diumenge, 14 de gener del 2018

ESTIRA Y AFLOJA (Parte 1)

El cielo siempre estaba gris en el monte de Brokenhope. Muchos decían que las lágrimas de los viajeros que llegaban hasta allí eran las culpables de infestar el cielo con su eterna tristeza y amargura, pues ese lugar no era otra cosa que un cementerio para esa gente que todavía seguía viva, pero la vida había dejado de acompañarles. Todo allí llevaba mucho tiempo muerto y apagado. Cada uno de los árboles, las plantas e incluso los animales que habitaban esas tierras irradiaban una melancolía que daba todo el crédito del mundo al nombre por el que se conocía ese extraño sitio.

El albergue de Brokenhope era lo que se podría considerar la atracción turística principal de ese sombrío lugar. Esto si de verdad podíamos considerar “turistas” a los visitantes que se acercaban allí. Personas absolutamente dominadas por la frustración y la desesperación de sus vidas. Gente incurable en busca de un lugar donde encerrarse en sus recuerdos para no salir jamás. Un refugio de la realidad.

Y allí se encontraba Fritz Cooper, sentado sobre su litera con la mirada perdida en la bombilla colgante del techo de su anti-higiénica habitación, y con sus gafas mal plegadas sobre la carcomida mesilla de noche. Esperando muy impaciente, a pesar de ya no tener prisa alguna por la que preocuparse. Silenciosamente ansioso por la llegada inminente de su nuevo y desconocido compañero de habitación, que estaba por llegar.

Hacía semanas que había recibido esa noticia así que, por su puesto, no era algo inesperado. Ya era de dominio público el saber que ese albergue no era un lugar a donde ir de vacaciones, ni un lugar donde hallar el disfrute. Ese era el centro de retiro y abandono espiritual por excelencia; por lo que la intimidad individual se limitaba en la mente de sus huéspedes, y las habitaciones no eran personales. Aún así, Fritz no había recibido ningún tipo de dato sobre la persona que iba a compartir su cuarto. No sabía su nombre, ni su apellido… por no saber, ni siquiera sabía si era hombre o mujer. Pero en breve iba a conocerle, y esta era la razón de su voraz impaciencia.
—Hola muy buenas, mi nombre es Fritz Cooper, pero mis amigos me llamaban Coop, así que puedes llamarme así si quieres, y… ¡Que asco! ¡Doy pena! —se criticaba con ira el hombre mientras ensayaba las palabras con las que quería presentarse ante su nuevo compañero de habitación—. ¿Que tal amigo? Soy Fritz Cooper, pero llámame Coop, je je… no... ¡Mi voz produce arcadas! Estoy haciendo el ridículo de mala manera… .

De repente la puerta del cuarto se abrió de un golpe y Fritz se levantó de un brinco ante ese súbito evento.
—¡Hoy va a nevar! —dijo con cierta descara el hombre, aparentemente más joven, que entró en la sala cargado de maletas y con una extravagante pinta—. ¡Espero que haya calefacción en esta pocilga! ¿Quién cojones eres tú? —preguntó al encontrarse cara a cara con Fritz.
—B-b-bueno, y-yo s-s-soy Fritz Cooper, pero m-mis amigos me llaman Coop, así que… —tartamudeó Fritz Cooper poseído por los nervios y la falta de ensayo.
—¿Fritz? ¿Se puede saber que haces en mi habitación, Fritz? ¿Eres del servicio de limpieza?
—Ya, muy buena… en realidad soy tu compañero de habitación… —pronunció con un hilo de voz, muerto de vergüenza e incomodidad.
—¿Tú? ¿Mi compañero de habitación? ¡Menuda mierda!
—Por favor, no me faltes al respeto eh… ¡No me conoces!
—Lo siento Fritz… a veces pienso en voz alta.

Fritz y el nuevo no quisieron intercambiar ni una palabra más durante ese rato de tensión. El hombre misterioso descargó todo su equipaje y se tumbo en su litera tapándose la cara con las manos y suspirando escandalosamente. Parecía muy desesperado. Fritz temía que el recién llegado compañero fuese un auténtico tarado de psiquiátrico y le llevase problemas. Al fin y al cabo, no habían empezado con muy buen pié y esa falta de comunicación solo lograba agobiar más y más al débil de Fritz Cooper.

—Oye ¿Estás bien? —preguntó al nuevo, rompiendo por fin con el silencio.
—Estoy condenado para siempre en Brokenhope… ¡no podría estar mejor! —respondió irónico el misterioso individuo.
—Si estás condenado para siempre aquí, será mejor que nos llevemos bien ¿no crees?
—¿Cuanto tiempo llevas en este asqueroso albergue?
—Un mes y medio, aproximadamente.
—Dios mío… ¿¡estamos jodidos eh!? —dijo esta vez un poco más simpático, pero tan grosero como antes.
Fritz fingió reír para lograr romper el hielo, a pesar de que la fatídica broma de su compañero no tenía ninguna gracia para él.
—Soy Mark Silver, soy músico... fui músico —se corrigió.
—¡Anda, un artista! ¿Que tipo de música tocabas?
—Fui vocalista en una banda de “pop-rock” de mi estado… luego todo me fue mal.
—Yo fui profesor y investigador de matemáticas en un instituto ya hace años. También me licencié en neurología… la cosa tampoco me fue muy bien, la verdad.
—Tu cara me resulta bastante familiar ¿Has salido alguna vez en televisión, o en algún periódico?
—No que yo sepa, mis ex-socios solían dar la cara por mi empresa cuando se trataba de temas públicos… siempre he sido absurdamente tímido ¿Sabes? —dijo el matemático mientras recogía sus gafas de la mesilla y se las acoplaba en la cara. Hecho que despertó una reacción inesperada en el llamado Mark Silver.
—¡No me jodas! —gritó eufórico el vocalista de repente—. ¡No me “maldito” jodas!
—¿Te pasa algo? —se sorprendió Fritz Cooper.
—¡Tu eres el profesor “Cooper Cuatro-ojos”, del colegio Marsh Kinney!
—Sí… yo trabajé en ese colegio un par de años. ¿A caso nos conocemos de algo?
—Por tu culpa me expulsaron de ese centro y tuve que dejar los estudios… así que creo que nos conocemos lo suficiente —soltó Silver recuperando un cierto enojo que al parecer llevaba mucho tiempo enterrado.
—¿Que yo te expulsé? —se sorprendió Cooper gratamente—. ¡No me digas que tu eres el impertinente de Marcus Santos!
—Este era mi verdadero nombre… ¡tú mataste a Marcus Santos! Maldita sea… si no me hubieses expulsado, ahora sería un puto médico. El puto mejor médico de todo el país ¿¡Me oyes!? Y mi padre jamás me hubiese echado de casa… y de bien seguro que hoy no estaría en este antro hablando contigo…
—No me vengas con tonterías, Marcus; si tu y tu banda de gorilas de instituto no os hubieseis dedicado a boicotear todas y cada una de mis clases, te juro que yo no hubiese dejado la docencia y tu serías ese maldito médico que querías ser y no un cobarde desgraciado como… —Fritz se sacó las gafas de nuevo y se frotó los parpados hundido en la profunda tristeza—. Como yo… .
—Eras un profesor pésimo… ni siquiera tenías edad para ser profesor. ¿Como querías que te tomásemos en serio, eh?
—Por lo menos durante unos años pude ser una persona de provecho, y no un miserable cantante de sucia taberna...
Ambos no se volvieron a hablar. Cuando Mark Silver terminó de instalarse salió del cuarto y se fue al salón principal del albergue, para reunirse con la mayoría de los residentes de esa choza.

Las horas pasaron y Fritz no supo nada más de su compañero Silver. Los recuerdos de su conversación habían dejado un muy mal sabor de boca al matemático. Hacía mucho tiempo que no compartía nada con absolutamente nadie, y haberse peleado dos veces con la primera persona con la que socializaba después de tantos meses se había convertido en una dolorosa inyección de remordimientos; aún recordar como de cruel fue Marcus Santos con él.

Cooper decidió bajar hasta el salón principal. Algo que no solía hacer. Y allí no tardó en localizar a su compañero sentado en la mesa más arrinconada de la sala; oculto tras montones de personas que mataban el tiempo jugando a cartas y bebiendo hasta perder la consciencia y la cordura.

El profesor se acercó al cantante haciéndose paso entre la muchedumbre. El tipo no se percató de su presencia todavía. Estaba fumando un cigarrillo contemplando los deprimentes cuadros de la pared, con un vaso ya vacío entre los dedos y con el rostro rojizo. Era obvio que había estado llorando.
—¿Por qué finges ser un tipo duro cuando en realidad eres tan sensible? —preguntó Fritz sosegadamente, pero con gran autoridad.
—¡Déjame en paz! Lo que sea o deje de ser a ti no te incumbe.
—Sé que no eres una mala persona… todos hacemos el burro cuando somos jóvenes y todos terminamos recibiendo lo merecido. Tu no fuiste una excepción.
—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Una disculpa? ¿Esto es lo que quieres? ¡Pues mira… perdón por haber sido un imbécil hace tantos años y perdón por seguir siéndolo a día de hoy! Ahora dejame en paz… .
—No te culpo por lo que me hiciste. En realidad yo también siento haberte expulsado sin haber hablado contigo antes. Estoy seguro de que podríamos haber acordado algo.
—En realidad la expulsión del colegio sólo fue una de las decenas de malas decisiones que me llevaron hasta aquí. Decenas de errores que se acumulan y pasan factura sin compasión —dijo casi rompiendo a llorar otra vez—. Mira, te pido disculpas sinceramente; pero ahora quiero que me dejes solo ¿vale?
—Está bien, pero por favor, deja de fumar… fumar es para viejos moribundos. Se me encoge el corazón cuando veo a jóvenes con talento contaminándose el organismo a voluntad propia.
—¿Viejos moribundos? ¿A caso no hemos venido a Brokenhope para esperar a la muerte?
—Estaré en la biblioteca del albergue. Está en la segunda planta; por si me necesitas para algo… .

Mark Silver se quedó un rato más divagando en sus pensamientos. Todavía sentía esa especie de rabia hacia aquel profesor, que ya yacía tatuada en sus recuerdos; pero en el fondo era más que consciente de como llegó a perjudicarle. ¿Y si ahora fuese médico? ¿Cómo habría sido su vida? ¿Valía la pena preguntárselo? Quién sabe… no podía negar que la frustración de ser rechazado por su colegio y por su padre fueron los causantes de su estancamiento. Él encontró en la música un refugio para no pensar en sus problemas; puro alivio artístico; pero después de todo aquello y sus secuelas, ya no habría más canción donde esconderse que la lúgubre sinfonía del monte Brokenhope.

Cada vez que su pasado regresaba a su memoria, Mark Silver sentía la impulsiva necesidad de romper lo que fuera que tuviese en mano. La destrucción material era un buen calmante temporal. Esta vez el vaso vacío quedó destruido en mil pedazos contra la pared del salón. Silver se levantó consumido por su ciega impotencia, y se dirigió a la biblioteca sin decir ni una sola palabra a las personas que, atónitas, presenciaron ese repentino espectáculo.

La biblioteca estaba totalmente vacía y silenciosa. Lo único que se podía oír eran los crecientes copos de nieve golpeando contra la ventana, signo de que se avecinaba una tormenta, y el ligero pasar de página del profesor Cooper, que solitario, estaba leyendo un libro sobre la criptozoología europea.
—¿Quién demonios quiere pudrirse envuelto de libros? —preguntó Mark Silver por sorpresa.
Fritz Cooper se alzó las gafas y miró a su vacío alrededor.
—Parece que yo —respondió—. De todos modos, lo veo más interesante que pudrirse mirando una pared.
—¿Cómo conociste este lugar?
—Lo encontré en Google. Ni te imaginas la cantidad de cosas que encuentras cuando buscas “Soy un fracasado de narices y mi vida es una perfecta mierda”. Después tratas de ver películas online y solo recibes publicidad de comunidades religiosas alternativas muy muy contentas de acogerte.
—Internet es una mierda… —reflexionó Silver.
—Internet es una buena herramienta si sabes como...

De repente una monstruosa sacudida hizo temblar todo el edificio con gran brutalidad. Varios libros cayeron de sus estanterías y los dos individuos se miraron totalmente perplejos y, a continuación, por todos los pasillos del establecimiento se empezó a oír a la gente corriendo sin control. Alguien gritaba desde la planta baja: “¡Que no cunda el pánico! Vamos a abandonar el edificio ordenadamente, que nadie se quede en los pasillos; parece que se avecina una fuerte avalancha”.
—¡Hay que salir de aquí! —dijo Cooper mientras cerraba su libro y se levantaba de su asiento.
Silver se adelantó hacia la salida de la biblioteca cuando un segundo temblor hizo caer una estantería entera encima del profesor, dejándole medio cuerpo atrapado con su peso. La gente ya salía del albergue, y los dos compañeros todavía estaban en la segunda planta. En ese instante Mark Silver se dio cuenta de que se encontraba en una terrible encrucijada moral. ¿Iba a ayudar al hombre que le había conducido a Brokenhope, o iba a huir de ese albergue para salvar su miserable vida?

CONTINUARÁ


dimarts, 9 de gener del 2018

SUJETO 32

 “Sujeto número 32 en circulación. Abriendo cámara de armamento REM. 0 anomalías detectadas durante el último escaneo. Área limpia y restaurada. Iniciando test psicotécnico en 3… 2… 1”.

—Bienvenido a la cámara REM. ¿Puedes recordar tu nombre?
—No recuerdo mi nombre. Mi identificación es “Sujeto de pruebas número 32”.
—¿Cuantos años tienes?
—12 años. Pero esto no importa.
—¿Experimentas algún tipo de mareo, arritmia o migraña?
—Negativo.
—¿Que es lo que más te gusta del mundo?
—El pastel de arándanos. Sin duda alguna.

“El Sujeto número 32 cumple con todos los requisitos del protocolo. Test psicotécnico superado al 100%. Procedemos con las pruebas de armamento REM. Todos sus movimientos deberán ser estrictamente registrados y anotados. Iniciando test físico en 3… 2… 1”.

El Sujeto 32 fue trasladado a una celda de cristal totalmente vacía y pulcra, cuyo único contenido era una caja de metal ubicada meticulosamente en el centro del camarote.
—Hola, Sujeto de pruebas número 32 —dijo una súbita voz procedente de unos altavoces de la sala—. Soy la doctora Teresa Lars; tu asistente de ensayos . Estoy aquí para orientarte durante las pruebas. Limitate a seguir mis instrucciones y no vamos a tener ningún problema ¿De acuerdo?
El chico asintió con la cabeza, pues no tenía alternativa. Así que tras oír esas palabras, y sin recibir ninguna nueva orden, decidió acercarse lentamente al recipiente metálico que le acompañaba en esa pequeña celda de muros transparentes, y lo analizó con los ojos tan detalladamente como pudo. No osó tocarlo ¡Para nada! No quería ningún problema con Teresa Lars. Ninguno. Y entonces…
—Muy bien, Sujeto de pruebas 32, ahora deberás usar tu fuerza para abrir la tapa de esta caja. Hazme saber cualquier tipo de molestia muscular u ósea que experimentes durante el proceso.

El muchacho fijó su vista de nuevo en la lámina de metal que formaba la tapa de aquel recipiente que reposaba ante él. A continuación, y sin ningún tipo de meditación ni ánimo de perder el tiempo, agarró con suma rigidez aquella caja y con toda la fuerza que sus débiles brazos le ofrecieron, tiró de la tapa hasta lograr separarla del cuerpo del recipiente, y dentro de este solamente había un botón rojo, cuya única utilidad era indicar el final de la prueba.

El niño pulsó el interruptor con cierta duda y con gran terror a la desobediencia. Todo le había parecido demasiado sencillo, por lo que se le rizaba el pelo con solo pensar que podía haber hecho alguna cosa mal, a pesar de haber seguido paso a paso las breves instrucciones recibidas.
—Bien hecho, Sujeto de pruebas número 32. Entiendo que si no me has informado de nada, es porque no has experimentado ningún tipo de interferencia física ¿me equivoco?
El chico se limitó a afirmar lo dicho.

“El Sujeto número 32 no ha mostrado signos de molestia ni dolor ante la caja electrificada. Posible anomalía detectada en su sistema nervioso central. Improvisando prueba de estímulos básicos. Área parcialmente limpia y restaurada al 81%. -10 minutos de margen. Iniciando prueba extraordinaria de estímulos básicos en 3… 2… 1”.

El sujeto se movió hasta una celda vecina un tanto diferente a la anterior. Ya no había cajas de acero que abrir. Esta vez aquello que le acompañaba era un monstruoso perro negro rabioso, con los ojos totalmente desorbitados, y unos colmillos como navajas bañadas por apestosa saliva y espuma amarillenta. Afortunadamente para el niño, un desfile de barras de hierro alineadas en el centro de la cámara le separaban y protegían del ominoso animal.

En el momento en que el perro se percató de la presencia del infante, éste reactivó una notable agresividad, y se abalanzó como el depredador que era, hacia el muchacho. Siendo frenado violentamente por los barrotes de protección. El Sujeto 32 empalideció de repente ante tal feroz espectáculo. No se había dado cuenta, pero retrocedió hasta que su espalda golpeó con la pared de cristal de esa celda cúbica.
—Dime que estás sintiendo ahora, Sujeto número 32 —imperó la llamada Teresa Lars.
—¡Miedo! —balbuceó el chico sin dudarlo, observando a esa fiera revolotearse y empotrarse contra la barrera de metal que les separaba—. Tengo mucho miedo.
—Perfecto. ¿Puedes hacerme un favor, cariño?
El chico asintió.
—Acerca tu manita a ese perrito ¿quieres? —pidió la asistente de pruebas.
Con ciega obediencia, el Sujeto 32 avanzó lentamente hacia el monstruoso ser que le esperaba tras las vallas babeando cascadas de moco y mugre de laboratorio. Y cuando se hallaron cara a cara el uno con el otro, la criatura dejó de gruñir creando un silencio y una tensión digna de película de terror. El niño alzó su mano temblorosa con lentitud. No quería que el perro interpretase sus gestos como una amenaza. Entonces, tratando de mantener la serenidad y aguantando la respiración con un esfuerzo sobrenatural, el muchacho empezó a acercar su pequeña mano al hocico del animal, que permanecía en un incómodo silencio. Y seguidamente, en un abrir y cerrar de ojos, todo quedó salpicado de sangre, y varios dedos del niño fueros brutalmente arrancados de su extremidad. El niño empalideció del todo.

—¿Sientes dolor en tu mano, Sujeto de pruebas 32? —preguntó de repente la voz de Teresa Lars.
—N-n-no siento n-nada… —dijo el pequeño en absoluto shock—. Solo siento el cos-s-squilleo de la sangre derramándose. Creo que m-me estoy mareando… .
—Estamos impregnando el aire de esta celda con neuro-estimulantes muy potentes. En breves sentirás el dolor de esta herida. Buenas noches Sujeto de pruebas número 32; que sueñes con los angelitos. Nos vemos mañana.
En cuestión de minutos, el joven empezó a cobrar poco a poco la correspondiente agonía de su amputación. Entonces todo se empezó a volver un insoportable infierno de punzante y incandescente dolor, y el Sujeto 32 empezó a revolcarse por el suelo totalmente dominado por el crudo sufrimiento y la falta de riego sanguíneo en su insignificante cuerpo de hombrecillo apagado. El tormento se mantuvo vivo hasta que por fin el niño perdió la consciencia. Entonces en esa celda solo quedó un perro. Un perro que ya había cenado.

“El Sujeto de pruebas número 32 ha reactivado su sistema nervioso en su totalidad. Test de estímulos básicos superado al 100%. Preparando prueba definitiva de armamento REM. Área limpia y restaurada. Trasladando cuerpo. Programando inicio de prueba final a las 5:00 de la madrugada”.

El Sujeto 32 se despertó antes de la hora programada. Este tipo de errores jamás solían ocurrir en un entorno tan estrictamente controlado y artificial como era ese; pero acababa de ocurrir y el riesgo que eso suponía era impredecible, hasta para las mentes más precisas y calculadoras que había detrás de ese proyecto. Quizás fuese por la inestabilidad mental del sujeto, o por haber improvisado un test anteriormente en una sala que no estaba restaurada por completo; pero hoy el niño ya había despertado.

Se encontraba inmóvil y solo en un lugar totalmente oscuro. Nada era perceptible en esa densa penumbra que envolvía al joven. Lo único que existía en ese instante no era más que su vacía consciencia, y el escozor de su mano masacrada, que ya había sido desinfectada y tratada por los médicos mientras él había estado durmiendo.

De repente, una súbita voz se alzó entre las neuronas aturdidas del niño:
—¡Oye! ¿Me escuchas? ¡Dime algo!
—¿Se puede saber quién eres? ¡Maldita sea! ¿Qué me está pasando? —dijo el Sujeto 32 desconcertado y débil.
—Soy el Sujeto de pruebas número 31. ¡Estás en grave peligro! Cuando empiece la prueba final de armamento REM vas a sufrir una muerte espantosa.
—¿Qué significa todo esto?
—Fue tarde para mí; el Sujeto número 30 intentó avisarme, pero no le hice caso. ¡Somos ratas de laboratorio, hermanito! Hemos sido creados y manipulados por esa gente de ahí fuera para probar con nuestras vidas y nuestros cuerpos todo tipo da armas, fármacos y trampas de guerra. ¿Es que no te das cuenta? Eres el número 32, porqué los 31 anteriores ya hemos caído. Y te juro que cómo no me hagas caso ahora va a haber muchísimos más como nosotros aquí… .
—No puedo desobedecer a Teresa Lars. No quiero problemas con ella…
—¡Idiota! ¿No ves que te están controlando para hacerte más dócil?
—¿Y qué debo hacer entonces?
—Recuerda todo lo que te diré… —dijo la voz espectral del Sujeto 31 muy seria—. A las cinco en punto empezará la prueba, y vas a ser enviado a un circuito plagado de trampas mortales de todo tipo. Las pruebas REM se basan concretamente en celdas de tortura experimentales y… el caso es que antes de ser calcinado por un cañón de fuego, pude ver una rejilla de ventilación oculta justo en el punto de salida, tras el pasillo de las sierras mecánicas. Sobrevive a ese pasillo y huye tan rápido cómo puedas por esos conductos…
—¿Y si no sale bien?
—Si no sale bien… cuéntale al Sujeto número 33 todo esto que te he explicado.
“Sujeto número 32 listo para ser reanimado a la hora prevista. Todo preparado y supervisado. Iniciando prueba definitiva de armamento REM en 3… 2… 1”.

Las luces se encendieron en la nueva celda del Sujeto 32; y junto a ellas, miles de engranajes empezaron a crujir por todos los rincones de ese lugar. El niño se levantó del suelo asombrado, y visualizó por primera vez su mano descuartizada, cuyas heridas ya habían cicatrizado, y todo resultaba menos desagradable y doloroso que la última vez. Entonces, azotado por su instinto de supervivencia, se encaró a la pared más cercana y empezó a golpearla gritando en busca de una inexistente ayuda.

La plataforma que formaba el suelo de la sala se abrió por completo, y el niño, sorprendido por la súbita trampa, se precipitó hasta caer a una extraña piscina subterránea. Cuando salió, toda su ropa estaba empapada en un piso tan pulido que uno podía resbalar sin ni siquiera estar de pie. Aún así, el joven se las apañó para alzarse y contemplar el brutal escenario que se abría ante él. Una colosal cúpula llena de estructuras inmensas con caminos, puentes y pasillos cubiertos y por cubrir, que albergaban todo tipo de artefactos de destrucción construidos exclusivamente para matar al pequeño. Un verdadero circuito de los horrores. Una macabra atracción de feria con entrada, pero sin salida alguna.

El Sujeto 32 se quedó observando el punto de partida. Un pasillo oscuro que conducía directamente a la garganta de ese castillo de acero letal. No tardó en asociar dicho corredor con el mencionado “Pasillo de las sierras”. Sin embargo, no había ninguna sierra por allí que diese sentido a ese nombre, por lo que el niño supuso que se trataba de algún tipo de trampa sorpresa o algo así. Esto si el Sujeto 31 no le había engañado.

Afortunadamente, no tardó en localizar una intermitente luz roja oculta en un sector de la pared del pasillo. Seguro que era una especie de detector de movimientos, o algo así. El muchacho se sacó uno de sus zapatos de esos que le dieron en el laboratorio, y lo catapultó con sus brazos hacia esa misma luz; y en el momento en que el objeto acarició mínimamente el suelo, decenas de hojas afiladas salieron del suelo y recorrieron todo el pasillo de arriba a bajo hasta volver al inicio y ocultarse de nuevo. El zapato del niño quedó hecho trizas.

Esta vez, sin tiempo que perder, y sabiendo que el Sujeto 31 pudo sobrevivir a esa trampa, el niño decidió coger carrerilla y jugárselo todo a una carta. Iba a cruzar ese pasillo tan rápido como pudiese antes de que las sierras le ganasen esa carrera. Se llenó los pulmones con todo el oxígeno que pudo almacenar y, sin prestar atención a sus temores, empezó a correr en línea recta activando los sensores del pasillo. No podía mirar atrás, pero podía sentir esas silenciosas cuchillas circulares rozándole los talones a medida que los metros caían. Finalmente, y siendo casi devorado por esa despiadada máquina, el Sujeto 32 aprovechó sus prendas húmedas para deslizarse por el suelo y por fin salir del rango de la emboscada. Cuando llegó a su meta, pudo ver las cuchillas retroceder y hundirse en el suelo del pasillo de nuevo. ¡Que alivio!

La rejilla de ventilación estaba bastante camuflada e instalada estratégicamente en un lugar que resultaba casi imperceptible; pero el niño gozaba de la información necesaria para buscarla y ser capaz de poderla hallar. Tiró con su mano, ayudándose también con los fragmentos de dedo que quedaban en su muñón hasta que la rejilla saltó y el infante pudo introducirse en su interior; tarde para ver que ya conocían su paradero, y que estaban aumentando la temperatura de esas tuberías.

El niño gateó por los conductos en busca de una salida que le salvase de ese infierno ardiente. Todo estaba empezando a quemar mucho, y la piel del niño se estaba degradando más y más por cada minuto que pasaba allí dentro. Eso se había convertido en un autentico horno para humanos desobedientes. Pero entonces, por acto de la más pura casualidad, la tubería por donde el sujeto circulaba se desprendió de su estructura sujetada en el techo, y el niño cayó de nuevo; pero esta vez no impactó sobre el agua de una piscina; esta vez cayó sobre el mismísimo escritorio del despacho de la doctora Teresa Lars. Una casualidad realmente desconcertante.

Teresa quedó totalmente asombrada cuando el niño apareció de la nada, y se levantó ante ella con la piel escaldada y rodeado de pedazos de metal y copos de polvo. Ambos se miraron envueltos en un tenso hilo de silencio que duró varios segundos; y entonces el niño se lanzó hacia ella agarrando un afilado pedazo de hierro procedente del conducto derrumbado, amenazando con su filo el pálido cuello de la mujer.
—¿Por qué me has hecho esto? —gritó el muchacho desconsolado.
—Porqué esta es tu función en este mundo, cariño.
—¡Mientes! ¡Solamente dices mentiras! Me habéis espiado, manipulado y utilizado para probar vuestras máquinas de tortura, sin darme ni una sola posibilidad de poder vivir. Eres un monstruo Teresa Lars. ¡Esto es lo que eres!
—¿Acaso un monstruo haría un pastel de arándanos tan delicioso como el que hay en esa mesilla? —Sonrío con malicia la doctora mientras señalaba con la vista el otro extremo del despacho.
Un suculento olor empezó a invadir las fosas nasales del Sujeto 32. Teresa Lars no estaba mintiendo ¡no! Allí había un pastel ¡y de arándanos! Eso era fascinante… el niño sabía que era hora de terminar con ese suplicio; la doctora debía pagar por lo que le había hecho, y por lo que hizo a los 31 sujetos que murieron aquí de formas horribles; ¡pero es que era verdad! ¡Había un pastel de arándanos en la mesilla! ¿¡Por qué!? ¡Basta! ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, si! Vengar a los sujetos y… ¡Maldita sea, que buen olor! ¡Que demonios! El Sujeto de pruebas número 32 dejo caer suavemente el trozo de acero y se acercó a ese deliciosa tarta hipnotizado por la esponjosa imagen de esa anhelada obra de la gastronomía. Teresa Lars se recompuso al instante, agarró la pistola que ocultaba debajo de la mesa y reventó de un seco balazo la tapa de los sesos de ese crío.

“Prueba de control mental remoto superada al 100%. El Sujeto número 32 ha cumplido a la perfección con los actos y el comportamiento diseñados y asignados durante todo el transcurso de la prueba REM. 0 errores localizados. Tiempo exacto: 15 horas, 12 minutos y 50 segundos. Reconstruyendo y reanimando el cuerpo del sujeto. Implantando bancos de memoria en su sistema nervioso... Sujeto número 33 en circulación. Abriendo cámara de armamento REM. 0 anomalías detectadas durante el último escaneo. Área limpia y restaurada. Iniciando test psicotécnico en 3… 2… 1”.



dijous, 28 de desembre del 2017

EZKIZOFRENIK_S

 —El otro día el tipo del televisor me contó que mañana se acabaría el mundo.
—¿Y qué hiciste cuando él apareció?
—Me saqué el sombrero, por supuesto… vi en una película que esto es un signo de cordialidad, y no quiero quedar como un grosero ante ese señor.
—¿Llevabas sombrero dentro de tu propia casa?
—En realidad no, así que tuve que improvisar uno rápidamente con una grapadora y un poco de papel maché de mi prima Clair.
—¿Y el tipo del televisor supo apreciar tu cordialidad?
—No lo creo… pero no me importa, él tampoco se muestra demasiado cordial conmigo. Imaginate, ni siquiera lleva zapatos. ¡El tío va descalzo! ¡Será maleducado!
—¿Había alguien más con ese hombre?
—Creo que no… aunque podía oír algunos susurros amenazadores de fondo… pero creo que solo eran los pájaros de la calle. De esos que asustan bastante. Ya sabes...
—Muy bien. Hablemos ahora sobre lo que te contó ese hombre ¿Te importa?
—¡Adelante!
—¿Te creíste lo que te contó? ¿Crees que llega el fin del mundo, como bien te dijo?
—¡Claro! Ese tipo nunca miente… de hecho la última vez que le vi me advirtió de la inminente muerte de mi prima Clair; y Clair murió. No sin antes prestarme el papel y la grapadora, por su puesto.
—¿Te asustaron las palabras del hombre del televisor?
—Al principio un poco… ese tipo nunca trae cosas buenas… pero después me alegré muchísimo de oírlas.
—¿Por qué te alegraste?
—Porqué acababa de conseguir la oportunidad única y perfecta de hacer todo aquello que siempre quise, pero nunca pude.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Deja que te lo explique todo: salí de casa un poco mareado. Lo normal cuando están lloviendo bolas de fuego. Y contemplé ese cielo rojizo con una gran sonrisa en mi rostro, que se estaba desfigurando por las altas temperaturas que desprendía la Tierra. Entonces todavía no se me ocurría ninguna cosa que hacer… tenía la mente totalmente en blanco, pero era muy feliz ¿Sabes?. El mundo se iba al carajo y ya no tenía razones para preocuparme por nada. Ni por la ley y ni siquiera por mi propia moral…
—Supongo entonces que no eres creyente ¿Me equivoco?
—En absoluto, no puedo creer en nada porqué yo vi a Dios arder hace muchos años. Por lo que ninguna religión fue capaz de frenarme durante el último día de la Tierra.
—¿Y qué paso entonces?
—¿Que qué pasó? ¡Muy simple! Me senté en mi jardín meditando sobre cual quería que fuese mi último acto en vida y entonces apareció el imbécil de Stanley, ese vecino mío al que tanto le gustaba fardar de su perfecta familia burguesa y de su precioso Cadillac rojo. El tío me saludó todo sonriente mientras cortaba el césped de su parcela con una burlesca serenidad. Se me pasaron del todo mis ganas de sonreír… el mundo se acababa y no iba a compartir mi muerte con él; así que, hecho una furia, salté a su propiedad cuando por fin me dio la espalda y lo despedacé con su propio corta-césped. Luego metí a toda su familia en el coche y lo hice arder con gasolina hasta que el rojo se volvió negro.
—¿Cómo te sentiste entonces?
—Genial, llevaba mucho tiempo aborreciendo a ese puñado de ratas. Creo que obtuvieron lo que merecían.
—¿Qué más puedes contarme de ese día?
—¡Muchas cosas! Eso sólo fue el desayuno. Cogí el puñal que me regaló mi padre y me dirigí sin pensármelo dos veces a ese restaurante dónde solía ir a comer con mi ex antes de que me dejase por Jake, el dueño del local. Allí, cuchillo en mano, secuestré al querido propietario y le obligué a invitar a Megan a comer ese mismo día.
—¿Y vino?
—Por su puesto que vino. Entré en la cocina sin que se percatara de mi presencia y le rellene de raticida la botella de champán. En pocos minutos su cara se convirtió en una verdadera fiesta de la espuma. Después abrí la caja registradora del restaurante y cogí todos los billetes que había. ¡No iba a quedármelos! ¿Para que quería el dinero si el mundo se acababa? Solamente los enrollé e hice que Jake se los fumara uno detrás de otro. A él no le maté; no tenía ninguna culpa de que Megan fuese una traidora. Pero si que era culpable de subir los precios del menú, así que la propina esta vez se la quedaron sus pulmones.
—Cuéntame más…
—La gente se escandalizó bastante por mis actos; muchos trataron de llamar a la policía. Los pobres no se habían dado cuenta de la tierra ya se había tragado todos los postes telefónicos de la ciudad. Pero casualmente aparecieron varios coches de policía que no tardaron en ayudar a evacuar ese asqueroso local. Yo me escapé por la puerta trasera y me escondí en un almacén industrial muy próximo. Un par de horas después, cuando el ambiente se calmó, salí de mi escondite y me fui al centro de la ciudad; dónde la devastación y el caos era máximo.

Dibujé de todo en las paredes de la iglesia hasta que los curas me echaron a patadas. Me fui de allí pero no sin antes lavarme la cara en el cuenco de la entrada. Después me acordé de Jake y su restaurante, y me di cuenta de que no había comido nada cuando tuve la oportunidad; así que tan hambriento como estaba, entré al restaurante más lujoso que pude encontrar y me pedí exactamente cien raciones de lo más caro que tuviera la carta. El camarero se negó a servirme; creía que estaba bebido o algo así, así que tuve que matarle; y esto que no me parecía un mal tipo. ¿Pero que más daba? Si él también iba a morir tarde o temprano… .
—¿Consideras que tenías derecho a decidir sobre la muerte de esas personas?
—Bueno… un poco más que ellos mismos. El caso es que comí hasta que mi tripa casi reventó, y entonces me fui de allí evitando el pánico general que se había generado en ese barrio.
—¿Crees que tu eras el origen de dicho caos?
—¡Menuda estupidez! El planeta estaba a punto de estallar… ¿acaso crees que la gente iba a prestarme atención a mí? ¿A un tipo cualquiera de la calle?
—Oye. Eres consciente de que todo esto que me has contado jamás ha sucedido ¿verdad?
—Ya… en realidad lo sé. El hombre del televisor ya me lo dijo. También me dijo que esta tarde me haría una visita; quiere hablarme sobre un tema muy interesante… algo sobre el fin del mundo.

dimecres, 20 de desembre del 2017

LAS ALAS CAÍDAS DE ÍCARO

 “Las leyendas de antaño ya hablaban de hombres que fueron capaces de surcar los cielos con un firme objetivo y un par de impecables alas en la espalda: Ícaro y su padre en busca de la libertad, según la mitología griega; el joven Cupido en su intrépida hazaña de unir las almas de los transeúntes a su arbitraria voluntad; incluso el sabio Da Vinci supo impresionar a las futuras generaciones con los diseños de sus alas mecánicas, y todos esos aparatos extraños… ¿Pero Sabéis qué, compañeros? Yo voy a construir mis propias alas con el sudor de mi frente y me alzaré desde allí donde Ícaro cayó, para volar hasta ese lugar que ningún humano ha logrado alcanzar. ¡Voy a subir hasta poder tocar el Sol incandescente con mis propias manos! ¿Alguien quiere ayudarme en esta fascinante aventura? ¿Nadie? ¿Seguro? Está bien… como vosotros queráis...”.

En 2017 tomé consciencia de todas aquellas cosas que había hecho mal en mi vida. Mis muchísimas deudas personales, mis rencores jamás sanados, mis más ambiciosos proyectos desambiciados, los secretos que me llevaré a la tumba y todas aquellas promesas que hice para después no poder cumplir. Entonces me di cuenta que si de verdad quería prosperar, necesitaba atar todos mis cabos de imperfección humana que me aprisionaban para finalmente trascender a otra escala… algo mucho, mucho más interesante. ¿Cómo sería esto posible? La respuesta siempre la tuve sobre mi cabeza, pero en ese entonces ni siquiera era capaz de percibirlo.

Pasé varias semanas encerrado en casa. Sin apenas comer ni dormir. Solamente concentrado en mi férrea obsesión, que se alimentaba de todo ese tiempo que le dedicaba a ella, y se hacía cada vez más grande. Necesitaba respuestas inmediatas, pero todo me resultaba tan confuso y abstracto que no encontraba el modo de poder organizar el cúmulo de ideas extrañas y retorcidas que se generaban en mi mente. Llené mi casa de listas, anotaciones y todo tipo de absurdos intentos de razonar mis súbitas y omnipresentes incógnitas. Y entonces, una mañana lo vi todo mucho más claro… . Me desperté en mi escritorio; justo donde me había dormido la noche pasada mientras organizaba mis ideas, y allí estaba, iluminando mi vista a través del cristal de la ventana, un solitario rayo del Sol que había cruzado decenas de edificios y construcciones de la ciudad para traer hasta mi ventanal, el ventanal de un primer piso, toda esa luz que tanto había buscado y no lograba encontrar.

No creo en los dioses, por su puesto, más que en aquellos que yo pueda crear con mis actos; pero eso fue como una especie de visión divina, una relación directa con la verdad más pura e imperturbable del Universo. Y ese diminuto destello de luz acababa de abrirme los ojos para siempre.

Hipnotizado por ese místico fenómeno, entre delirios traté como pude de capturarlo para siempre. Probé de encerrar ese espectro en un tarro de cristal, obviamente sin resultado alguno. Quise cerrar las cortinas para ver si esa luz se quedaba conmigo en mi desordenado escritorio, pero todo resultó extremadamente decepcionante. Así que aceptando mi derrota, extendí mis manos bajo ese tenue foco de luz, y sentí su calor en mis palmas hasta que el tiempo me arrebató por completo ese momento de magia. Ese momento de claridad.

Cogí los miles de papeles que habían invadido mi habitáculo, y rápidamente subí a la amplia azotea de mi bloque de pisos y ésta vez, bajo la imagen completa y absoluta del gran Astro Rey, quemé todos esos documentos y bocetos en una gran hoguera que no tardó en llamar la atención de mis vecinos. Quienes no dudaron en apagar el fuego, y llamarme loco.

Pasé los siguientes días en la azotea contemplando el Sol hasta que mis ojos ardían rabiosos; y por las noches, recuperándome de las cegueras temporales, empecé a leer todos aquellos libros de astrología y filosofía que cayeron en mis manos. Mis vecinos y parientes ya se encargaron de los de psicología. Y un buen día, el señor Goslett, el viejo librero de mi barrio, me concedió la espléndida idea que iba a culminar con todo ese extravagante espectáculo que había sustituido mi cordura. Esto sucedió la tarde en que alquilé por trigésima-primera vez un mismo libro sobre el heliocentrismo y astrología diversa.
—Oye muchacho… esto va en contra de mi filosofía de negocio, pero… ¿sabes que este mismo libro está gratis en Internet?
—Lo sé… pero prefiero leerlo en físico. En Internet todo resulta mucho más frio y distante.
—Desde luego… si yo a tu edad hubiese tenido los recursos que tenéis ahora me habría comido el mundo. Mi hijo el otro día cogió un avión y cómo si nada… —me comentaba mientras ordenaba unas estanterías—. ¿tu sabes la emoción que sentí cuando volé por primera vez? Esa adrenalina… la sensación de estar por encima de todo el mundo. Y vosotros… allí aburridos y…
Cuando el señor Goslett se giró hacia mi de nuevo, yo ya me encontraba calles más allá con una grandiosa “Eureka” entre los dientes.

En cuestión de semanas logré infiltrarme en la Universidad más próxima que conseguí encontrar y de allí empecé a acudir a todas las clases que pude de la facultad de Ingeniería Aeronáutica. Si de verdad la finalidad de todo se encontraba en el Sol fulgurante, necesitaba aquellas herramientas que me permitiesen alcanzarlo. Necesitaba un par de alas que me pudiesen impulsar hasta más allá del firmamento. Hasta poder sentir ese mismísimo astro en mi propia piel… ¡esto era exactamente lo que necesitaba! Si esa estrella incandescente no iba a venir a mi, yo iría a ella.

Finalizada una clase, ya en 2018, concerté una pequeña entrevista con el director de la ya dicha facultad, quien me recibió un tanto extrañado, pues mi nombre no aparecía en sus listas de alumnos.
—¿En que puedo ayudarte exactamente, chico? —interrogó el licenciado cuando entré en su despacho.
—Bueno, solo venía para que me sugiriera algo sobre un proyecto que llevo entre manos… .
—Claro ¿de que se trata?
—¡Quiero construir unas alas para volar hasta el Sol!
—Ehm… supongo que será metafóricamente... —se extraño el director.
—¿Qué no es una metáfora en esta vida? Vale, bueno. En realidad… las quiero… de verdad.
—¿Eres algún tipo de loco? ¿Un suicida tarado? ¿Sabes que lo que dices es del todo imposible, no?
—Solo trato de ser un poco creativo… ¿Va ayudarme entonces?
—Aaaah… ¡Ya lo entiendo! Esto es una maldita broma… eres muy gracioso, chaval, pero ahora mejor vete. Hoy tengo mucho trabajo y no estoy por memeces.

Reconociendo la oportunidad perdida, no quise insistir más y decidí hacer una visita a un viejo amigo; y para esto tuve que trasladarme una temporada a la zona industrial de la ciudad hasta poderle localizar. Connor, mi amigo, era un drogadicto muy conocido por esos barrios. No necesitaba nada de él, más que un poco de información sobre su antiguo compañero de piso. Un tipo muy peculiar; un misterioso antisocial que se pasaba el día construyendo trastos levitantes para después usarlos en el arte de provocar accidentes de tráfico. Un psicópata simpático.

—¿Para que quieres encontrar a Luke, eh tío? —me preguntó Connor cuando por fin logró darse cuenta de que estaba hablando su idioma.
—Necesito que me ayude a construir algún trasto para subir hasta el Sol.
—¿Por quien quieres hacer esto?
—¿Necesito hacer esto por alguien? —pregunté un tanto nervioso.
—¿Quién es?
—¿Quién es quién?
—El que te pasa la droga —dijo con voz de depravado mientras se empezaba a reír solo hasta caer inconsciente por a saber qué cosa.

Amistosamente encerré a Connor en el almacén de una fábrica abandonada cercana al hostal donde yo estaba residiendo esos días. Le privé de cualquier tipo de sustancia narcótica y no le dejé salir hasta que pudo despejar sus ideas y fue capaz de proporcionarme la información que tanto necesitaba. Creo que un par de días después de liberarle murió por una sobredosis de morfina.

Llegué al lugar que Connor me había indicado y me encontré con un sucio y cochambroso taller metalúrgico perdido en un callejón de la ciudad. Llamé y no tardó en bajar un maloliente hombre desgreñado con un soldador en su mano descubierta, y un delantal de protección para las altas temperaturas.
—¿Quién eres, pequeñín? —me preguntó el tipo con desagradables ronquidos mientras se limpiaba su cara sudada llena de quemaduras con la muñeca.
—¿Tu eres Luke, el majareta de los aviones?
—Este soy yo. ¿Quién te envía? ¿Daniel? ¿el viejo Gaspar?
—Mi compañero Connor me dijo que te encontraría aquí —dije con una sonrisa de victoria.
—¡Vaya! ¡el travieso de Connor! ¿Que tal está ese tipejo? —preguntó rebajando su tono defensivo.
—Creo que está muerto…
—¿En serio? ¿Otra vez?

A partir de ese momento y hasta medianos de 2019, Luke se convirtió en mi primer socio en el gran proyecto de mi vida. Él iba a ayudarme en la construcción de mis alas a cambio de que yo me encargase de rallar y golpear la carrocería de los coches aparcados de la calle para conseguir clientes para su taller. Luke me caía bastante bien porque no preguntaba demasiado y se le veía muy implicado en mi obra. No se si eso era debido a que realmente no le importaban mis motivos para actuar de tal modo, o a que se moría de ganas de ver mi cuerpo volar con uno de sus artefactos para finalmente espachurrarse contra el asfalto.

Mientras mis alas se iban construyendo poco a poco en el taller del chiflado de Luke, yo regresé a la Universidad; ingresando esta vez en la facultad de Ciencias del Espacio. Asistí a un par de clases. No más. Y en breves pude concertar una nueva cita con la directora encargada de esa disciplina, la profesora Woods.
—Bienvenido a mi despacho. Usted es el señor Richards ¿verdad? —me preguntó la mujer.
—Ciertamente, señorita —respondí mientras me despeinaba el pelo hacia atrás.
—¿Que necesita?
—He venido a hacerle unas preguntas sobre su materia; soy periodista —me inventé esta vez para no causar tanta confusión.
—Soy toda oídos.
—Está bien… ¿A cuanta distancia se encuentra el Sol de la Tierra?
—Aproximadamente hay unos 149.600.000 kilómetros; aunque…
—¡Perfecto! ¿Y a qué temperatura está el Sol? —pregunté cada vez más impaciente.
—A unos 5500 grados Celsius…
—¡Uff! ¿Bastante caliente, no?
—Así es.
—Vale ¡última pregunta! —dije subiendo la voz—. ¿En el hipotético caso de que un supuesto tipo haya creado unas supuestas alas artificiales para subir hasta el Sol, querría usted ayudarle a cumplir su supuesta meta?
—¿Usted está seguro de que es periodista?

No volví a saber de la profesora Woods hasta finales de ese mismo año; cuando mis formidables alas ya estaban casi terminadas del todo. Por casualidades de la vida, en pleno acto de negocios rallé su coche con unas tijeras de cocina… bueno y a demás le destrocé un retrovisor… ehm, en realidad fueron ambos. No importa; el caso es que ese mismo día recibimos su inesperada visita en el taller de Luke. Estaba hecha una verdadera furia; y digamos que al encontrarme allí dentro la cosa no mejoró demasiado.
—¿Tu? —preguntó desconcertada al identificarme, en una extravagante mezcla de ira y sorpresa.
—¿Nos conocemos? —mentí con una incómoda sonrisa para evitar inevitables problemas.
—¡Tu eres ese maldito chalado que me entrevistó en la Universidad hace unos meses! Por favor… dime que no has sido tu quien ha destrozado mi coche.
—¡Nooo! ¡Que tonterías! ¡Esto no lo haría ni loco! —me defendí—. Mira, creo que… ¡oh siii! ¡ahora me acuerdo de ti! ¡Por su puesto! —fingí— ¿Sabes que? Si me ayudas a volar hasta el Sol te reparamos tu carruaje totalmente gratis. ¿Qué me dices?
—¡Que eres un cretino! —me dijo.
—2600 dólares… y cinco centavos —soltó Luke al mirar el vehículo devastado de la licenciada—. Éste es el precio de la reparación.
La profesora Woods se puso la mano en la frente ante tal exagerado presupuesto.
—¡Qué mala suerte la mía! —grité yo de repente—. ¡Muy casualmente hoy me he olvidado de ingresar en el banco los 2600 dólares y cinco centavos en efectivo que me dio mi tía Molly, y ahora mismo los llevo en el bolsillo! Es que cuando uno va despistado… ¿que le vamos a hacer? Mañana mismo voy a ingresarlos…

Por razones misteriosas la profesora accedió a colaborar conmigo; y con un poco de incertidumbre y falta de voluntad, se terminó convirtiendo en mi imprescindible segunda aliada. Ella me trazó una surrealista ruta a través de los cielos para alcanzar el anhelado astro evitando corrientes de viento y... ¿por qué no? Impactos de asteroides y otros tipos de residuos espaciales.

Las alas fueron terminadas. ¡Por fin! Eso era como un sueño hecho realidad. Medio sueño, para ser exactos. Todavía faltaban bastantes cabos por atar. Esos dos artefactos se podían acoplar en mi espalda como si llevase una exótica mochila; y con unas anillas de acero podía enlazar mis brazos con los dispositivos. Y entonces ¡Slash! Con un simple gesto de mis brazos y con la magia del ingenio de Luke, mi fuerza se multiplicó logrando que esa amalgama de plumas artificiales y poleas me elevasen del suelo. ¡Podía volar cómo si fuese un maldito buitre! Eso era fascinante… .
—¿Sabes que con este trasto nos podríamos hacer millonarios, Luke?
—¿En serio?
—Si, pero mi propósito es más importante ¿Verdad?
—Supongo… ¡Yo que sé!

Ahora ya solo faltaba la recta final de mi odisea. Necesitaba viajar hasta las mismísimas y legendarias sepulturas del gran Ícaro para alzar mi vuelo decisivo. Necesitaba llegar a la isla griega de Icaria.

En Septiembre de 2020, tras pulir algunos defectos de nuestra creación, pagamos el viaje para Luke y yo. La señorita Woods no quiso saber nada más de mí y mi proyecto. Desafortunadamente para ella, los periódicos y telediarios iban a mantenerla minuciosamente informada de todo lo que sucediese en Grecia ese fin de semana.

Cuando llegamos a la costa de Icaria el Sol brillaba como jamás le había visto brillar antes. Esto era muy buena señal. Disfrazados de simples turistas y con mis alas encajadas en la funda de unas velas de regata, decidimos encontrar un bote que nos alejase un poco de la costa griega para evitar la muchedumbre de esas playas.
—Buenos días caballero, necesito que me preste su barco unos instantes —dije a un marinero australiano que estaba llenando el depósito de su oxidado barco de pesca.
—¿Donde quieren que les lleve? —preguntó el hombre con un acento peculiar.
—Pasadas las boyas… usted solo tiene que parar su embarcación en medio del mar y darme un poco de tiempo para que monte mis alas mecánicas y despegue hasta poder tocar el Sol. ¿Va a hacerme usted el favor?
—¡Claro! Yo también he sido joven.

Durante el trayecto estuve revisando los planos que la profesora Woods había dibujado en mi cuaderno de anotaciones personal. Estaba un poco nervioso, no voy a mentir, todo se parecía a esos momentos previos de un estúpido examen de instituto; pero esta vez sentía que todo el esfuerzo de estos últimos años por fin había valido la pena. Todo lucía tan poético…

Llegamos al lugar adecuado y el navegante, que ya fue considerado mi tercer aliado oficial, paró rápidamente todos los motores de su barco y soltó el ancla en seco. El momento era ahora. Montamos en pocos minutos esas máquinas, obras de la ingeniería y la insanidad humana, y le di las gracias por todo a mis dos compañeros. Me coloqué en la proa de la embarcación y, equipado con mis alas, miré al Sol sintiendo su calor en la piel de mi rostro pálido.

No ha sido nada fácil lograr todo esto. ¡En absoluto! Pero he visto la verdad con solo tocar la luz que desprendes de tus brasas. He aprendido a luchar contra los demonios que me han intentado devorar vivo con solo saber que siempre has estado allí arriba; observándome. He aprendido a volar por el firmamento con solo el simple deseo de poder alcanzarte; y ahora, en este preciso instante con mi más sincero agradecimiento voy a encontrarte entre las nubes y a entregarte a ti estas alas que ahora yacen en mis espaldas, pero siempre te han pertenecido.


Ahora ya ha llegado el momento de partir, así que cojo impulso con fuerza. Poético o no, todos nos volvemos locos algún día. ¿No crees?





dilluns, 4 de desembre del 2017

ESAS TARDES OLVIDADAS CON MI ABUELO

Hacía años que la vida había dejado de sonreírme. Sin un trabajo agradecible, sin ambiciones ni objetivos más allá del triste subsistir, y sin nadie a quien confiar todos mis miedos e inseguridades, me di cuenta de que poco a poco empequeñecía en un mundo que crecía sin razón para detenerse. Todo me empezaba a sobrepasar a medida que me daba cuenta de cómo de simple era nuestra vida en un universo tan y tan complejo que ni siquiera podemos comprender. Me estaba volviendo completamente invisible a los ojos del todo; un simple espectador de la vida; sin nada ni nadie a quien dedicar mi tiempo. Sin nada ni nadie que pudiese evitar mi progresiva e inevitable desaparición. Sin ni siquiera poder levantarme una mísera mañana y no preguntarme “¿Sigo aquí?”.

Ver al mundo progresar no me molestaba. En realidad se había convertido en mi único entretenimiento. Ver mi ciudad cambiar constantemente, y a mis conocidos madurar felices era algo que, a pesar de recordarme mi estancamiento, me transmitía una cierta sensación de optimismo y liberación; cómo una especie de transcendencia espiritual, o alguna bobada así; algo que, de vez en cuando, me movía a dejarme caer por zonas aleatorias de la ciudad en busca de esas sensaciones que no comprendo, y jamás comprenderé, pero que me mantenían vivo. Tal vez porqué en realidad había nacido para ser un espectador, o quizás porqué ya había asumido que los únicos cambios que conocería en mi existencia, los tendría que percibir desde las distancias. No lo sé.

No recuerdo del todo cuando comenzó esto. Creo que empecé a darme cuenta de quien era en el momento en que la gente que yo quería empezó a tratarme como un verdadero enfermo, y con motivos. Como un triste autómata que solo podía victimizarse, y nada más. Victimizarse es la palabra que mejor describe en lo que me he convertido. Una víctima de mi mismo.

El otro día, siguiendo mis básicos rituales, decidí acercarme al nuevo acuario que acababan de inaugurar en la zona de ocio de la ciudad, donde los niños se reunían después de las clases. Ahora que lo pienso, no tengo un mal recuerdo de mi niñez; de hecho creo que tuve una infancia bastante feliz; con pocos amigos, pero con una ignorancia e inocencia realmente envidiable. ¿Que demonios debía tener en la cabeza en ese entonces? ¿Y en que momento lo perdí?

El acuario no era nada excepcional, la verdad. Un largo pasillo muy oscuro lleno de ventanas azules hacia ese exótico mundo de los peces; tan cerca de nosotros, pero tan al margen de nuestra realidad. Pagué mi entrada sin intercambiar una sola palabra con el portero del recinto, y en pocos segundos me empecé a adentrar en las forzadas tinieblas de esas instalaciones, cómo si fuese un muerto viviente guiado por los instintos más primitivos que la psicología humana nos ha regalado.

Avancé por el pasillo sin distraerme demasiado rato con los relucientes escaparates, que proyectaban una luz azul que desde fuera no pude percibir. Sentía cierto pesar en mi pecho, como si ese lugar estuviese despertando en mí una melancolía que ya ni recordaba poseer; y al mismo tiempo me abrazase con la penumbra para ocultar mis más oscuros sentimientos. Entonces todo se empezó a volver extraño a mi percepción. Empecé a vivir los síntomas más claros de lo que parecía ser un exagerado “deja-vu” y necesitaba apoyarme durante un instante en la pared de cristal de esa galería, bajo la atenta supervisión de los peces que aguardaba.

“Mamá. ¿Qué pez es ese de ahí?” dijo un niño señalando con notable euforia el acuario en el que yo permanecía apoyado. La madre, una mujer bastante joven con un aire que me resulta bastante familiar, y no se por qué, se acercó a la cristalera con una mueca de desconocimiento y me incitó a mirar a qué pez se refería el niño.
—Eso es un “Sargo picudo”—dije impulsivamente, casi sin querer—. Mi abuelo “G” solía pescar bastantes de estos.
—Anda, si que sabes de peces —respondió la mujer ante mi inesperada intervención.
—En realidad sé muy poco... —balbuceé evitando mirarla a los ojos, ya fuese por vergüenza o por extremo pavor a desmoronarme de algún modo—. Solo recuerdo algunas cosas que aprendí una vez.
Fue entonces cuando accidentalmente, mi mirada se cruzó por un segundo con la suya, y de repente pude apreciar cierta calidez en sus ojos oscuros iluminados de azul; calidez que apuñaló directamente a mi invisibilidad. Me di cuenta de que por un efímero instante había regresado al mundo, y la sorpresa de lo imprevisto empezó a derretirme por dentro. “¡Ahora tengo que irme!” le dije a esa joven y a su hijo, conteniendo la ola de nervios que implosionaban en mi estómago. Pero con las prisas generadas por esa confusa situación, accidentalmente resbalé a pocos metros de la madre y el niño, y mi cabeza impactó duramente contra el suelo de ladrillos. Lo último que logré ver fue el agua de las peceras invadiendo mis pensamientos.

Desperté rápidamente con unos graves y sonoros ronquidos que creía haber olvidado hacía mucho tiempo. Busqué con mi sentido del tacto esos ladrillos húmedos del acuario, pero sin embargo lo que palpé no era dicho material. Los ronquidos regresaron y esta vez me hicieron reaccionar. Abrí los ojos forzando el proceso de recuperación, y me froté la cara con las manos dándome cuenta de que el pelo de mi barba se había desvanecido por completo. Entonces mi corazón dio un vuelco. Podía reconocer el olor que se filtraba por mis fosas nasales. Podía reconocer el sonido de las olas cercanas golpeando contra los muelles de hormigón. Podía poner nombre a ese escandaloso ronquido que, más que incomodarme, me hizo soltar una súbita lágrima. Me levanté del montón de sacos y redes en el que estaba durmiendo y allí estaba, durmiendo a mi lado, mi difunto abuelo más vivo que nunca.

No encontraba sentido lógico a lo que acababa de suceder. Estaba allí, en el almacén del puerto de mi ciudad natal, y mi abuelo… mi pobre abuelo estaba conmigo; durmiendo tranquilamente. ¡Había retrocedido en el tiempo! Yo entero había rejuvenecido muchos años. No sabía cuantos exactamente, pero volvía a ser un mocoso físicamente; aunque sin embargo podía recordarlo todo. La soledad… la mujer… el acuario… ¡Todo! Incluso podía sentir el ardor de la caída en mi cráneo. ¿Pero qué demonios importaba esto ahora? ¡Mi abuelo estaba vivo a mi lado! Esto tenía que ser un sueño. De los mejores que había soñado hasta ahora, sin duda alguna. Pero todo lucía tan auténtico… que no sabía si gritar de alegría o llorar de emoción. Todo aquello que me atormentaba en mi vida acababa de convertirse en simple humo sin importancia. Todo era tan bonito e irreal… .

Cuando mi abuelo despertó pocos minutos más tarde, toda la sangre de mi cuerpo se heló por completo. Me abalancé hacia él en una potente catarsis de emoción y tristeza, y él se hecho a reír sonoramente.
—¡Cuidado Bryan, que tu abuelo ya está jodido para estos sustos! —pronunció con esa carismática ternura que él tenía.
—Perdón abuelo —dije forzándome a esconder las lágrimas que me caían.
—Ayúdame a levantarme, anda —me pidió mientras despegaba su cuerpo del mismo montón de sacos en el que había despertado—. Hoy tenemos trabajo en el barco, ya sabes. Y esta tarde creo que tu primo Toddy vendrá a merendar con nosotros.

Hacía muchísimos años que no sabía nada de mi primo Todd. La muerte inesperada del abuelo “G” quebrantó mi familia por completo, y ya no le volví a ver más que en alguna celebración poco importante. Creo que empezó a trabajar en una oficina en esta misma ciudad. Nada especialmente destacable.

Salimos al exterior de ese almacén, y los rayos de Sol que se proyectaron en mi rostro jugaban armoniosamente con la paz y la serenidad que estaba sintiendo en ese instante. Debía parecer un imbécil, lo sé, pero no podía dejar de mirar a mi abuelo. Todos y cada uno de sus gestos; sus expresiones faciales; las arrugas en sus veteranas manos. Esas cosas que en su momento eran tan insignificantes y ahora… ahora daría lo que fuera para no perderlas de mi vida nunca más. Nunca más.

Subimos al pequeño barco del abuelo listos para empezar a desenredar las redes de pesca. Recuerdo vagamente cuanto odié esta tarea; el escozor de mis manos al tocar los restos de espinas y los tentáculos de medusa perdidos en ese mar de hilos esparcidos sin control… pero ahora ese dolor era tan gratificante, que temía no encontrar suficientes tentáculos urticantes entre mis dedos.

Entonces me entraron las dudas que iban a cambiarlo todo. ¿Y si realmente esos recuerdos de mi futuro fueron una compleja premonición de lo que estaba por venir? ¿Y si la muerte de mi abuelo fue o sería el detonante de esa oscura vida que había vivido? ¿Debía advertirle de lo que probablemente estaba por suceder? ¿Cambiaría eso algo? Me apresuré a encontrar un diario o algún tipo de documento en el camarote de mi abuelo que pudiese indicarme la fecha de este extraño día, y así pude ubicarme en el tiempo: “20 de Junio de 1985”. El día antes de que mi abuelo partiese con su barco y fuese engullido por una despiadada tormenta. Fue así como, por instinto, empecé a trazar una lógica en esa situación. La pérdida de mi abuelo me hizo mudarme a la capital con mis padrinos, y desde entonces toda mi vida fue un constante desastre; una secuencia de pérdidas, frustraciones y sueños rotos. ¿Y si el destino quería que salvase a mi abuelo para arreglar todos los fallos que cometí? ¿Cómo podía ser eso posible? ¡Ahora no era momento para preguntarme estupideces! Debía actuar cuanto antes.

—¿Mañana vas a salir a pescar? —pregunté con voz temblorosa a esa ilusión con la apariencia de mi abuelo.
—Por supuesto, “tontín”. ¿por que crees que estamos preparando la red? —respondió él empleando uno de esos apodos con los que solía llamarme cariñosamente, y que ya había olvidado.
—He oído que habrá tormenta; quizá debas dejarlo para otro día…
—¿Tormenta? Pero si hace un día cojonudo. Toda la semana ha estado cojonuda. De hecho me arrepiento de no haber ido ayer a pescar. Gerald y Francis han llegado hoy con una de pescado… .
—Ya pero… ¿Cuanto hace que no revisas el motor del barco? —improvisé desesperadamente—. ¿Y si te pasa alguna cosa?
—No me va a pasar nada… esa ruta es la mar de segura. No seas tan paranoico, tontín, ya sabes que tu abuelo es viejo pero duro como un buque de guerra.
Esas palabras me conmovieron de verdad, pues podía recordar todas las veces que mi abuelo bromeaba con su vejez. ¡Tenía que salvar a ese hombre fuese como fuese! Fue entonces cuando se me ocurrió una última alternativa. Una alternativa que supondría el final de esa tragedia. Algo que jamás se me hubiese ocurrido en una situación normal, pero bajo la presión de ese momento cobraba un sentido definitivo: Esa noche iba a quemar su barco.

Esa tarde llegó mi primo Todd. Me llenó de nostalgia verle tan pequeño. Tengo que admitir que de no conocer lo que estaba por suceder, jamás hubiese sido capaz de apreciar la belleza y la felicidad que nos brindó esa tarde. Mi difunto abuelo, mi primo olvidado y yo juntos en el puerto, contándonos historias como los protagonistas de un verdadero cuento de aventuras. Tenía la sensación de que esa noche iba a ser eterna. Necesitaba que fuese eterna, pues los monstruos de la vida no podían abatirnos hoy. Eramos tan fuertes… retenía las ganas de llorar al darme cuenta de que cuando esa noche terminase, todo podía terminar para siempre. Parece mentira darse cuenta que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. ¿Y si realmente ese fue el verdadero error de mi vida? ¿Y si haber ignorado las cosas triviales fue lo que realmente terminó conmigo?

Cuando Todd fue recogido por sus padres, sobre las once de la noche. Mi abuelo se sentó a mi lado y abrió una botella de cerveza, que relucía dorada bajo la luz de una pequeña hoguera que habíamos preparado con maderas viejas y otros trastos del puerto. Ambos mirábamos el barco como se balanceaba con los ligeros oleajes que entraban al muelle. Supongo que mi abuelo lo miraba pensando en el viaje que le esperaba mañana. Yo lo miraba preguntándome si se sería capaz de quemarlo. La posesión más preciada de mi abuelo.
—Bryan —pronunció mi abuelo rompiendo suavemente el silencio de la situación—. A veces la vida puede ser dura. Ya lo sabes. Nunca temas a la muerte, pero menos a la vida. Allí arriba no hay dioses ni titanes. Solo estrellas y nubes… y pájaros; cosas que valen más la pena de adorar.
Yo escuchaba atentamente sus palabras con una cierta tristeza en los ojos que ya no quería ocultar más. Mi abuelo miró al cielo y dijo.
—Uno nunca debe volverse invisible cuando está vivo, porque sabe que ni siquiera cuando se vaya de este mundo lo será. Uno siempre sigue viviendo en los recuerdos de aquellos que le quieren, o que alguna vez le han querido. Nunca te dejes desaparecer, me oyes. Nunca cometas ese error. No es tan difícil como muchos creen… .

Mi abuelo se durmió, y yo lo observé silenciosamente bajo ese eterno cielo estrellado. Miré el barco como flotaba sigilosamente y en paz, y entonces me levanté del suelo de hormigón para finalmente apagar esa hoguera para siempre. Esa fue la última vez que vi a mi abuelo “G”.

Desperté en un hospital de la capital. No muy lejos del centro. Esa mujer del niño me había traído hasta aquí mientras estaba inconsciente. Me dijeron que había estado una hora entera durmiendo, pero lo que me había sucedido en el acuario no era grave. Yo sabía que más que una hora, había estado un día entero muy, muy lejos de aquí. No se hasta que punto los recuerdos de esa tarde de Junio se han mezclado con la ficción de mi subconsciente; pero ahora estoy seguro que la pérdida de mi abuelo no fue el final de todo. Sólo fue el inicio.





divendres, 17 de novembre del 2017

TATUADOR DE TATUAJES

Quedaba muy poco para que cerrase el local, media hora más o menos, cuando una visita inesperada hizo crujir las bisagras de la puerta del salón de tatuajes.
—Apurando un poco ¿no? —preguntó el dueño al transeúnte que, un tanto desconcertado observaba los viejos y ya amarillentos pósteres de películas colgados en las paredes del establecimiento.
—Éste ha sido un día largo —murmuró ese hombre, dirigiendo hasta el anfitrión una fatigada sonrisa bien cargada de ironía.
—24 horas exactamente —se burló amistosamente el propietario—. Los días suelen durar 24 horas; pero créeme si te digo que habrá un día en el que echarás de menos todo el tiempo que hoy te ha sobrado. Así pues ¿En qué puedo ayudarte?
—No lo sé, la verdad —respondió el cliente con un vago suspiro—. Un amigo me recomendó éste local. Me dijo que me iría bien pasarme por aquí. ¿Alguna sugerencia especial para un cliente bastante tozudo con severo estrés y muy adicto a la cafeína?
—Creo que lo que andas buscando es una palmadita en la espalda, y una buena patada en el culo —bromeaba el viejo tatuador frotando con las yemas de los dedos su mostacho gris de motero americano—. Muchos de mis clientes suelen pedir que les tatúe un poco de fe cristiana, pero no te veo con demasiadas ganas de querer visitar la iglesia cada domingo.
—Sinceramente, no veo como creer en dioses me podría resultar útil.
—Entonces necesitaré que me cuentes por que azares del destino has venido a visitarme hoy —reclamó el dueño, manteniendo su serenidad y su cordialidad.
—En realidad creo que solamente es curiosidad —respondió el visitante con una notable apatía—. ¿La gente suele explicarte todos sus tormentos?
—Así es.
—Entonces usted debe ser una especie de psicólogo, motero, monje purgador, dibujante loco, y…
—¡Y cocinero! —sonrió el anciano—. Me encanta cocinar, sobretodo para mis nietos Dorothy y Chalie. Este viernes vendrán a verme ¿No es fantástico?
—Y cuénteme —insistió el hombre— ¿usted disfruta escuchando a diario los dramas de las otras personas? ¿Le parece algo morboso? ¿O tal vez le deprimen?
—¡En absoluto! Pero sí disfruto sabiendo que cuando salgan de este salón, todos esos dramas desaparecerán de sus mentes para siempre.
—Usted me recuerda a no sé que… —añadió el cliente, en un tono absurdamente reflexivo—. Quizá a algún personaje de alguna película de esas en las que un viejo chino enseña artes marciales a… bueno ¡no me haga caso!

Ambos individuos se acomodaron en el desordenado escritorio lleno de documentos y extravagantes bocetos, ubicado en el mismo salón de tatuajes. El viejo propietario, inmerso en la espontánea entrevista que ese señor le había brindado, decidió ignorar sus horarios y ofreció una cerveza a su cliente. Al fin y al cabo, nadie le esperaba hoy en casa, por lo que no tenía ninguna prisa para cerrar el local.
—El otro día vino un muchacho. Un chico desesperado porque le aterraba el futuro. Me habló de accidentes, holocaustos y todo tipo de eventos deprimentes. Era “diez-y-seis años de trauma” con patas. Ese chico estaba sediento de optimismo y ni siquiera era consciente. “Necesito que me tatúes amnesia para borrar mis miedos y empezar de cero” me decía.
—¿Y le hiciste caso?
—Obviamente no. Pedir amnesia es un verdadero disparate. Aunque parezca una solución rápida, uno puede repetir los mismos errores y volver a hundirse sin aprendizaje alguno. En cambio el optimismo se propaga rápidamente y lo que es más importante, te ayuda a darte cuenta que las mismas cosas que antes te aterraban se pueden ver desde una perspectiva totalmente positiva, sin necesidad de olvidarlas. Así que le convencí y él confió en mi.
—Si me cuentas esto, supongo que todo salió bien... —dedujo el “ahora invitado” del tatuador.
—Todo salió perfecto. De los mejores tatuajes que jamás he hecho. Aunque no creas que tengo reparo en confesar mis errores —quiso aclarar el anciano—. De hecho, un hombre entró aquí ayer, y se sentó en la misma silla en la que estás ahora sentado. Había sido cliente mio hacía ya 20 años. En ese entonces era un jovencillo que quiso tatuarse “Rebelión adolescente” y yo le di lo que buscaba sin osar preocuparme por las consecuencias. Ayer tuve que borrar dicho tatuaje porqué el pobre no podía permanecer más de una semana empleado. ¿Suena ridículo, eh?
—entiendo —suspiró el invitado con la mirada perdida en su dorada botella de cerveza.
—Uno tiene que ser muy, muy consciente de aquellas ideas que necesita, y de aquellas que no —pronunció el propietario con cierta sabiduría—. Hablo desde la experiencia.
—Dígame —dijo el curioso cliente alzando su mirada—. ¿Tiene usted algún tatuaje?
—Le mentiría si le dijera que no. Antes de iniciar mi negocio me dibujé un poco de confianza en mi mismo y… bueno tal vez me hice un tatuaje algo más importante.
—¿De que se trata? —preguntó el cliente cada vez más excitado por las historias de ese viejo artista—. ¿Le importaría contármelo?
—¿Sabes guardar un secreto?
—¡Por su puesto! —afirmó el hombre con destellante intriga.
—Tienes que prometérmelo.
—Claro; ni lo dude.
—El tatuaje más importante que me hice es el del remordimiento. Remordimiento por engañar a todos y cada uno de mis clientes. No existe tinta alguna que pueda escribir sobre la mente humana. Yo solamente me dedico a convencer a toda esa gente de todas esas cosas que ellos mismos no se atreven a decirse. Resulta increíble cómo con la simple semilla de una idea impuesta por otra persona, puede un ser humano transformarse. El poder de cambiar reside en uno mismo, pero a veces una simple historia de fantasía de un viejo bigotudo puede ayudarte a encontrar ese poder dónde antes solo había niebla. Ésta es la verdadera magia de mis tatuajes. Y tu, amigo mio, ya tienes mi tatuaje terminado. Espero que lo disfrutes el resto de tu vida.