dimarts, 28 de juny del 2016

LEYENDAS DE UN YO DEL MAÑANA (Parte 2)

Todo empezó con un ligero tambaleo que, más rápido de lo que los tres exploradores de Caelum habían previsto, se empezó a convertir en un vertiginoso temblor que agitaba con una furia despiadada ese solitario hidrodeslizador. Una pequeña nave que, al lado de ese infinito océano, símbolo de más de mil años de abandono del amado Planeta Azul, se convertía en una diminuta mota de polvo casi imperceptible.

El humor de Daxx se desvanecía a cada desmesurado balanceo que esa salvaje tormenta les regalaba. Los tres aventureros sabían y se recordaban a si mismos constantemente que habían sido entrenados para sobrevivir en un entorno de tales características, pero les ardía sin escrúpulo alguno la dolorosa espina de saber que esto no era una simulación, y cualquier error era motivo para terminar con sus vidas.

Jennet, al mando de la nave, no podía retener las lágrimas procedentes del escozor de sus manos y de su consciencia. Unas lágrimas que, junto a las de su compañero Frigg, se perdían en esas turbulentas e hipnotizantes aguas, movidas por las omnipresentes corrientes y borrascas de ese lugar.

Afortunadamente, la tormenta cesó en poco tiempo. Dejando la espesa capa de nubes flotando sobre sus cabezas, recordándoles que jamás estarán a salvo allí, los chicos tomaron ese instante para recuperar su humor, y soltar toda la tensión de haber sobrevivido a la primera de las trampas mortales que les esperaban en esa odisea.

Frigg, aprovechando esa provisional calma, sacó de su bolsa el incompleto mapa holográfico, que los primeros pioneros en regresar a la Tierra habían perfilado antes de fallecer en sus turbias aguas. El mapa en si no les era demasiado útil; en él solo se podía ver agua y algunas diminutas superficies de roca que debían haber sido antiguos montes y cordilleras. Pero darse cuenta de la verdadera función de ese plano, resultaba escalofriante para los tres exploradores; ya que esta tarea, no era ni más ni menos que mostrarles lo lejos que habían logrado llegar los anteriores visitantes de este lugar, antes de morir.

El caso es que la presión de haber sido enviados aquí para salvar a su colonia de Cealum, les inmunizaba más de lo que creían ante todos los peligros mortales adjuntos en esa travesía; pues si no desaparecían aquí, estaban predestinados a desaparecer en Caelum; junto a todos sus habitantes.

—¿Alguna vez habéis visto una “Batería Epsilo”? —preguntó Daxx, un tanto mareado por el constante balanceo de la nave, cuyo motor permanecía y permanecería apagado hasta fijar un rumbo.

—¡Ya lo creo! —Afirmó Frigg con una cierta pasión, mientras deslizaba la imagen digital del mapa con su pulgar húmedo por la lluvia—. Son depósitos colosales de cuarzo, capaces de almacenar miles de Teravatios de energía. Empezaron a construir estas impresionantes baterías antes de la Gran Emigración del 2914, y los fundadores de Caelum usaron un par de estas para fundar la colonia… .

—Y al parecer se quedaron cortos… —interrumpió Daxx.
—¿Qué? —preguntó Jennet desconcertada por el comentario de su compañero.
—¡Lógico! Si hubiesen usado más de dos “bicharracos” de esos hace 1602 años, hoy no estariamos aquí —respondió Daxx en su habitual tono burlesco, provocando así un silencio sepulcral entre los otros dos aventureros, que se miraron entre ellos hasta que decidieron volver a centrar sus mentes en su única misión, y arrancar los motores.
—Ya, supongo que lo hecho, hecho está… —se respondió Daxx a si mismo, molesto por la falta de respuestas por parte de sus compañeros.

No mucho rato más tarde, la oscuridad de la noche empezó a invadir ese cielo que, a causa del grueso e infinito manto de nubes y niebla, hacía horas que ya estaba oscuro.

Cuando los exploradores descendieron sus miradas hacia el mar, quedaron totalmente atónitos ante la imagen que se proyectaba reluciente en sus incrédulos ojos. Todo el abismo del océano que les rodeaba irradiaba rayos potentes de luz a causa de los millones de “Linkers” que habían sido abandonados en la antigua superficie terrestre. Bellas luces intermitentes que recordaban a los tres humanos el gran error que la humanidad cometió, y que la llevó a esparcirse por toda la galaxia en busca de nuevos lugares donde vivir. Lugares como Caelum.

—¿Cómo algo tan hermoso pudo destruir todo un planeta? —se preguntó Jennet admirando esos focos que convertían el océano en un inmenso zafiro.
—Supongo que sin 10.000 metros de agua por encima, esas malditas ventanas espaciales no debían lucir tanto—. Respondió Daxx.

Sorprendentemente, los tres chicos de Caelum no tardaron en llegar a una zona cuya localización superaba los límites de ese mapa inacabado. Una zona de aguas muy profundas pero a la vez extremadamente quietas. Tanto, que el silencio que generaban ponía los pelos de punta a los tres desventurados humanos.

Las luces del abismo, más relucientes que en previas zonas, se encendían y se apagaban aleatoriamente, formando así una especie de coreografía submarina realmente cautivadora.

—Hasta ahora todo está muy tranquilo —susurró Frigg supersticioso, para no enfadar a los diablos de ese planeta—. Parece incluso mentira que los pioneros jamás llegasen hasta aquí.
—Ya lo creo —dijo Jennet.
—Tal vez llegaron en época de sirenas… —soltó Daxx rompiendo esa aura de misterio que les rodeaba—. Hay que ver el mal genio tienen esas sardinas con brazos.

Entonces, de repente entre las neblinas de esa noche fantasmal, una escalofriante figura del tamaño de un rascacielos apareció en el lejano horizonte. Parecía una estatua gigante de hierro, representando a una especie de ser humano ahogándose en ese profundo océano. Aunque sin embargo, sus rasgos faciales no correspondían a los de una persona normal.

El detector de vatios de Frigg se activó, detectando dentro de esa figura medio hundida una deseada “Batería Epsilo”. Así que, ignorando el pavor que esa colosal estatua les provocaba, decidieron desembarcar y trepar con cuerdas la estatua guiados solamente por el constante pitido del detector de vatios.

—¡Menudo hombretón! —bromeó Daxx, tras alcanzar la cima de la cabeza de la figura—. Un poco feo, el pobre, pero las horas de gimnasio no se las quita nadie —dijo de nuevo, refiriéndose a la estatua.

De la mochila de provisiones de Jennet sacaron tres nuevas cuerdas, que usaron para descender, como bien indicaba el artilugio de Frigg, por la cavidad bucal de la fría estatua de hierro medio oxidado.

—¡O dios! decidme que nos vacunaron del Tétanos —gimió Daxx, rompiendo el silencio que les acompañaba durante ese infinito descenso.

La oscuridad les envolvía inevitablemente, aun llevar varias linternas equipadas en sus trajes de exploración. El eco de las palabras de Daxx, sonaba y resonaba incansable, y las múltiples piedrecitas que Jennet arrojaba al abismo de esa metálica laringe, jamás tocaban fondo. Hasta que, tras media hora de lenta caída, una cálida luz apareció en el presunto final de esa caverna.

—¡La Batería! —exclamó Frigg emocionado.

Soltaron las cuerdas al llegar al suelo, y contemplaron con admiración ese enorme depósito de cuarzo y hormigón, origen de esos deslumbrantes rayos de luz que iluminaban los alrededores de esa tenebrosa fosa.

Antes de que Jennet comprimiese dicho artefacto con su “Reductor Atómico”, Daxx encontró en una de las esquinas una misteriosa inscripción grabada a cuchillo en esa superficie de cuarzo pulido. Los tres aventureros de Caelum empezaron a leer, totalmente dominados por la curiosidad:

La fiebre de los Linkers están llegando demasiado lejos. Lo que empezó siendo un sistema útil se ha convertido en nuestra perdición. La gente ya no se conforma con tener su propio universo independiente. Ahora se dedican a invadir Universos ajenos en busca de dinero y diversión. Y cómo todo, esto nos pasa factura.

Estamos clausurando cientos de Linkers, que son aprovechados por criaturas de otros mundos que buscan venganza contra los humanos. Pero estas criaturas nos superan en número y sobretodo en tamaño. Son monstruos inmensos, duros y fríos, que se alimentan de electricidad. En poco tiempo ya no les podremos contener en sus mundos, y entonces será el fin. Se zampan sin escrúpulos a los robots del exterior con sus mandíbulas de acero; les encanta devorar las Baterías Epsilo; y sobretodo, les apasiona engullir humanos estúpidos.

Profesor Marcus Higginton, 4177.

AÑO 2880
La vida era dura para un robot cómo Blip. Los abusivos trabajos en la mina y la falta de comprensión por parte de los ambiciosos humanos, les convertían en verdaderos esclavos sin más objetivo en la existencia, que picar y picar hasta ser consumidos por el tiempo, y con suerte, ser fundidos en un gran horno tras 150 años de trabajo. Ser fundidos para convertirse en una tostadora, un microondas o en la tapa del trasero de un nuevo androide, listo para 150 años de trabajo e incomprensión.
La existencia de sentimientos en esas criaturas de acero no era un misterio ya, aunque por egoístas razones humanas, este factor era completamente ignorado, y nadie se mostraba en contra de dicha ignorancia.
“Las máquinas solo sirven para facilitar la vida al hombre”, o “Un robot que interfiera en la vida de un humano por voluntad propia, no es un robot apto para existir en nuestra sociedad” eran algunas de las oraciones que definían y determinaban la vida en esos tan brillantes años de progreso humano y prosperidad.

Blip conocía perfectamente el mundo en que vivía aún tener tan solo 3 años terrestres. Las condiciones en las que trabajaba junto a otros de su especie convertían su rutina en un infierno que soportar para mantenerse vivo obedeciendo a las estrictas órdenes y tareas del Emperador.

El Emperador no era ni más ni menos que el gobernante de la nación de Boltenia. Unas tierras de corrupción tan plagadas de humanos partidarios al régimen del emperador, cómo de minas de cuarzo, que dichas personas usaban para construir grandes depósitos de energía para “mover el planeta a su voluntad”. Olvidándose y marginando completamente el triste mundo de los robots, que desde hacía años se habían convertido en el único verdadero motor de la Tierra.

Como todas las mañanas, Blip se presentaba en la corte del Emperador junto a cientos de esclavos robóticos, donde recibía las instrucciones para su trabajo rutinario. A continuación los guardianes del ejército del emperador, unos hombres equipados con tecnológicas armaduras y todo tipo de armas eléctricas, les forzaban a punta de cañón, a cruzar distintos Linkers cuyas destinaciones eran todo tipo de minas y canteras de cuarzo. Concretamente para el pequeño Blip, una enorme y árida excavación perdida en medio de un infinito desierto de arena y grava.

Cuando Blip agarraba con sus manos de chapa blanca ese pico que por poco le superaba en tamaño, andaba varios metros de desierto en busca de una zona alejada de los demás androides que, con fuerza golpeaban las rocas en busca de pequeñas porciones del preciado cuarzo, que en esa sociedad, se había convertido en un prestigioso mineral. El caso es que, a medida que Blip andaba solitario en busca de una piedra que con su escasa fuerza pudiese romper, más llamaba la atención de los modernísimos sistemas de vigilancia de ese sofocante Linker. Y esto le hacía un robot diferente de los demás, ya que a pesar de su inocente pequeñez y obediencia, por algún motivo desconocido, se convertía en un sujeto al que controlar constantemente durante su eterna jornada laboral.

Su efímero tamaño daba a conocer que su verdadera labor jamás tuvo que ser la minería, pues Blip había sido originalmente diseñado para realizar tareas domésticas en las casas de los compradores de Boltenia. Pero fue un pequeño error de fabricación lo que lo llevó a ser rechazado del mundo del hogar y ser acogido en el único lugar en el que todo androide podía pertenecer. En el sucio universo de la minería y la excavación.

A menudo, Blip se tomaba unos pequeños descansos para lubricar con aceite sus diminutos engranajes, mientras que, con tristeza y nostalgia contemplaba el blanco y vacío cielo de ese lugar, en el que destacaba una enorme lente luminosa que enfocaba con la mirada cada movimiento que el robot llevaba a cabo. Blip era consciente de que esa colosal lente integrada en el mismo cielo no era más que otra de las decenas de cámaras de vigilancia que le acechaban sin descanso, pero aun saberlo, a Blip le reconfortaba saber que había alguien más con él, que silenciosamente le hacía compañía.

A causa de su pequeño defecto de fabricación, en escasas ocasiones, el androide tenía que ser atendido por algún mecánico de la corte del emperador, quien, con desgana le solía reemplazar varias piezas experimentando sin piedad ni ética, con los múltiples mecanismos del robot, en busca de una cura definitiva para su problema. Cosa que al pequeño androide le provocaba pánico.

Pero, aprovechando sus cortas épocas de baja, Blip dejaba que sus orígenes en el mundo urbano se apoderasen de sus actos, y en secreto, se fugaba a la ciudad en busca de aprendizaje y observación del mundo de los humanos. Cosa que al Emperador no le hubiese hecho ninguna gracia descubrir; ya que cuantas más visitas hacía Blip a la ciudad, más cerca se encontraba de darse cuenta de cómo de vulnerables eran los humanos al poder de sus apreciados Linkers.

Blip veía lo que esos portales dimensionales eran capaces de hacer por las personas; pero también todos los accidentes y desgracias que provocaba la falta de control del hombre sobre esas puertas espaciales. Gente que quedaba atrapada por descuido en universos de pesadilla; personas cuyos propios Linkers averiados, les absorbían llevándolas a la muerte; e incluso peleas entre la gente por el dominio de un universo concreto. Una falta de control que los robots no sufrían, pues su inorgánica anatomía les protegía de tales accidentes. Blip no se dio cuenta aún, pero estaba descubriendo que la verdadera solución a su esclavitud, era el mismo invento que había llevado al mundo de los humanos hasta esos días de prosperidad y expansión.

No fue hasta que Blip fue descubierto en la ciudad y castigado por el Emperador a diez semanas de trabajo sin reposo, que el pequeño robot empezó a reflexionar si de verdad quería terminar con ese opresivo sistema que no reconocía la libertad de los nuevos habitantes de la Tierra. Llegando a la conclusión de que tal vez esa era la mejor decisión que podía tomar.

Desde ese instante, Blip empezó a trabajar junto a los otros robots de la cantera, solamente para convencerlos de su plan, y explicarles el poder de control sobre los Linkers, que ellos poseían y los humanos no.

Fue así cómo tras unas semanas más de abusos, todos los robots mineros de la nación reunieron el suficiente valor para que, en el momento de ser forzados a entrar en su mundo de trabajo, estos se resistiesen ante la opresión de los guardias, y lograsen arrastrarles hasta cruzar los Linkers, donde quedarían encerrados para siempre.

Fue así cómo poco a poco, Blip y su ejército tomaron el control de Boltenia, y empezaron a producir y comercializar miles y miles de portales dimensionales por todo el planeta, con el fin de permitir a los robots de todas las naciones alzarse contra la raza humana, y así convertir la Tierra en un lugar solo apto para robots.

AÑO 2208

Cuando Ámber despertó, los científicos del laboratorio se le abalanzaron como leones hambrientos de las respuestas que solo la chica les podía dar.

Ella, se miró las manos y sonrió con euforia al darse cuenta que había sobrevivido al temido experimento; pero su sonrisa se desvaneció y se convirtió en un súbito escalofrío, cuando en su frágil mente regresaron todos los recuerdos sobre su viaje, y el terrible futuro que le espera a la humanidad.

—Cuéntame Ámber —dijo el Doctor Byron mientras se le acercaba lentamente cogiéndole la mano con calidez—. Cuéntame lo que has visto en tu viaje al futuro.

Ámber, conteniendo sus fuertes ganas de llorar, tragó saliva y soltó con voz temblorosa:

—¡Nada! No he visto nada. El experimento no ha funcionado.



dilluns, 30 de maig del 2016

LEYENDAS DE UN YO DEL MAÑANA (Parte 1)

Cuando Ámber fue finalmente seleccionada para el experimento, esa barrera que separaba la fortuna, del verdadero terror se volvió casi indistinguible. Le mantenía la moral alzada recordar constantemente la gran cifra de dinero que se filtraba en la cuenta de su miserable familia, cada segundo que ella permanecía en esa sala de espera; tan sola. Rodeada por ese frío y amenazador blanco de la clínica. Distraída en sus propios pensamientos que, esa misma tarde, por poco probable que pareciera, podían ser los últimos de su vida.

No era esta la primera vez que un ser humano iba a viajar a través del tiempo, pero la verdad, para qué engañarse, jamás nadie había vuelto. Si a una cosa se aferraba la joven, ésta era la plena confianza que tenía en la gente con quien trabajaba en ese proyecto. Se negaba a pensar que esos individuos de tan cálidas y acogedoras sonrisas, podrían convertirse en sus asesinos.

Cuando empezó el experimento, su aparente serenidad inicial empezó a desvanecerse a medida que le cortaban sus largos cabellos rojizos hasta poco más de sus frías orejas. Sus ojos azules lagrimosos mostraban un gran arrepentimiento por todas esas cosas que había decidido renunciar esas últimas semanas, y que tal vez renunciaría para siempre. Pero ese puñado de científicos ignoraban cualquier tipo de elemento sentimental que pudiese interferir en el experimento. Por muy duro que se les hiciese.

Minutos más tarde, tras inyectarle todo tipo de sustancias y envolver su cráneo con un extraño casco de cromo y infinitas capas de polímeros distintos. El Doctor Byron se acercó a Ámber y le explicó brevemente el funcionamiento del experimento, ya que el propósito estaba más que claro. No iba a ser un viaje al futuro cómo muchos entendían dicho concepto. El cuerpo físico de la chica jamás iba a abandonar el presente; solo su conciencia. “Su espíritu”, aclaraba el doctor en palabras probablemente más cercanas y acogedoras. Ámber sería la primera “espectadora del futuro”. Es decir, su presencia allí, donde sea que se pueda definir como “allí”, no alteraría ni influiría a nada ni a nadie. Solo se limitaría a observar. Esas fueron las últimas palabras que la joven pudo escuchar antes de desaparecer para adentrarse en el lugar más desconocido del universo; antes de partir hacia los días que aún están por llegar.

AÑO 3006

Asombrado por los colosales edificios de cristal que se alzaban ante sus ojos, el profesor Arthur J.Larrick se encontraba en un estado que rozaba desde el más frío desconocimiento hasta la más irritante curiosidad. Sonreía al mismo tiempo que una dolorosa presión se apoderaba de su estómago, al preguntarse a si mismo si realmente había viajado al futuro, o por lo contrario, había muerto en el intento. Se frotaba sus ojos una y otra vez hasta complacer su necesidad de sentirse integrado en esa realidad, por muy surrealista que pareciese. Toda su vida tal y como la conocía había quedado atrás, muy atrás. Su familia, sus compañeros, su dulce hogar e incluso el encargado de la funeraria contratado para recoger sus restos si el experimento fracasaba; todos ellos seguían allí, en 1912.

Larrick no se podía creer su propio logro. Haber creado una escalera cuyos peldaños eran los siglos no era algo que se pudiese tomar a la ligera. Pero antes de preocuparse por gestionar su orgullo, necesitaba comprender ese lugar que él seguía llamando “la Tierra”, aunque sin embargo, presentaba un entorno tan nuevo y desconocido, que se percibía como si de otro planeta lejano se tratase.

Los escasos e indistinguibles fragmentos de un cielo blanco totalmente vacío se escurrían entre centenares de extravagantes edificaciones de formas retorcidas y antinaturales. No había Sol ni nubes; ni siquiera corriente de aire. Toda la luz que hacía relucir ese magno lugar procedía del mismo vacío que rodeaba la vista perdida del profesor. Todo era como una burbuja infinita rellenada con los más intrigantes secretos de una lejana y astronómica ciencia. Un lugar de ficción, cuyas leyes y propiedades se escapaban completamente de los limitados conocimientos de Larrick. Todo era igual que  ese sueño del futuro que todos perseguimos durante nuestra infancia, pero jamás logramos alcanzar.

Tras separar sus ojos de ese vacío omnipresente, estos se dirigieron directamente hacia lo que parecían ser las calles de ese lugar. Habitadas única y sorprendentemente por fríos androides de exoesqueletos tan blancos y puros como el mismo cielo de ese enigmático mundo. “Hombres de metal”, se repetía sin freno el profesor, patidifuso ante esa desfilada de seres mecánicos, de características y comportamientos tan humanos como perturbadores.

Larrick no tardó en comprender que su presencia allí se había convertido en el objetivo de todas las insensibles miradas de esos metálicos ciudadanos. Su instinto de supervivencia, adormecido después de 30 años de paz encerrado en su taller, se despertó tan súbitamente que el profesor solo pudo pensar en correr. Y eso  hizo; corrió por su vida sin darse cuenta que su falta de conocimiento sobre ese lugar se iba a convertir en su perdición.

A medida que el profesor avanzaba por esas infinitas calles, rodeado de extrañas construcciones incomprensibles, ese lugar se iba convirtiendo en un profundo y retorcido laberinto. Los caminos se dividían y multiplicaban a cada paso que Larrick realizaba en ese territorio. Había calles en todas direcciones, sentidos y dimensiones. Caminos hacía lo ancho, lo largo, lo profundo, e incluso hacía orientaciones hipercúbicas que Larrick no lograba asimilar en su frágil y primitiva mente. En poco tiempo se empezó a dar cuenta que ya no corría por temor; sino por curiosidad.

Saber volver a casa ya no era una preocupación para él. Todos los cabos ya estaban más que atados en 1912. Larrick se recordaba a si mismo sin remordimiento alguno que toda su vida había estado dedicada exclusivamente a descubrir ese misterioso lugar, ignorando qué precio debería pagar para lograrlo. Él, agotado y contemplando la diversidad de caminos que se abrían como ventanas ante su mirada, se sentó en una esquina para recuperar su aliento, ya perdido en la soñada atmósfera del futuro.

De repente, una singular luz descendió de ese imperceptible cielo, y aterrizó en una avenida cercana al paradero del profesor. Este, olvidándose al instante de la gran fatiga que arrastraba, se levantó de un fuerte impulso para alcanzar ese misterioso resplandor, cuando de repente, una voz empezó a sonar dentro de su aturdida cabeza.

—Créeme si te digo que te arrepentirás de acercarte a ese “Linker”.
—¡Por el amor de Dios! ¿Quien eres? ¿Y qué demonios es un “Linker”? —preguntó el profesor, mientras un frío sudor le empapaba la cara.
—Ven conmigo, te voy a mostrar la respuesta a todas tus preguntas —sugirió la voz fríamente sin presentación alguna. Larrick, terriblemente confuso, no podía responder a esa entidad; ni siquiera podía moverse. Así que sin ninguna oposición ni resistencia, en cuestión de segundos fue recogido por un vehículo esférico que se materializó allí mismo, delante de sus incrédulos ojos, preparado para llevarle volando hacia su inesperado anfitrión.

Lo que Arthur J.Larrick vio durante ese trayecto destruyó todos y cada uno de sus 30 años de estudios. Por muy increíble que pareciese, el cielo se estaba abriendo literalmente para permitir al singular carruaje flotante cruzar diferentes zonas espaciales; cada una más sorprendente que la anterior. Y así continuó hasta que, por sorpresa para el viajero, el extravagante vehículo se adentró en una oscura región, cuyo contenido resultaba totalmente invisible entre las tinieblas.

Aparecieron de repente en la negrura de ese espacio unas extrañas estructuras cúbicas flotantes de metal y tiras de neón que a cuanto más cerca Larrick se encontraba de ellas, más colosales e implacables se mostraban. Pero el carruaje no se detuvo ante la presencia de esas figuras, que levitaban en ese océano de penumbras cósmicas. El vehículo, con un giro seco, se filtró por unas oscuras galerías ocultas en la superficie de la estructura, revelando en poco tiempo una gran ciudad albergada en su nocturno interior.

El vehículo aterrizó silenciosamente en el hangar próximo a un gran edificio cilíndrico de cristal, donde esperaba de pie un pequeño androide acompañado de un par de guardaespaldas mecánicos que le doblaban en tamaño.

—Bienvenido al futuro, Profesor Larrick —dijo el pequeño robot, equipado con un peculiar sombrero de copa, y con una potente pero refinada voz, que dejó al humano totalmente boquiabierto—. Mi nombre es Grablayn, director supremo de Thursdayland, y te he traído aquí para enseñarte el inevitable destino del planeta Tierra.

Larrick, sin saber cómo manifestar esa bomba de fascinación que había detonado en su interior al oír al autómata hablar, cosa que resultaba impensable en su verdadera época, encajó su mano temblorosa con la del robot para mantener esa ficticia cordialidad entre hombre y máquina, que tanta euforia le causaba.

—Por qué no hay humanos aquí? —preguntó el profesor, con voz apagada por la agitación del momento.
—Si que hay humanos; gran parte de la humanidad se encuentra aquí, encerrada en estos rascacielos de cristal del Complejo de Thursdayland. Les mantenemos bien distraídos durante sus centenarias vidas.
—Habéis secuestrado a los humanos… —intentó deducir el profesor.
—En realidad les hemos salvado de ellos mismos —respondió Grablayn en un enigmático y escalofriante tono—. Verás, ya hace años que nos dimos cuenta que este mundo no pertenece a los humanos; ni siquiera a los robots como nosotros. Me explico, el progreso científico de los humanos creció hasta puntos que hubiese valido la pena jamás alcanzarlos. Esa ansia de prosperidad y conocimiento causó infinidades de beneficios sociales desde la mismísima aparición del hombre, pero el abuso de poder lo llevó a querer controlar lo que jamás debe ser controlado: la realidad.

A lo largo de la historia hubieron guerras, invasiones, contaminaciones absolutas del globo; hasta que llegó el descubrimiento definitivo que podía cambiar esa vida que todos conocíamos: Los “Linkers”, conocidos también como los portales hacia el más allá. Verdaderas entradas hacía dimensiones infinitas, cuyas propiedades y leyes se adaptaban y moldeaban al gusto de su consumidor. Un próspero negocio que convirtió nuestro bello planeta en un auténtica red pseudo-informática. Plagada de enlaces hacia mundos que llegan desde los más incoherentes lugares hasta los más oscuros y enfermizos sueños de perturbados psicópatas.
—Que les habéis hecho a los humanos? —preguntó Larrick de nuevo, sin comprender la larga narración del androide.
—La venta y uso de los Linkers se les fue de las manos de tal modo que, hasta resultaba imposible desplazarse por esas calles sin terminar atrapado por accidente en el laberinto de mundos alternativos de los millones de usuarios de ese sistema. Esa luz que viste en la avenida era un Linker malicioso; empleados para atrapar a los más ingenuos en horribles dimensiones de pesadilla —aclaró el robot—. El caso es que con el paso de los años, no había evolución alguna que salvase a los humanos de su propia invención. Y solo los androides podíamos sobrevivir en ese entorno multidimensional. Así que construimos varios recintos como Thursdayland, libres de portales para refugiar a la humanidad, mientras las calles poco a poco se volvieron nuestras. ¡Allí fuera, Larrick, no sobrevivirías ni un solo día! —resumió Grablayn al percibir la visible falta de entendimiento del humano—. Y ya empieza a ser hora de que te reencuentres con los tuyos.

Larrick y los tres autómatas entraron en el gran rascacielos de cristal; y allí estaban. Centenares de personas humanas distribuidas por las muchas y extensas plantas del edificio. Personas aferradas a enormes computadoras que, a los ojos del profesor, se convertían en auténticos artefactos de ciencia ficción. Humanos totalmente deshumanizados, reposando en aparatosos sillones equipados con tubos y depósitos por todos sus lados, cantos e incluso por sus ocultos interiores.

—Así no hacen daño a nadie —añadió el anfitrión, frotándose sus inorgánicas manos con satisfacción—. Sus vidas ya no se encuentran en este mundo. Ahora viven y vivirán felices para siempre en una recreación virtual de la realidad. Le llamamos “Elypsis 2.0”; un lugar donde por fin pueden destruir todo lo que quieran sin temor alguno. Y además, todas sus necesidades están completamente cubiertas por sus confortables asientos subministradores.

Larrick, asombrado y a la vez aterrado por esa horrible imagen de degradación humana, alzó sus manos, aún temblorosas, y se agarró la cabeza con desconcierto.

—Tal vez tú también quieras probar y conocer a Elypsis...— sugirió el robot con una mecánica sonrisa.

Desde ese preciso instante, nadie volvió a saber nada más del profesor Larrick, el primer viajero del tiempo. Algunas malas voces cuentan que rechazó la oferta de Grablayn, pero jamás supo volver a su hogar, en 1912. Otras voces más siniestras cuentan una versión mucho más oscura que la anterior, tan oscura como los mismísimos secretos de Thursdayland, y de todo el futuro que se esconde tras la terrible distopía  del 3000.

AÑO 4516

—Más que “la Tierra” debería llamarse “el Agua” —bromeaba Daxx, al observar ese océano infinito que una vez fue la hermosa y acogedora Tierra; llena de historias y misterios por resolver que, al parecer, jamás llegaron a ser resueltos.
—Por qué no nos ayudas a preparar el “hidrodeslizador” y te dejas de estupideces —protestó Jennet, molesta por la falta de seriedad y colaboración de su compañero.
—¡Claro que sí, preciosa! —respondió Daxx en un tono ridículamente varonil, mientras se cargaba su pesada mochila de expedición en la espalda.

Daxx, Jennet y el doctor Frigg, a pesar de su escasa experiencia en exploración espacial, fueron enviados para regresar a la Tierra después de más de 1000 años de abandono, en busca de antiguas fuentes de energía que serían usadas para alimentar su decadente colonia de “Caelum”. Los previos estudios les habían advertido del estado en que se encontraba ese antiguo mundo humano, pero jamás nadie había imaginado tal grado de desolación.

—¡Dios mio! —exclamó el doctor Frigg, al salir de la cabina de control de la aeronave y contemplar por primera vez esa lisa y fantasmal superficie de agua que cubría y componía cada uno de los centímetros que formaban ese infernal paisaje.
—Parece que el tipo que decidió llamarle “El Planeta Azul” ya había estado aquí antes —seguía bromeando Daxx, mientras ayudaba a cargar las provisiones en el vehículo que permitiría a los tres exploradores de Caelum re-descubrir el ya caído planeta que, por poco creíble que pareciese, miles de años atrás fue el origen de la humanidad.

No tardaron en soltar el hidrodeslizador de la plataforma de la gran nave que les había llevado hasta aquí. El impacto del vehículo al precipitarse contra la superficie rompió por completo la serenidad de esas aguas silenciosas y terroríficas.

Jennet fue la primera en bajar de la nave para dejarse caer en el piso del hidrodeslizador; un vehículo acuático diseñado por los más prestigiosos ingenieros de su colonia, preparado para navegar colosales distancias a gran velocidad. O algo así tenían entendido los tres desventurados exploradores, que jamás hubiesen imaginado la odisea que les aguardaba una vez se adentrasen en ese océano maldito.

—¡Ya conocéis las instrucciones! —quiso dejar claro Frigg, coronado ya como el líder de la expedición.
—Creo que los de la agencia nos las repitieron suficientes veces —se burló Daxx.
—Sorpréndenos —Desafió Jennet con astucia.
—Si, claro, número uno… No separarse de… número dos… eh… —intentó responder Daxx sin éxito.

Sus compañeros rápidamente le miraron con unas disimuladas pero reconfortantes sonrisas, que tanto necesitaban en esa aventura. Tal vez eran esas sonrisas el elemento fundamental para ese viaje que la agencia de Caelum jamás añadió en sus inventarios.

Pero por infortunio para los tripulantes del hidrodeslizador, esas sonrisas rápidamente fueron desvanecidas al mismo tiempo que una gran nube gris se apoderó de ese cielo azul pálido, y con ella una demoníaca tormenta eléctrica.

—Lección 85 del manual de supervivencia en la Tierra —soltó Daxx de repente ante la horrible imagen de la cercana tempestad que en breves les alcanzaría—. Jamás jamás, nadie ha regresado al Planeta Azul y ha vuelto para contarlo.

CONTINUARÁ




dissabte, 23 d’abril del 2016

CRÒNIQUES D'UNA ÚLTIMA NIT

Només em cal baixar del cotxe per adonar-me que tot el que m'han ensenyat sobre la vida nocturna als barris baixos de la ciutat, possiblement no em servirà de res ara. Cadascun dels estrets carrers que m'envolten i infesten la meva vista de «graffitis» i de cartells de neó llampant, em fan pensar que qualsevol passa que faci aquí podria ser l'última.

Fa anys que la policia, per varis esdeveniments que desconec, va deixar de controlar aquestes terres, i d'ençà que la vigilància aquí és inexistent, aquest lloc s'ha convertit en el cau de tota aquella gent que la societat no ha volgut acceptar ni acceptarà. Gent amb codis ètics completament diferents dels nostres, o si més no, bastant peculiars.

El que aquest matí era un lleu plugim de gotes fines ara és un autèntic xàfec, i per molta pressa que tingui, conduir ara mateix es raó de preuar poc aquesta vida que posseeixo, i que s'enfosqueix a mesura que m'endinso en les profunditats d'aquests suburbis.

Dominat per l'ànsia d'aconseguir aixopluc i atret per un cartell incrustat a un edifici de maons humits que, a simple vista, no destaca pas entre els altres pisos del carrer, entro en una taverna pudent i mal il·luminada, buscant un lloc on esperar a que la pluja s'esvaeixi i em permeti continuar la meva odissea cap a una nova i pròspera vida a Nova Jersey.

Tan sols entrant al local, un grapat de cables de coure pelats enganxats amb cinta adhesiva a través de les quatre parets, em permeten fer-me una idea de quin tipus de bar és aquest. El propietari, un home gras i bigotut, fregant amb un drap brut un plat esquerdat a l'altra banda de la barra, em veu i em rep amb una agradable esputació que va a parar al terra i ve acompanyada d'un «Què vols?». «Un got d'aigua, si us plau» responc amb cortesia. «No tinc aigua» diu ell mentre es prepara el pròxim projectil a la seva gola. «Pot ser de l'aixeta, no tinc manies» dic mantenint la serenitat. L'home em mira durant uns breus, però incòmodes segons, i es gira en direcció a l'aixeta per omplir un got de plàstic ple d'enganxines fastigoses ja mig arrencades. Quan el fluix d'aigua comença a rajar i es precipita al got, deixo anar una ganyota de desaprovació al veure com juntament amb al líquid transparent, tot de partícules de rovell, de calç, i d'altres coses que prefereixo no conèixer, s'hi barregen al recipient. L'home es torna a girar amb un gest brusc, deixant anar una espècie de gemec silenciós, que més tard m'adono que és una cançó. Seguidament em serveix el got.

Camino amb el got entre les mans esquivant totes les cadires del local i buscant la taula més arraconada que puc trobar. Un cop m'acomodo al meu seient tort de fusta, em dedico a escoltar la pluja torrencial acompanyada de les desagradables cantarelles del propietari, mentre observo amb rebuig tots els detalls més escandalosos d'aquest establiment. El terra de parquet gris descuidat, que em recorda a l'estoreta de l'entrada de casa meva; els tubs fluorescents penjats del sostre amb cadenetes, que il·luminen les bafarades de fum blanquinós procedents del cigar d'un client a l'altra banda del bar, que llegeix un diari d'esports; i els «ramats» de mosques que giravolten al voltant del cap d'un segon i últim client, que dorm tres taules més enllà de mi, sota la atenta supervisió d'una ampolla de cervesa quasi plena, i cinc més ja buides.

M'aixeco trasbalsat i segueixo les indicacions que suposadament em portaran al lavabo del local. Arribo a un corredor curt amb una porta tancada al final. El terra de rajoles beix està mullat, i per un instant dubto entre si està recent fregat, o exageradament impregnat de gargalls repugnants com els del propietari. Una forta olor a pi que contrasta amb la barroera atmosfera de la taverna, em permet deixar anar un sospir d'alleujament.

Descarrego tot el que puc i més, garantint així un viatge molt més còmode. La pluja que impacta i es filtra a través del marc de la finestra d'aquest lavabo em fa adonar que la meva estància en aquest local de mala-mort s'haurà de prolongar més del previst.

Agafo la cadena platejada i rovellada que penja del meu costat i l'estiro amb força per deixar que l'aigua s'endugui els rebuigs; però aquesta queda totalment encallada, i la meva estrebada es talla en sec. M'enfilo a la tassa del vàter, evidentment tancada, per trobar la causa d'aquest fet, i, tot i que estic preparat mentalment per trobar-me qualsevol cosa aquí dalt, i més en un lloc com aquest, no puc evitar sorprendre'm al veure un paper doblegat varies vegades, travessat entre la cisterna del vàter i la palanca metàl·lica de la cadena. Arrenco encuriosit el paperot de la cisterna i, un fort calfred ressona a través de la meva columna al veure una ditada de sang fresca a l'altra banda del paper. L'obro maldestrement i observo una llarga llista del que semblen ser noms de persones, dels quals dotze de disset noms estan tatxats. La sang se'm gela en el moment en que la meva ment comença a afusellar-me amb teories sobre l'estrany significat d'aquest paper i el seu origen.

Assegut a la taula contemplant cadascun dels noms gravats a la làmina de paper, m'adono que el propietari gras del local ja no es troba on havia estat des de que jo havia arribat. La seva veu greu ve d'una porta situada just al final de la barra; crec que està parlant per telèfon, tot i que no aconsegueixo captar cap missatge de la suposada conversa.

Em capbusso de nou en els meus pensaments relacionats amb la nota misteriosa del lavabo; i no és fins que algú obre la porta de fusta del local, que no aixeco els ulls de la ditada sagnant del paper. Un grup de quatre joves, de pentinats escandalosos, completament tatuats amb apocalíptiques il·lustracions, i unes horribles cares de mal humor, es reuneixen a la barra del local amb l'home gras del bigoti. No demanen res; es limiten a seure i contemplar les estanteries plenes d'ampolles, coberts i altres dispositius que mai havia vist. Em guardo la nota a la butxaca dels texans que em van regalar per Nadal, i aprofito la misteriosa quietud d'aquests individus per observar els seus sinistres perfils. Alguna cosa em diu que res de bo està a punt de passar.

I no m'equivoco pas. Quan el propietari es creua amb els joves a través de la barra, un d'ells, un paio prim d'aparença cadavèrica i cabells tenyits de morat fosc, agafa a l'home gras del braç amb una força sorprenent, fent brindar les múltiples cadenes que pengen de la seva extravagant vestimenta; i a continuació, li xiuxiueja unes paraules a cau d'orella. El propietari es posa pàl·lid, i com si la seva vida depengués d'això, m'assenyala a mi amb el dit, canviant totalment les fredes mirades dels seus clients. M'adono que les coses van malament en el precís instant en que l'home del diari desenganxa els seus ulls dels llistats de gols de la lliga local.

Els quatre diables s'aixequen dels tamborets i comencen a caminar cap a mi deixant anar un desagradable rastre d'horror al seu darrere. L'home del cabell morat se'm planta al davant i em treu una enorme navalla dels seus pantalons plens de punxes de metall. Jo, sense saber com reaccionar davant d'aquesta situació, deixo que el pànic controli els meus actes, així que agafo el got d'aigua i amb una forta empenta, faig caure la pesada taula de fusta just als peus del paio de la navalla. Aquest, en adonar-se'n, deixa anar un crit agònic.

Salto per damunt de la taula del meu costat i aboco l'aigua del got de plàstic al cap de l'home que dormia. Aquest, es desperta fet una autèntica fera i arreplega a dos dels agressors que em perseguien, llançant-los contra la seva taula i colpejant-los al cap salvatgement amb les ampolles de cervesa buides, que rebenten amb els impactes.

Corro cap a la sortida esquivant de nou les taules i les cadires del local, però el quart individu; un noi més corpulent que els altres i molt més tatuat, m'agafa del cap per no deixar-me fugir; però sobtadament, el paio que llegia el diari se li llança al damunt apagant-li el cigar ardent al coll, i permetent-me fugir salvant-me la vida.

Just al creuar la porta del bar, el so de tres trets ferotges ressonen per tot el carrer. I a continuació, un silenci sepulcral s'apodera de l'ambient. Ja només se sent la pluja.

Corro per la meva vida creuant desenes i desenes de carrerons estrets sota aquesta tempesta incansable. M'asseguro que el paper misteriós segueix dipositat a la meva butxaca, i és llavors quan em permeto reflexionar si aquesta nota és la causant dels esdeveniments anteriors. No estic segur, però totes les probabilitats assenyalen a un si.

Arribo a un carrer molt més ample que els altres, però tot i això, no hi ha ni una sola ànima vagant per allà. Amb la tempesta que cau ara mateix, tothom està a casa seva. Estic convençut que la persecució d'aquells individus no ha conclòs a la taverna, així que m'obligo a afanyar-me per trobar una escapatòria. I per un instant, arribo a creure que la sort està del meu costat, ja que a l'altre banda d'aquesta rua, plena de faroles i edificis degradats, hi resideix una cabina de telèfon solitària. Una cabina de telèfon que em podria treure de l'embolic en que m'he ficat.

Entro a la cabina obrint la porta oxidada amb força, i marco tan depresa com puc el telèfon de la policia del districte, creuant els dits perquè, tot i la manca de supervisió policial d'aquesta zona, em puguin vindre a salvar.

En el moment exacte en que una veu a l'altra banda del telèfon entra en acció, jo començo a recitar tot el que ha passat sense parar ni per respirar. A continuació, dic amb veu tremolosa el nom del carrer on em trobo, el qual puc llegir a través del vidre brut de la cabina, i llavors... Llavors totes les faroles de la rua s'apaguen alhora; i juntament amb les faroles, la cabina de telèfon solitària on em trobo.

Quatre ombres esgarrifoses es projecten als quatre costats de la cabina, i, a poc a poc, s'aproximen a mi. Jo, totalment desprevingut i aterrat per la seva presència, col·loco el telèfon al pany de la cabina bloquejant-lo; i quan els quatre diables estan tan a prop dels vidres que fins i tot puc apreciar la cremada del cigar al coll del més forçut, comencen a colpejar la superfície de la cabina amb els punys tancats marcant una mena de ritme amenaçador, com si d'una espècie de ritual macabra es tractés. I llavors, paren en sec. L'individu del cabell morat es despenja unes tenalles immenses de l'esquena, que puc deduir que són les que ha utilitzat per tallar la corrent del carrer, i comença a colpejar el vidre, però aquest cop deixant de banda ritmes i rituals; amb l'únic objectiu d'atrapar-me.

I de sobte, com per art de la més poderosa sort, un cotxe patrulla apareix del no res i els agressors es veuen obligats a fugir. Jo els apunto amb el dit del mig mentre les seves siluetes s'esvaeixen entre la foscor del carrer i a continuació destenso tots els músculs sabent que ja estic salvat.

La comissaria no és massa gran, però després d'haver estat tancat a una cabina de telèfon, em resulta tan espaiosa com acollidora. Quan el comissari Claws entra a la cambra on em trobo, després d'haver estudiat el meu cas, li ofereixo el perseguit paper doblegat i li dic: «Això és el que buscaven aquells individus». Ell, es frega els ulls amb els polzes i obre la nota, llegint el seu contingut. Seguidament em mira i diu: «Jove, el que has trobat no és una simple anotació. Nosaltres, la policia, portàvem anys buscant-la. Ens has salvat». Encuriosit pregunto: «Puc saber que signifiquen els noms escrits?». «Aquests disset noms son els noms de les persones les quals la policia del districte vam ser acusats d'haver assassinat». «I que signifiquen llavors els noms tatxats?» pregunto encara més encuriosit. El comissari somriu i respon: «Els dotze noms tatxats son els que realment vam assassinar i per això, vam haver de deixar el districte. Un periodista la va trobar i la va amagar allà on tu l'has trobat. Per sort ja ens vam encarregar d'ell...». Ràpidament, un calfred s'apodera de mi.

I de sobte, d'uns altaveus repartits per tota la cambra, torna a sonar aquell ritme infernal i macabra que tant havia temut dins de la cabina de telèfon. El comissari riu malèficament i jo, aterrat, no sé com reaccionar. Llavors la porta de la cambra s'obre de bat a bat i entren els quatre diables, que ràpidament m'envolten. El paio del cabell morat es despenja de nou una cosa de l'esquena i aquest cop no son unes tenalles. Aquest cop és una pistola. I aquest cop no hi ha un vidre que ens separi.