivido con el pequeño Timmy. Decidido, se ubica con rapidez al centro exacto de esa plaza, y en su más notable silencio, empieza a contemplar con curiosidad todos los inocentes niños de su alrededor; buscando a alguien que quiera jugar a superhéroes con él. Sin embargo, nadie presta ninguna atención al silencioso androide que, disimuladamente, alza su mirada hacia al cielo para observar a las bandadas de golondrinas que planean libres por el firmamento, hasta desaparecer en el más lejano horizonte.

En ese instante los ojos de cristal del pequeño robot solitario se iluminan con una cierta nostalgia, totalmente ignorada por la otra gente del parque. Él, atrapado en su diminuto mundo de fantasía, y acompañado por las aves del cielo, abre sus delgados y flexibles brazos enfocando su cuerpo hacia el horizonte, y por unos breves instantes, él se convierte en una de esas ligeras y libres golondrinas, volando sin detención alguna hacia un nuevo mundo lleno de aventuras por vivir. Un mundo con su mejor amigo.

De repente, un súbito estruendo arranca a Bim de su cálido sueño para recordarle que ya no tiene hogar ni nadie con quien compartir su vida. Es entonces cuando un segundo temblor agita los circuitos del androide, logrando que este se dé cuenta esta vez del peligro que acecha a un niño que pedalea en su triciclo, rumbo hacia el profundo foso de unas obras cercanas.

Ante esa escalofriante situación, impulsado y animado por el superhéroe que Timmy le había brindado años atrás, Bim corre incansable hacia el rescate del infante. Y cuando ya parece demasiado tarde para evitar lo peor, el robot se abalanza contra el triciclo y su propietario, tirándolos bruscamente contra el suelo de asfalto.

Bim, satisfecho por su heroica intervención, revive en su memoria varios de los episodios vividos en ese parque junto a su fallecido compañero; recibiendo por imprevisto un duro azote de quien parece ser el padre del infante, que permanece en el suelo agonizando por las decenas de rasgaduras que la caída le ha causado.

—¡Robot asqueroso! —grita el padre furioso, mientras la madre consuela y abraza a su hijo herido—. ¿¡Qué demonios le has hecho a mi pobre hijo!?

Bim, asustado y apenado por el dolor causado por sus actos, regresa lentamente a casa, pero esta vez no cruza la puerta para volver a mi cuarto y suplicarme la aceptación. Esta vez sube las escaleras del piso, y no se detiene hasta llegar al tejado más alto de este edificio de 6 plantas. Una vez allí, triste y acompañado de su silencio y su capa roja, trepa con dificultad las barandillas de seguridad y, plantado ante el precipicio, a un solo paso de su destrucción absoluta, se tensa el nudo de la capa y abre los brazos para volar con las golondrinas. Para volar hacia un mundo de aventuras. Para volar hacia un lugar donde seguir siendo un superhéroe. Un lugar con Timmy.

Cuando mis padres llegan a casa y preguntan por el pequeño robot de mi hermano, solamente consigo responder: “Bim ha decidido marcharse, y jamás volverá”.

AÑO 2940

Todo dolor detona a causa de una nefasta decisión del pasado, y se convierte en la tortura del “hoy”. En mis recientes once años, mi tiempo para tomar decisiones había sido escaso, aunque sin embargo, ese fatídico día cambié por completo el rumbo de la que tenía que ser una vida perfecta con una unida familia feliz. Terminando con un dolor que me haría arrepentir cada uno de los días que aún estaban por llegar.

—¡Ven a ver esto Timmy! Ha aparecido esta noche pasada y es increíble —dije a mi hermano con un gran entusiasmo y una pésima precaución. Él, en su rincón favorito del parque, jugando tranquilamente con su compañero robot, no quiso prestar atención a mis estúpidas palabras, pues la mayoría de mis avisos terminaban en bromas de muy mal gusto que el chico ya no quería tolerar—. ¡En Serio, ven, a ti también te va a fascinar! —repetí con la horrible insistencia que nos llevaría al profundo pozo de las fatalidades. Segundos más tarde, fue su adorable bondad lo que lo llevó a abrochar por última vez la capa a su amigo Bim, y acercarse pacientemente a mi para ver el motivo de mis eufóricas palabras.

Llevé a mi hermano hasta un callejón cercano a ese parque, más allá de las barreras de arbustos podados y árboles grises que delimitaban el establecimiento infantil. Y cuando llegamos a mi objetivo, le mostré asombrado la reluciente pero espeluznante imagen de un portal dimensional abandonado al fondo de la estrecha y oscura calle.

—¡Mira! —dije emocionado—. Alguien ha dejado un “Linker” personal para nosotros.
—Sabés que papá y mamá no quieren que nos acerquemos a esas cosas si no son seguras —dijo Timmy con su suave aunque atragantada voz.
—¡Pero miralo bien! —insistí—. Un universo solo para ti y para mi, y para tu robot. Allí dentro podremos venir a jugar cuando queramos sin que nadie se entere. ¡Es fantástico! Admítelo.

Podía apreciar la inseguridad en los ojos del pequeño Timmy, pero su falta de empuje contra mis convincentes palabras le llevó a tomar la peor decisión de su vida.

Cruzamos el luminoso portal, y en cuestión de segundos nos encontrábamos en un infinito y perturbador laberinto de tuberías y maquinaria pesada de todo tipo, envuelto por un vacío cielo de un color naranja como el fuego.
—Tranquilo, nunca te dejaré solo —le prometí mirándole a sus llorosos y aterrados ojos, que parpadeaban incansables.
—Quédate conmigo todo el rato —dijo él con un hilo de voz, mientras me agarraba con fuerza la manga de mi jersey.
—Claro que sí —dije, antes de que mi serenidad se quebrantara por completo.

Los eventos que sucedieron a continuación llegaron de una forma tan súbita y brutalmente inesperada, que recordarlos se convierte en una verdadera pesadilla. Lo único que me viene a la cabeza al intentar rememorar ese terrible instante, es una fría y susurrante voz grave, procedente de unos altavoces diciendo: “Vaya, vaya, alguien está lejos de casa. ¡Darnok, Relix, ocupaos de esos mocosos!”. Y al instante, dos monstruosos perros diabólicos de aspecto enfermizamente salvajes salieron de unos conductos de acero, y se lanzaron contra mi y mi hermano sin remordimiento alguno, atacándonos con tal fuerza y agresividad, que en pocos segundos mi consciencia se convirtió en un oscuro y tenebroso foso negro sin salida.

Desperté en la camilla de una iluminada sala de urgencias, infestada de médicos que con gestos nerviosos y apresurados, intentaban salvar a cualquier precio la vida de mi hermano y la mía, dos niños malheridos cuyas vitalidades colgaban de un hilo medio roto.

Ante la horrible presión de esa macabra escena, al ver mi repentino abrir de ojos en esa camilla, los médicos se vieron forzados a centrar su atención en mí, y dejaron de lado al pequeño Timmy durante unos breves segundos. Unos breves segundos que le arrebatarían la vida, y dejarían que la más tenebrosa huella de la tristeza y el dolor quedase grabada para siempre en mí, y a todos los que me rodean.

Ojalá ese último aviso hubiese sido otra de mis bromas de mal gusto.

AÑO 2961

Terminados mis estudios y profesionalizándome en el amplio mundo de la ingeniería informática, encontré el modo de cubrir esa grieta que partía mi corazón con una infernal agonía; pues había hallado el modo definitivo de olvidar al pequeño Timmy, quien jamás abandonó el retorcido mundo de mi cabeza. Un método superior a todas esas absurdas tardes con el psicólogo, que lo único que lograban era expandir mi dolor. Y es que si de verdad no era capaz de olvidar ese delicado rostro y esos ojitos llorosos que me suplicaban volver a casa, solo me quedaba una alternativa: traerlos de vuelta. Y con este alocado lema fundé mi laboratorio submarino de tecnologías avanzadas de TimmyTechs. Lugar que hospedaría el primer psyco-simulador jamás construido en la historia; basándome en un polvoriento diseño que Bim dibujó para su mejor amigo, años antes de la tragedia. Un complejo ordenador construido por mi, capaz de recrear vida inteligente a partir de comportamientos y códigos genéticos de personas pertenecientes este oscuro mundo; o que alguna vez estuvieron aquí.

Al principio hasta yo mismo me convencí que dicho proyecto era una verdadera locura, y que reemplazar la vida de mi difunto hermano era una tarea imposible, y aún más, inmoral. Pero mi perspectiva dio un inmenso giro una de mis múltiples noches en vela en mi taller, cuando de repente, adormecido a causa una larga jornada, desperté para darme cuenta que todos los datos de Timmy que yo había introducido en el psyco-simulador, que jamás habían llegado a ser procesados, acababan de ser absorbidos por el dispositivo; y en la pantalla de este se mostraba un luminoso y azul garabato de unos parpadeantes ojos infantiles observándome en el silencio de la noche.

Me costó trabajo encontrar un razonamiento lógico para ese fenómeno, y para ser sincero, aún no lo he encontrado; pero si de algo estaba seguro y todavía lo estoy, es que mi invento no había reemplazado la vida de mi hermano por una ficticia imitación; el invento acababa de crear un vínculo real hacia el verdadero Timmy, perdido y atrapado en un mundo que jamás debería ser comprendido.

—¿Puedes oírme, Bred? ¿puedes verme? ¿Estoy realmente aquí?
—¡Si, Timmy, te oigo! —dije al mismo tiempo que unas gruesas lágrimas se generaban en mis exhaustos ojos, al oír esa dulce y ya olvidada voz—. ¡Estas conmigo, hermano! Jamás te voy a perder otra vez —exclamé rendido ante mis emociones—. Ojalá papá y mamá pudieran ver esto.

El garabato, a lo largo de la noche, me demostró que era capaz de recordar situaciones que Timmy experimentó antes de su muerte, pero por suerte o infortunio, evitaba de todos modos hablar sobre ese fatídico día. Aún no logro entender si lo hacía por falta de recuerdos, o para no herirme a mi.

Nuestras conversaciones no eran del todo fluidas, y a veces carecían de sentido; pero no podía creer lo que acababa de lograr. La emoción del instante no me permitió reflexionar si realmente ese invento debía existir en un mundo donde la muerte siempre había sido el final de todo; pero por razones desconocidas, el psyco-simulador no tardó en ser conocido por centenares de empresas que podían ganar fortunas con mi artefacto.

Me negué completamente a vender ese teléfono del más allá, y aún menos a vender la vida del pequeño Timmy, huésped eterno de mi máquina.

La única oferta que consiguió llamar mi atención fue la de un misterioso individuo, conocido como Grablayn, y esta decía así: “Tú me ofreces el psyco-simulador y yo salvo a la humanidad de una inminente extinción en manos de los Linkers”. Conocía de primera mano el daño que esos portales podían causar y causarían con el tiempo, pero rechacé su oferta, para poder gozar del macabro reencuentro con mi hermano.

Pero a pesar de todo, poco a poco y a medida que pasaban los días empecé a cuestionarme hasta qué punto poder oír la voz de Timmy tras una extravagante pantalla, satisfacía esa necesidad de salvación que había contenido tras tantos años. Pues aunque sus ideas y su memoria hubiesen regresado de la muerte, eso que había creado no era lo que realmente necesitaba encontrar, pues lo que realmente buscaba no era más que algo totalmente imposible. Y el psyco-simulador jamás solucionaría un error de 20 años. Entonces debía tomar una decisión: devolver a mi hermano de donde le saqué o permanecer toda mi vida recordando que por mi culpa ahora él era un par de ojos dibujados en el monitor de mi taller. Un par de ojos que nunca me devolverían lo que realmente perdí ese día.

La decisión estaba tomada. Solamente necesitaba el coraje para llevar a Timmy donde ya le envié ese día. Y reunir ese coraje me costó dos años enteros de sufrimiento e indecisión.

AÑO 2963

Esta noche he vendido definitivamente el psyco-simulador al fanático de Grablayn. Timmy, por alguna razón que desconozco y agradezco, se desconectó totalmente ayer por la tarde; evitando una dolorosa despedida llena de explicaciones que no podía ofrecerle, ya que alejarme de él para siempre era injustificable.

Ya es tarde, y mis párpados rojizos me pesan hasta el punto de dormirme en la mesa de mi taller, ante el hueco que ha dejado el ya ausente psyco-simulador. De repente, desde un lugar que no logro localizar, una espectral voz interrumpe mi plácido sueño y hace real la peor de mis pesadillas, pues esa delicada voz recita con un inesperado rencor: “Me forzaste en entrar en ese infierno, y ahora soy un espejismo de tu dolor”. “Me prometiste que jamás me dejarías solo, y aquí dentro hace frío y está muy oscuro”. “Lloraste al verme de nuevo y encender las luces, pero ahora ya están apagadas de nuevo; y tengo frio, mucho frio”.

Me despierto al instante y suspiro con alivio al darme cuenta de que esa voz es solamente fruto de mis sueños y del horrible cargo de consciencia que mis decisiones me han causado. Pero tras alzar mi vista hasta el fondo del taller, me doy cuenta de que en todas las pantallas de la habitación se proyecta la palabra “Invisible”.

Corro asustado hasta cruzar los solitarios pasillos submarinos de mis instalaciones, y llegar a la nave que me llevará a la superficie. Pero los circuitos internos del vehículo están misteriosamente averiados, y la máquina no se encuentra operativa. En su pequeño monitor del panel de comandos aparecen las palabras: “Estoy aquí, pero no puedes verme; ahora soy invisible”.

Mi ataque de pánico al haber quedado totalmente aislado y a merced del espectro vengativo del pequeño Timmy me lleva a correr sin rumbo alguno a través de toda la estación submarina, encontrándome en cada habitación, galería y taller las omnipresentes palabras del fantasma que yo cree. “Las luces ya se han apagado, y ahora no soy más que un espejismo de tu dolor” “Solo soy una satírica tragedia, una macabra broma del destino” “Los años han pasado, pero ya no existen excusas ni justificaciones cuando eres invisible”.

Cuando regreso al taller, tras mi desesperado intento de fuga, conteniendo las lágrimas y la tristeza causada por la guerra moral de mi arruinada cabeza, encuentro un extraño papel escrito en la impresora de mi desordenado escritorio, que nunca antes lo había visto. El papel está datado de ayer por la tarde, y su origen procede del espeluznante psyco-simulador. Al centrarme en las diminutas letras escritas en una esquina de la hoja, un horrible escalofrío toma el control de mis emociones, ya que en esta hoja está escrito: “Por favor, quédate conmigo”.

El peso de mis sentimientos me termina de derrumbar cuando por fin me doy cuenta de la verdad que no pude ver por mi despreciable ceguera. El psyco-simulador no sirvió para ayudar al estúpido de mí a consolarme, sino para ayudar a mi pobre hermano. Yo no reviví a mi hermano ese día; yo solamente le encendí una luz para que él dejara de estar solo en las penumbras, y pudiese estar conmigo. Ese artefacto no me satisfacía a mi; le satisfacía a él; y por mi egoísmo le he arrebatado lo único que le quedaba después de haberle arrebatado todo.

“Quédate conmigo”.

AÑO 2940

—¡Quédate conmigo! —exclama la doctora ante los cuerpos inanimados de mi y mi hermano, en esa fría sala de urgencias—. ¡Quédate conmigo, no te rindas! —repite entre el alboroto de médicos y intermitentes pitidos de las máquinas de reanimación.

No logro recordar lo que ha pasado, pues el aturdimiento me domina por completo los pensamientos. “Nunca te dejaré solo”; estas palabras se encienden en mi mente como si alguien me las hubiese grabado con fuego en la cabeza. Entonces las ideas empiezan a tomar posición entre los escombros del shock, y ese vacío infinito oscuro se desvanece con la claridad. Ahora lo recuerdo; el “Linker” abandonado, la grave voz amenazadora y los perros diabólicos. Mi hermano Timmy está en la camilla de mi lado luchando por su vida y… va a morir aquí. Yo sobreviviré, y su trágica muerte se convertirá en la ruina de mi vida y la de mis padres, y la de Bim. ¡El psyco-simulador! ¡El espectro! Todo ha sido una alerta; una ilusión. Un regalo del destino para tener una segunda oportunidad. Cuando abra los ojos los médicos correrán para salvarme, y será el final de Timmy. ¡No voy a abrir los ojos!

Dicho esto, y dispuesto a reparar el futuro que se avecina en la triste historia que aún no ha sucedido, arranco de mi cuerpo todos los dispositivos que me mantienen respirando y esta vez, si solo uno va a salir de esta clínica, este va a ser Timmy. Esta es mi última decisión.

AÑO 2963

Aquí, en las penumbras todo está muy oscuro, y hace frío, mucho frío. Todo lo que haya dicho y hecho ya no importa. Pero ahora que a través de la pantalla puedo ver a mi hermano Timmy y su pequeño e inocente robot vivir la vida que jamás hubiesen vivido por mi culpa; estoy totalmente seguro de que no me arrepiento de nada. De nada.





diumenge, 28 d’agost del 2016

LA ÚLTIMA UTOPÍA

Hay tantas y tantas cosas para conocer y descubrir en este mundo, que a veces uno tiene el miserable deseo de encerrarse y dejar que sea otra persona quién desmantele estos infinitos misterios de la existencia. Sin embargo, aún habiéndolo sospechado durante años, esta jamás fue la filosofía de mi abuelo Gaspar, quien fingiendo haberlo abandonado todo, creó un imperio más allá de los ojos del mundo y lo ocultó celosamente por razones que aún están por saber, razones que sin duda alguna voy a desvelar esta vez para resolver el enigma más grande de mi vida; el enigma de mi abuelo Gaspar y de toda mi familia.

Todo empezó con un pequeño sobre reposando en la alfombrilla de la entrada de mi casa, en un sombrío día de trabajo en la oficina. No le presté demasiada atención, pues la mayoría de cartas que aterrizaban en mi portal solían reclamar el precio de mis suministros; pero tras unas horas de deambular por mi hogar, decidí echar un vistazo a ese sobre, para darme cuenta de que su sello era inexistente, y por tanto, este no había llegado hasta aquí por correo. Así que esta vez, desgarré con cautela esa superficie de papel, y encontré una nota cuyas palabras carecían de sentido para mí, y decían así: “Pacific 33 te espera, si aceptas esta invitación reúnete conmigo en la entrada del puerto mañana a las 6:00”.

Es lógico que, al principio, me lo tomase como una extraña broma o algún tipo de ingeniosa trampa para aprovecharse de mi, pero a medida que las horas  pasaban, el nombre de “Pacific 33” empezaba a excavar entre mis desordenadas memorias, para permitirme llegar a la conclusión de que esta denominación fue pronunciada una vez por alguien a quien yo admiré mucho en su tiempo: mi desaparecido abuelo Gaspar. Fue así como equipado con una gran curiosidad e imprudencia, decidí acudir a esa cita que el destino me había propuesto.

Llegué al puerto bajo un naciente sol de Septiembre, en busca de una barba blanca o un arrugado rostro conocido, pero sin embargo quien me recibió no se ajustaba para nada a esa descripción, pues no era ni más ni menos que una chica de cabellos dorados, que tras sus gafas de sol, me localizó entre la multitud de pescadores y barriles, y me ofreció una cordial encajada de manos.

—Erin Williams, veo que recibiste mi carta —se presentó quitándose las gafas, y dejando al descubierto unos fríos ojos azules.
—Vaya, esto me resulta bastante confuso —dije con un suspiro—. Soy Todd Walter. Llámame Todd.
—¿Como el barbero? —bromeó.
—Si, como el barbero... —suspiré de nuevo con una ligera sonrisa que ocultaba mi falta de control sobre esta situación.
—Supongo que lo que quieres ahora son explicaciones —dijo esta vez más seriamente.
—¡Sí! ¡Exacto!, en media hora debo llegar al trabajo, así que te ruego que seas breve, si no es molestia.
—Vaya… —rió con ironía—. Creo que no has entendido el verdadero propósito de esta invitación.
Yo, tras oír sus palabras, me froté la cabeza con desconcierto, y fruncí el ceño  esperando a que Erin prosiguiera con su discurso.
—Ves este barco —dijo ella señalando un viejo bote pesquero que estaba amarrado detrás de nosotros—. Este es el barco de tu abuelo Gaspar; y por deseo suyo, deberías ceder unos días de tu vida para conocer el imperio que forjó con sus propias manos.
—Entonces te envía mi abuelo —deduje con facilidad—. ¿Voy a verle, donde sea que me lleve este barco? —pregunté mostrando una falsa serenidad que ocultaba la rapsodia de emociones que se mezclaban en mi estómago en ese momento.
—Mucho me temo que no va a ser así —dijo envuelta por un súbito pesar que solo me llevaba a pensar lo peor.
—Gaspar ha muerto… —resolví de nuevo, con una insensibilidad justificada por la ausencia de mi abuelo en los últimos 20 años de mi vida.
—Murió hace ya dos años; en su testamento programó este mismo día para que te viniese a buscar.
—¿Y entonces por qué demonios quiere que vaya a su “imperio”? —pregunté con dureza.
—Gaspar me dijo que tú deberías averiguarlo una vez allí —respondió Erin.
—¿Y dónde es “allí”? —insistí.
—En Pacific 33, el magno imperio de tu abuelo.

A bordo del pesquero tripulado por un puñado de ancianos pescadores, con las brisas del océano golpeando mi frente con suavidad, y mis pensamientos perdidos en las olas que encrespan las aguas, me apoyé en la barandilla de la cubierta y dejé que las preocupaciones de mi rutina se desvanecieran con el viento, para centrarme en el misterio que se abría ante mis ojos.

Durante ese instante tenía la desagradable sensación de haber vivido engañado a lo largo de mis últimos 20 años, y en ese entonces no sabía qué creer.

Erin se me acercó y se apoyó en mi misma barandilla, a mi lado, y se quitó las gafas de sol de nuevo, signo de que quería decirme alguna cosa.
—Siento mucho la muerte de tu abuelo —se lamentó.
—No te preocupes por esto —respondí con un hilo de voz—. Jamás le conocí realmente. Abandonó a mi familia cuando solo tenía seis años, y hasta hoy, no he tenido ni una mísera noticia de él. Mi familia me contó que se cansó de este mundo, y decidió irse a vivir solo para emborracharse sin tener que preocuparse por los problemas de la vida.
—Tal vez tu familia tenía motivos para contarte tal estupidez —soltó la chica.
—¿Qué quieres decir? —pregunté sorprendido.
—Gaspar jamás quiso aislarse del mundo, solamente encontró el modo de hacerlo girar a su alrededor; y por este motivo construyó Pacific 33; un lugar donde ser libre para soñar y romper rutinas; un paraíso personal, una anhelada utopía hecha a medida para él y su gente. ¿Sabes Todd? Tu abuelo era un genio, ya que supo encontrar la felicidad en un mundo donde la gente vive como marionetas del día a día; encontró ese lugar que las personas solo se atreven a soñar, y supo apañárselas para defender su lucha hasta el final.

Mis ojos se iluminaron tras escuchar esas palabras, que me resultaban tan conmovedoras… ; pero rápidamente una nube gris contraatacó a la increíble historia de Erin.
—Si mi abuelo encontró dicho paraíso, por qué jamás trajo a su familia consigo en ese lugar.
—No lo sé —respondió ella cabizbaja—. A lo mejor no quería involucrar a tu familia en sus turbios negocios.
—¿Que clase de negocios?
—Verás, Gaspar pudo construir la máquina perfecta que se convertiría en su “Edén”, pero todo artefacto necesita combustible, y por este motivo convirtió Pacific 33 en un clandestino centro de acogida para toda esa gente que deseaba empezar su vida desde cero. Es decir, ex-criminales, ex-sectarios, fallidos suicidas, incomprendidos sociales, personas cuyas vidas no tenían sentido… . Además, los contrabandistas marítimos se comprometían a brindar todo tipo de suministros a Gaspar, a cambio de alojamiento en Pacific 33.
—Osea que mi abuelo construyó un hotel para los cobardes de la sociedad y criminales potenciales —interrumpí resumiendo las palabras de la joven.
—Yo no les llamaría cobardes —dijo Erin con una nostálgica mirada perdida en el azul y cristalino horizonte—. Pues hace falta mucho valor para dejar atrás una vida entera.
—Vaya, lo siento, no pretendía ofender —me disculpo al darme repentina cuenta de que ella también estuvo metida en los mencionados colectivos que emigraron hacia Pacific 33.
—No importa —responde con una sonrisa—. ¿Por qué no me cuentas algo sobre ti? —propone cambiando súbitamente de tema.
—La verdad es que no hay mucho que contar sobre mi, pero aquí la más misteriosa eres tu, y por tu acento juraría que eres inglesa… —sonrío.
—Irlandesa —corrige—. Nací cerca de Belfast, pero renací en Pacific 33, de la mano de tu abuelo.
—Hablas de mi abuelo como si fuese una especie de Dios, o profeta.
—En parte lo fue para nosotros, pues él nos ofreció un lugar y una comunidad donde protegernos de la corrupción y el dolor que reina las calles. Él  dio color a nuestras decadentes vidas y un motivo para luchar siendo quienes realmente queríamos ser.
—¡Fascinante!
—Gaspar tenía un corazón de oro, pero también un puño de hierro… El hombre sabía cómo mantener a raya a los huéspedes más inquietos de su imperio, e incluso sabía cómo deshacerse de aquellos que jamás pertenecerían a nuestra comunidad.
—¿Les mataba? —pregunto intrigado.
—¡No! Tan solo les suprimía la memoria con su “suero de la amnesia” y les devolvía a tierra inconscientes.
—Jamás había oído a hablar sobre dicho suero.
—Hay muchas cosas de las que no has oído a hablar de Pacific 33.

Hoy, tras el frío impacto de una incómoda migraña, me levanto del colchón del camarote que me hospeda, y salgo a cubierta encontrando a varios miembros de la tripulación contemplando con admiración un gran edificio de acero y aluminio sostenido en el infinito manto del Océano Pacífico. Me cuesta apreciar la complejidad de la estructura debido a mis dolores de cabeza, y a la niebla gris que cubre el cielo, pero poco a poco, las borrascas del mar arrastran mi dolor y sanan ligeramente mi visión permitiéndome ver el inmenso bloque de pisos flotante que al parecer, fue la mayor invención de mi abuelo.

No tardo en darme cuenta de que el nombre de “Pacific 33” se debe un antiguo crucero, cuyas piezas se emplearon para la construcción de esta magna edificación; y por lo que puedo observar toda la energía eléctrica requerida en estas instalaciones, era generada por las decenas de molinos de viento y de agua que rodean este lugar.

—¿Cómo demonios se mantiene a flote esta estructura? —pregunto a Erin, que yace en mi lado.
—Por las múltiples cámaras de aire y estabilizadores integrados en la base del edificio.
—¿Y todo esto construyó mi abuelo solo? —pregunto de nuevo, intrigado.
—Claro, con la ayuda de un buque de obras, y un grupo de sobornados constructores. ¿Que te esperabas encontrar?
—¡No lo sé! Tal vez una isla con un pequeño campamento oculto; chozas de madera o algo así.

Al atracar en un pequeño y rústico muelle que sobresale de la estructura, nos abrimos paso hacia la entrada del polvoriento y dejado edificio, que un día fue la anhelada “Atlántida” de mi abuelo Gaspar. Nos encontramos en una especie de comedor amplio, cargado de mesas y torcidos cuadros de temática marinera, colgados a juego con las secuencias de ventanillas con vistas al más profundo y espeluznante océano. Todo está abandonado y oscuro, y por lo que puedo ver, un evento inesperado causó el abandono de este lugar, pues todos los objetos permanecen tal y como lo dejaron el último día. Todo resulta más silencioso y siniestro de lo que imaginé. No hay ni una sola alma, y esto me produce verdadero terror.

—No me contaste que este era un paraíso para momias —digo a Erin al darme cuenta de que mi viaje hasta aquí puede haber sido en vano.
—No lo sabía —dice ella, con un inesperado pánico ante el macabro escenario que se muestra en sus fríos ojos—. La última vez que estuve aquí todo estaba más vivo y alegre que nunca. Tu abuelo me obligó a abandonar Pacific 33 tres semanas antes de su muerte, con la orden de regresar hoy contigo. Yo era consciente de que se encontraba en algún tipo de lío, pero jamás me contó en qué apuro se había metido. Así que solamente obedecí.
—¿Y ahora qué demonios hacemos aquí? ¿Sacar el polvo? —bromeo con un amargo sarcasmo.
—Tal vez nos convenga saber lo que sucedió con este lugar, y con toda mi familia.
—¡Genial! Cómo si no tuviera suficiente en la oficina, que ahora me toca ser Sherlock Holmes —protesto descaradamente.
—Oye Todd, si no quieres ayudarme en esto puedes regresar a tu maldita casa, y  volver a la absurda rutina por la que tu abuelo tanto luchó en contra —se enfurece Erin.

Regreso por la misma puerta que me permitió entrar en estas ruinas, y cruzo el muelle subiendo con torpeza al bote pesquero. No oso pedir a la tripulación que me devuelvan a mi ciudad, pues dejar a Erin en este atormentado edificio no me resulta para nada moral. Así que me refugio en mi camarote, y me dedico a reflexionar, mientras una ligera lluvia golpea el cristal de mi ventanilla. Mientras, caigo en un profundo sueño.

Al despertar un par de horas más tarde, desaparecidos ya todos los rastros de mi anterior migraña, salgo de nuevo a cubierta en busca de la chica, pero tras preguntar a un par de los navegantes de la embarcación, me doy cuenta de que ella aún no ha regresado.

El cielo se ha aclarado, y lo que era una siniestra estructura en medio de unas tormentosas aguas salvajes, ahora luce como una especie de hotel exótico, envuelto por un brillante cielo azul totalmente libre de nubes y tinieblas, totalmente rico de paz y serenidad.

Me siento culpable, lo reconozco, no solo por no haber ayudado a Erin, sino por haber rechazado la oportunidad de conocer el lugar que llevó a mi abuelo a dejar toda su vida atrás, con las respuestas de mis infinitas cuestiones adjuntas. Me protejo los ojos con la mano, del abrasador sol del Septiembre, y alzo mi vista hacia el punto más alto del edificio, donde una especie de bandera ondea con las brisas, y en ella hay escritas unas palabras que me esfuerzo para leer. “¿Cómo vas a llegar el paraíso, si ni siquiera lo intentas?”, firmado por Gaspar.

Parece absurdo, lo sé, pero solo basta este viejo eslogan para hacerme replantear el motivo de mi expedición. Tal vez el trabajo y la rutina puedan esperar un tiempo más, así que esta vez, bajo la presencia de este resplandeciente y reconfortante sol, me adentro de nuevo al edificio para descubrir los misterios que oculta la perdida y legendaria utopía de mi abuelo.

Cruzo el comedor evitando el contacto con los objetos abandonados, y todo aquello que nos pueda aclarar lo sucedido aquí. Por ahora todo lo que veo y siento es devastación. Pero por un momento, pasan por mi cabeza imágenes de cómo este lugar pudo lucir en sus mejores días. Puedo oler la comida salir de la cocina, rumbo a las grandes mesas de madera con viejos trapos como manteles; y puedo escuchar a la alegre amalgama de voces de gente cuyas preocupaciones ya dejaron de existir. Por un instante puedo apreciar esa libertad y felicidad de la que Erin tanto me habló; esas vacaciones eternas en un lugar oculto para todos aquellos que vivimos encadenados al sistema. Ese imperio al que solo los que realmente se atrevieron a renunciar al día a día pudieron alcanzar.

Salgo por una puerta a una especie de terraza muy extensa, con un suelo de hierba artificial, y una fresca y omnipresente decoración tropical. Ahora siento de nuevo los cálidos rayos del Sol en mi rostro.

En las lejanías de esta terraza sostenida sobre las aguas, puedo apreciar el gran hueco de una piscina llena de escombros, y una especie de derruido cóctel-bar con una increíble vista al horizonte. Además, destacan varias plataformas sobresalientes de aluminio donde al parecer, los huéspedes podían pescar envueltos en la más intensa y tranquila atmósfera del Pacífico, respirando libertad en estado puro. Me cuesta creer que alguien fuera capaz de terminar con un paraíso así.

De repente, logro encontrar a la desaparecida Erin en un mirador ubicado a un par de plantas por encima del patio donde me encuentro. Ella no me ve, y ahora mismo creo que lo mejor sería ir a buscarla. Así que cruzo decenas y decenas de pasillos llenos habitaciones y distintas zonas de ocio, hasta encontrar el camino que me lleva a ese mirador.

—¡Erin! —grito levemente al encontrarla.
—Todd —se sorprende ella al verme—. Pensaba que ya no regresarías.
—Me equivoqué y lo siento, de veras —reconozco—. Al fin y al cabo, solo hay una vida, y creo que si mi abuelo nos trajo aquí, algo quería que encontrásemos.
—Mucho me temo que ya he encontrado algo.

Dicho esto, y con un lúgubre caminar, cogemos un ascensor, que nos lleva hasta la más alta de las plantas del extravagante hotel flotante, y accedemos a lo que es conocido como “Solarium”; una especie de salón circular cuyas paredes son paneles de cristal, desde donde se nos permite contemplar la grandeza de estas instalaciones construidas a partir de fragmentos del antiguo crucero Pacific 33.

—En este lugar tu abuelo nos solía reunir para mostrarnos sus proyectos y sus innovaciones para Pacific 33 —me cuenta Erin al llegar al piso—. Ahora mira en lo que se ha convertido.

Al trasladar mi mirada hacia donde la chica me indica, un frío sudor empieza a fluir por mi sonrojada frente, pues cuatro cadáveres en descomposición reposan en el suelo de moqueta azul, siendo totalmente azotados por la luz solar que se filtra por los muros de cristal de esta habitación. Rápidamente localizo varias perforaciones de bala en diferentes zonas del Solarium, y en estos cuatro cuerpos moribundos.

Lucho para aguantar las náuseas provocadas por esta escena, y al parecer, Erin también lo hace; pero aún así, ambos nos acercamos a los fallecidos y no tardamos en darnos cuenta de que uno de esos cadáveres corresponde a mi abuelo Gaspar, y este lleva una pistola. Miro a los ojos de la chica, impactado por la atrocidad que yace ante nuestros ojos. Ella llora, no solo por haber reencontrado el cuerpo de la persona que una vez le salvó la vida, sino que además, por haberse dado cuenta de los actos que esta persona hizo antes de caer.

—¿Gaspar asesinó a esta gente y se suicidó? —me pregunto a mi mismo en voz alta.
—Gaspar nunca haría algo así —sollozó ella con fuerza.

Yo no sé cómo reaccionar ante esta situación, porque después de todo, quién está aquí es mi abuelo; el abuelo que nos abandonó hace ya tantos años, para construir su propio mundo y terminó así, convertido en polvo. No sé qué lo llevó a este fatídico final, pero esto me lleva a reflexionar si realmente valió la pena haber encontrado el deseado paraíso donde olvidarse de los problemas y las corrupciones de la sociedad. Un paraíso que se iba a convertir en su tumba.

Erin encuentra una segunda pistola enterrada entre los escombros de esta sala, y es así como esta vez nos damos cuenta de que Gaspar se encontró en medio de un tiroteo, y fue esto lo que le costó la vida. ¿Pero por qué motivo mi abuelo se encontró en dicha situación? ¿A caso su gente provocó un motín? Por ahora todo son preguntas.

Pasamos varias horas contemplando las calmas aguas del Pacífico intentándonos aislar por unos instantes del enigma que nos esconde el clandestino hotel de las brisas marinas y las borrascas; y no es hasta que el sol empieza a caer, y el cielo se enrojece, que no tomamos la decisión de movernos.

—A lo mejor deberíamos volver a casa —le propongo en un intento de consuelo.
—¿Y si Gaspar empezó el tiroteo? —dice ella temblando por la presión de las ideas que merodean su cabeza—. ¿Y si realmente él quería a esos tres hombres muertos?
—Seguro que no —susurro.
—¿Entonces por qué evacuó a todos los huéspedes del edificio? ¿Por qué no quiso contarme nada?
—No lo sé… —digo cabizbajo, entristeciéndome por el dolor de la chica—. Creo que nunca lo sabremos.

Al instante Erin sacó del bolsillo de sus tejanos una pequeña y misteriosa grabadora de voz plateada.
—La he encontrado junto al cadáver de Gaspar —me dice ofreciéndome el dispositivo—. Temía saber lo que contiene, pero creo que es el momento de revelar la verdad oculta de Pacific 33.

Sorprendido y sin pensármelo dos veces, activo la cinta, y la grave voz de mi abuelo regresa a mis oídos después 20 años de desaparición.

“Todd, querido, es una verdadera lastima que este mensaje tenga que proceder de unos altavoces y no de mi propia voz, pues haber estado hoy contigo y conocerte ahora, hubiese sido mi mayor deseo y mi mayor utopía; pero las circunstancias han dado un giro inesperado, y si escuchas esto, es porque ya me he ido, y mi querida discípula te ha traído hasta aquí en mi nombre.

Tal vez estés furioso por mi larga ausencia; tal vez estés confuso por el repentino descubrimiento de este lugar; tal vez solo quieras respuestas. Hijo, permíteme que te relate la última de mis odiseas:

Desde que eras un niño fuiste el único que apreció realmente mis historias sobre paraísos y utopías; y aunque creas que soy un cobarde por abandonarte a ti y a tu familia, yo siempre quise estar con vosotros; pero tus padres jamás aprobaron mi proyecto y a la gente con quien trataba. Me tomaron por loco y por una mala influencia para ti, así que aún anhelarlo, jamás te pude traer aquí; no mientras fueses ese dulce niño al que le brillaban los ojos cuando contemplábamos juntos el mar infinito.

Llegué aquí solo, sin ningún propósito más que el de construir un lugar donde la absoluta libertad fuese la única ley y la única religión; un lugar al que traerte cuando tus decisiones dependieran solamente de ti; un lugar para sacarte del sistema que nos ha amordazado a todos y nos convierte en títeres vulgares sin sueños.

Acogí a todo tipo de gente que, como yo, buscaba una vida desde cero. Pero esto Erin ya te lo habrá contado. El caso es que las voces llegaron demasiado lejos, y un grupo de gente llegó a las instalaciones y me ofrecieron la compra de mi creación. Yo me negué, y por esta razón me amenazaron con revelar el paradero de Pacific 33 si no les vendía mi obra.

Estuve varios días intentando suprimir sus memorias, pero esos hombres ya iban preparados para esto, así que solo me quedaba la alternativa más drástica; la única alternativa que me permitiría conservar este paraíso para ti y la gente que necesita alejarse de las polvorientas cadenas de la sociedad. He evacuado toda la residencia porque voy a acabar con estos tipos, y esto no va a acabar nada bien. Pero la libertad es algo por lo que vale la pena luchar. ¿No crees? Así que dime, querido Todd, ¿Estarías dispuesto a rescatar Pacific 33 de las tinieblas, junto a Erin? ¿Estarías dispuesto a ser libre para siempre? ¿Estarías dispuesto a ser feliz? Entonces Pacific 33 podría ser tu nuevo hogar.”


Erin me observa con los ojos llorosos llenos de ansia y emoción, mientras yo intento procesar estos 20 años de información. ¿Realzar Pacific 33? ¿Dejar atrás mi rutina? ¿Empezar una nueva vida en el magno paraíso que creó mi abuelo? ¿Renunciar a todo eso que siempre se me hizo creer que era lo correcto? ... ¿Sabes que? Empieza a ser hora de tomar una decisión firme, y tal vez el trabajo y la rutina puedan esperar un tiempo más sin mí. Al fin y al cabo tan solo hay una vida… y ahora es el momento de vivirla ¿Verdad?