dissabte, 20 de gener del 2018

UN CUENTO EN EL PURGATORIO

Basta una leve brisa para que todo empiece a tomar forma. No se de donde vengo, ni hacia donde voy. No reconozco si ha existido el tiempo antes de este instante. Ni siquiera puedo atribuir una forma física a las sombras que me rodean. Solo sé que soy una pieza más de una infinita cola de oscuros cuerpos andantes que todavía no han despertado y probablemente jamás lo harán.

No muevo ni un solo músculo, si es que hay carne tras la masa de penumbra que me compone; pero aun así mi cuerpo se eleva progresivamente junto a los cientos de individuos que me acompañan. Me encuentro en una especie de cinta mecánica ascendente y la verdad, no comprendo qué demonios he hecho para estar aquí. ¿Dónde estoy? ¿Y qué es lo que quieren de mí?

Aquí dentro, en este desfile de emociones que no logro comprender, todo se ve oscuro y gris. No existe color alguno que apreciar, aunque de hecho ese concepto de “color” se ha borrado totalmente de mi mente racional. Estoy confuso y creo que hambriento; me duele mucho la tripa. ¿Tengo que comer? ¿Por qué debería hacerlo? ¿¡Qué hago!?

Miro a mi alrededor y siento mis vértebras crujir con violencia. Parece que al fin y al cabo hay algo sólido en mí, pero no sé si este hecho me consuela o me dificulta más la situación en la que me hallo: solo y perdido, alzándome en una omnipresente tiniebla y rodeado de personas que ni sé si están vivas, pero se mantienen de pié y se balancean empujadas por las corrientes de aire filtradas en este oscuro canal.

Dominado por la incertidumbre de la situación, empiezo a romper con movimientos lentos y pesados la cola de la que formo parte, haciéndome paso entre el montón de cuerpos moribundos. Sigo subiendo por la cinta, pues los mecanismos de ésta no se detienen bajo ningún concepto, pero ahora me dispongo a recular el trayecto y llegar hasta el origen de esta pendiente; así que empiezo a descender en contra de la multitud a base de tropezados pasos y ahogos, y me adentro en lo absoluto y gélido desconocido de esta realidad en la que he acabado. Cuando alcanzo el final, una inmensa y sombría estación ferroviaria se abre ante mis ojos que todo lo ven oscuro y difuminado.

El gran sótano dónde me encuentro se extiende hasta más allá de lo que mi vista logra percibir. La fila de cuerpos móviles continua firme y ordenada aquí debajo, y recorre de extremo a extremo la estación subterránea; y probablemente siga más allá de ésta, si es que hay algo tras las paredes que me encierran aquí debajo.

Me alejo del torrente humano y trato de estabilizar mi andar a base de seguir con mis pasos las líneas de seguridad dibujadas en el anden, justo al lado de los oxidados raíles que, al parecer, deben llevar años en absoluta inactividad. Quizás como mi misma existencia… . De repente una extraña sensación se adueña de mi devastada consciencia al ver unas figuras temblando en el medio justo de la vía que yace ante mi. Juraría que es miedo lo que me recorre el cuerpo, pero ni siquiera soy capaz de comprender mis propias emociones. Después de todo ¿a qué puede temer uno cuando se despierta y no tiene absolutamente nada? Quizás sea simplemente instintivo.

—Eh tu, pardillo. Los “merodeadores” no son bienvenidos en el Purgatorio —me dice una de esas figuras incrustadas en la vía, que resultan ser varios entes de sombra como yo encadenados en las losas del raíl.
—¿Qué es un merodeador?
—Los que se resisten al juicio… ¡como tu, renacuajo! —exclama otro de los individuos.
—¿Qué juicio?
—¿Habéis oído chicos? Este tipejo está más perdido que una oveja en una leonera —se burlan.
—¿Como puedo salir de aquí? Ayudadme por favor...
—¡Encuentra la luz! Ésta es la única opción que le queda a uno para llegar al cielo.
—¿La luz? ¿Y dónde puedo encontrarla?
—Escapando de estos páramos antes de que “ellos” te atrapen y corras la misma suerte que nosotros.
—¿Ellos?
De repente el potente estruendo y el chillido de toneladas de metal rozando con más metal me permiten darme cuenta de que se aproxima un tren a mi andén. Puedo ver los faros acercándose a toda velocidad desde la profunda nada construida por la niebla de este sótano; y cuando menos me doy cuenta, el vehículo ya está cruzando violentamente delante de mis ojos. Chirriante. Haciendo desaparecer de mi vista los tipos que se encontraban atados en la vía.

Las ventanas del tren me permiten visualizar a cientos y cientos de almas prisioneras amontonadas en su interior formando una grotesca masa de cuerpos agonizando que gritan por su salvación.

La desgarradora confusión de esta escena me conmociona por completo. Sigo sin saber como responder exactamente a mis estímulos, pero todos esos seres se encargan de golpear el cristal al verme paralizado en el andén, advirtiéndome de que el destino no me aguarda nada bueno.

Empiezo a correr sintiendo una extraña fatiga y falta de lo que sea que respiro. Y aunque no me giro en ningún momento para mirar atrás, escucho el tren frenarse en la zona donde yo estaba de pie hace un instante. Sus compuertas se abren y unos pasos muy pesados descienden de los vagones; entonces unas súbitas y demoníacas sirenas empiezan a aullar por todo el perímetro. ¡Seguro que vienen a buscarme! Los individuos del raíl ya me lo advirtieron: en este sitio ahora soy una amenaza a erradicar.

La niebla del ambiente se vuelve mucho más espesa y oscura que antes. En realidad empiezo a creer que no se trata de simple niebla, sino de nubes de humo negro procedentes del subsuelo de esta espectral ubicación. Aún así no me detengo. La paranoia y el constante descontrol me impiden mantener una pizca de cordura en este instante. Me siento perseguido y empiezo a sentir fuertes descargas de pánico aturdidor infestando mi mente cada vez que me doy cuenta de que alguien o algo anda detrás de mí y no se va a detener.

Sin saber ni como, accedo a unas largas y oscuras galerías subterráneas de esas instalaciones. Parece una especie de pasillo trastero, pues las paredes de éste están plagadas de armarios bloqueados con cerrojo. En esta zona el humo no parece concentrarse tanto, y este hecho me proporciona una efímera sensación de seguridad de la que no dudo en aferrarme, aunque sea por poco rato.

De entre todas las puertas de los armarios, logro encontrar una, cuyo candado está roto. Al abrirla para tratar de refugiarme en su interior no encuentro otra cosa que todavía más cuerpos sin vida amontonados y encajados entre las ocho esquinas del cajón. Todo aquí debajo parece ser una colosal ratonera. Los muertos están en todas partes y se convierten en un fiel recordatorio de lo que me acecha mientras permanezca atrapado en este infierno.

Unos pasos rompen con la leve serenidad que había conseguido encontrar en este corredor y mi ausente corazón me palpita sangre inexistente. Mi cuerpo se congela al no encontrar el modo de reaccionar en ese preciso instante. Observo la entrada del pasillo por donde recuerdo haber entrado, pero esta vez no logro ver nada. Todo está demasiado oscuro.

Me agarro a mi idea original, a pesar de la incomodidad que me genera, y me hago caber entre los cuerpos desalmados que duermen para siempre en ese claustrofóbico armario. Entonces me encierro dentro en absoluto silencio, y trato de asomar mi vista por la ranura que divide las dos compuertas del mueble. No veo nada; solo sombras que, sometido a tanta sugestión, parecen ocultar miles y miles de criaturas espectrales listas para devorarme. Aun así, los pasos que procedían de la entrada cada vez se sienten más próximos a mi escondite. Ahora puedo asegurar que lo que estoy sintiendo es miedo.

Una figura desconocida se cruza ante mi vista lentamente. No logro visualizar al detalle su aspecto físico. Lo único que puedo asimilar es el aura demoníaca que irradia a su andar. Finalmente, bajo el silencio y la tensión de este breve instante de proximidad, como por acto de un milagro, pasa de largo del armario en el que permanezco oculto. Esto me relaja bastante.

Me quedo escondido un rato más. No se cuanto, la verdad. Prefiero no encontrarme cara a cara con esa aterradora entidad que me rastrea por este “Purgatorio”. Es entonces cuando, explorando con mis ojos cada uno de los rincones de este armario tan lleno de muerte y soledad, encuentro unas palabras rascadas en el interior de una de las compuertas que me mantienen oculto: “Ellos conocen tu mayor miedo y debilidad… nadie escapa de este eterno suplicio”. Ahora me siento más incómodo que nunca. Tengo ganas de llorar, pero la tristeza que siento jamás llega a traducirse en lágrimas. Aún así me siento tan perdido… ¡Voy a salir de este agujero!

Cuando salgo del armario algo ha cambiado. Todo sigue oscuro y tenebroso, más sigo en el mismo pasillo de antes, pero esta vez todos los armarios insertados en las paredes se han convertido en espejos que reflejan mi sombría y desgarrada imagen. Bajo la incertidumbre, me acerco a mi reflejo y me doy cuenta de un detalle espeluznante: éste no tiene ojos en la cara.
—Tu memoria se va a convertir en tu mayor tormento —dice el espectro de mi mismo con una fría y susurrante voz—. Disfruta de la eternidad en las sombras.
Montones de afiladas lanzas empiezan a emerger lentamente de las paredes y el techo, con las puntas enfocadas siempre hacia un único objetivo: yo.

Sintiendo el evidente peligro tan cerca de mí, empiezo a correr en busca de la salida de este pasillo; pero las lanzas crecen como raíces allí donde me mueva; como si estuviesen vivas y pudiesen verme huir. Pudiesen oler el temor que desprendo.

Trato de regresar a la gran estación de tren, pero el acceso a ésta se ha desvanecido por completo. En su lugar, un laberinto de pasillos largos y oscuros se convierten en el escenario de mis pesadillas. No me detengo, pues las lanzas siguen creciendo a mi alrededor; y cuanto más asustado me siento, más veloz es su incesante aparición. ¡Debo encontrar la luz que me sacará de todo esto! Pero ni siquiera sé donde estoy. Y aquí dentro empieza a hacer mucho frio.

Corro incansable por los múltiples corredores que, a mi parecer, todos lucen idénticos entre ellos. Las paredes estrechas y los techos bajos son la mayor ventaja de las lanzas que intentan alcanzarme. Afortunadamente soy lo suficientemente rápido como para evitarlas una vez tras otra. Pero aun así no encuentro ninguna salida y esto resulta frustrarte y agotador, y no sé hasta que punto podré aguantar así.

Las lanzas van dejando progresivamente su tarea cuando no me doy cuenta y sigo avanzando ya sin pensar en ellas. Desesperado por mi falta de rumbo. No es hasta que vuelvo a recordarlas conscientemente que no vuelven a amenazarme con sus puntas afiladas. El impacto que me provoca su reaparición resulta tan fuerte y desesperante, que uno de sus filos me roza el brazo violentamente. Me quedo totalmente en shock, pero creo comprender el mecanismo de esta trampa mortal: si pienso en su existencia, existen; si no lo hago, no existen. Parece sencillo, pero no lo es.

Por mucho que me fuerzo a borrar la inminente fatalidad de mi cabeza, lo único que logro es que crezcan más y más las lanzas hasta que seguir avanzando me resulta del todo imposible, pues hay tantas puntas afiladas rodeándome que cualquier ligero movimiento sería excusa suficiente para terminar aquí mi viaje.
—¡Vamos deja de visualizarlas! —me digo—. ¡No las mires! ¡Ni se te ocurra!
Varias puntas se empiezan a clavar poco a poco en mis extremidades. Siento el frío y el daño del acero inyectándose en mí, pero aun así no sangro. Jamás hubiese imaginado que aun estar muerto en el mundo, pudiese seguir sufriendo.
—Piensa en algo ¡Vamos! ¿Cómo me llamo? ¿De dónde vengo?—. me insisto sin éxito, sintiendo la fuerza de las lanzas desgarrar mis brazos y piernas progresivamente.

De repente un ligero destello de luz a pocos metros de mí logra sorprenderme, a pesar de mi situación. Y gracias a la súbita desviación de mi atención, todas las lanzas retroceden varios palmos de mi. Trato de hacerme hueco entre las astas para poder acercarme a esa misteriosa fuente de luz. Todavía me cuesta dejar de anclar mis pensamientos en esas puntiagudas armas, pero la curiosidad que ese fenómeno lumínico me ha brindado logra eclipsar mis otros problemas.

Llego al origen del anterior destello y las lanzas ya se retiran de nuevo; a pesar de que cuando me giro instintivamente para mirarlas, estas responden volviendo a alzarse bruscamente. Aun así, vuelvo a concentrarme plenamente en esa luz, que resulta proceder de una incandescente bombilla ya apagada. “La luz será tu refugio” son las palabras que leo en una pared, junto a un interruptor que supuestamente dará vida a la bombilla. Alargo mi brazo como puedo, evitando las lanzas que siguen acosándome, y finalmente pulso ese interruptor, suplicando que me saque de esta situación. Suena el “click” y mi cuerpo se destensa, hasta que me doy cuenta de que la bombilla no reacciona. Me enervo en menos de un segundo y, en contra de mi voluntad, mi mente acude a las lanzas de nuevo. Éstas suben disparadas hacia mí como auténticos depredadores nocturnos y, cuando me doy por acabado, la luz se enciende y el acero de las armas se convierte en humo negro. Esta vez me he salvado.

Gracias al brillo de la bombilla encuentro una misteriosa puerta de madera a pocos metros de mí. No se si ésta acaba de aparecer o siempre ha estado allí, camuflada en la penumbra. Al fin y al cabo, ya nada me sorprende de este macabro lugar. En el dorso de dicha puerta hay una inscripción:
El Cielo es para aquellos que reconocen su benevolencia.
El Infierno es para aquellos que admiten su crueldad.
En el Purgatorio se quedan los que se niegan a aceptar lo que realmente son.

Estas palabras carecen de sentido cuando las leo. Desconozco si mi destino estaba en el Cielo o en el Infierno; pero lo que realmente sé es que si estoy aquí, despierto, es por un error de este tenebroso sistema. No mío. Yo no huyo de ningún acto que haya hecho en vida porque ni siquiera recuerdo uno. No sé si he sido una buena persona o he cometido actos despreciables. Tal vez haya escondido muchas cosas… no lo sé.

Cruzo la puerta y me encuentro en medio de una gran llanura de hormigón liso y vacío. Todo luce gris y deprimente. No hay nada más que la plataforma del suelo, un cielo totalmente invadido por las nubes más oscuras que jamás he visto y varios tornados de humo negro sacudiendo las lejanías de este inhóspito paraje de tristeza y abandono.

Camino en línea recta desconociendo e ignorando qué significa este lugar. No parece haber nada a lo que prestar atención aquí fuera, todo es tan lúgubremente monótono que en pocos minutos de travesía ya empiezo a sentir un desgaste y hastío psicológico digno de ser considerado método de tortura.

El cuerpo empieza a pesarme por cada metro que ando, y cada vez me cuesta más responderme cuando me pregunto a gritos si vale la pena continuar en este camino. Sé perfectamente que este sitio está tratando de jugar con mi consciencia. Todo parece ser una ingeniosa trampa armada para terminar con mi capacidad de juicio y fuerza de voluntad. Mi sombra proyectada ya ni obedece a mis gestos. Me siento tan agotado… . Tengo la sensación de que por mucho que camine no avanzo.

Estoy definitivamente perdido. Acabado. No quiero terminar como los cuerpos sin vida que me han acechado durante este viaje; pero cada vez me cuesta más mantener alzada la bandera del optimismo. Entonces recuerdo ese destello de luz que antes me ha salvado. Si incluso en un lugar así existe esa pizca de luminosidad, esto significa que la esperanza sigue viva, por muy densa que sea la niebla que me asfixia. Partiendo de esta premisa, y con un utópico auto-convencimiento, decido andar hasta el final para encontrar por fin la anhelada liberación.

Es así como tras un largo viaje, logro finalmente encontrar en las distancias los límites del escalofriante y despiadado Purgatorio; el final de este campo de cemento uniforme y gris. De este cementerio de almas condenadas al puro sufrimiento. Mis ojos empiezan a derramar verdaderas lágrimas vivas cuando en ellos se reflejan los fulgurantes rayos de luz del tan ansiado Paraíso. Ahora ya puedo dejar atrás toda la oscuridad que he respirado en este infierno, y dejarme abrazar por las últimas pizcas de felicidad que todavía conservaba.

Corro hacia las nubes blancas y resplandecientes que nacen en el horizonte. Ya puedo oír las dulces melodías de la eternidad en paz. Veo a los habitantes del Firmamento gozando en el máximo esplendor de la suprema libertad. Felices y ya sin temor alguno por el que sufrir. ¡Quiero llegar allí! ¡Lo necesito! Ahora me doy cuenta de como ha valido la pena luchar y haber llegado hasta este punto. Hacía mucho tiempo que no recordaba qué era la felicidad. Echaba tanto de menos el calor… .

Los haces de luz me están esperando allí al fondo. Yo sonrío satisfecho, pero entonces todo empieza a nublarse otra vez. Empiezan unas pocas nubes oscuras a infestar el cielo y lentamente una gruesa y rencorosa masa negra borra de mi mapa la deseada meta. Lanzas negras y afiladas vuelven a brotar debajo de mis pies desgastados y mi sombra cobra forma para agarrarme y evitar que pueda seguir adelante.

Estoy presionado. Demacrado; pero aún veo leves focos de luz al final del camino. ¡Debo llegar! ¡No voy a rendirme! Con un último esfuerzo arrastro toda la agonía hacia mi destino, a pocos metros de mí; pero cuando llego, la desolación alcanza su máximo exponente, pues entre los verdes y luminosos campos del Paraíso y yo se abre de repente un monstruoso abismo de aguas oscuras y gigantescas rocas cortantes. El frio vuelve a adueñarse de mí, y la distancia imposible que me separa de la luz se convierte en un profundo vacío. Un vacío de frustración y muerte que hace definitivamente del Purgatorio el origen de este largo viaje, y también su fin.

Me lanzo a las aguas tempestuosas para evitar ser alcanzado por las lanzas crecientes; y entonces empiezo a hundirme con suma rapidez. Mis sentidos vitales se detienen. Ya no tengo salvación, pues no queda modo de retroceder. No queda modo de arreglar nada. Decenas de monstruos marinos me esperan hambrientos en el fondo de este tenebroso abismo, y mis últimas lágrimas son devoradas por el agua. Miro hacia la superficie por última vez, todavía impregnada por la luz, y siento como ésta se burla de mi fatal final. Al fin y al cabo, ésta conocía perfectamente cual era mi inevitable destino. Que nunca le he sido digno. ¿No es así? Como una ilusión banal entre la victoria y el fracaso, aun habiendo luz existente en este páramo, el Purgatorio será para siempre mi hogar. Quizás porque siempre lo ha sido.




diumenge, 14 de gener del 2018

ESTIRA Y AFLOJA (Parte 2)

(Pulsa aquí para leer Parte 1)

La imprevista avalancha había cubierto con capas y capas de nieve todos y cada uno de los metros cuadrados del albergue de Brokenhope. Hacía por lo menos un siglo que no sucedía un evento así en ese remoto lugar, por lo que la precaución por ese tipo de desastres naturales llevaba años olvidada, casi extinta.

Mark Silver intentaba abrir la puerta principal del edificio con gran desesperación y violencia, pero esta había quedado totalmente bloqueada por la masa blanca que le mantenía sepultado en esa gélida tumba invernal. Aun así, el interior del albergue empezaba a ser dominado por una nube de calor procedente de los sistemas de calefacción internos, que seguían activos por ese entonces, y habían perdido todo mecanismo de ventilación.

El vocalista se estremecía de nervios e intentaba con grandes impulsos forzar todas las puertas y ventanas de la planta baja, pero todo esfuerzo resultaba en vano y peligroso. Lanzó puños, sillas e insultos hacia toda posible salida del recinto hasta que por fin se dio cuenta de que esta vez la naturaleza había ganado ese macabro pulso.

Silver se sentó sobre la barra del bar del salón principal del albergue, y como todo el mundo ya había evacuado el edificio, no sintió remordimiento alguno en llenarse un par de copas o tres con el whisky más lujoso que pudo localizar entre las escasas botellas que seguían intactas tras la gran sacudida de hacía media hora. Todo resultaba excesivamente estresante y el calor empezaba a volverse incómodamente sofocante. El hombre se frotó la frente agobiado como ya había hecho en otros momentos de tensión, cuando de repente, unos lentos pasos empezaron a acercarse desde las escaleras del segundo piso.

Mark Silver alzó la cabeza al instante y allí estaba el profesor Fritz Cooper, cojeando con su pierna y cadera demolida.
—Tío ¡Menudo susto me has dado! —dijo el músico retirado.
—No he encontrado ninguna salida ni en la segunda ni en la tercera planta.
—¿Nada?
—Nada de nada. Todas las ventanas de los pisos altos están enterradas y tienen rejas de metal. Además, todo el techo del comedor está derrumbado, por lo que no hay modo de llegar hasta los balcones de la segunda planta.
—¡Oh mierda! ¡Joder! ¿Qué vamos a hacer ahora? —gritó Silver cada vez más dominado por el pánico.
—Relajarnos —soltó Fritz—. Y esperar a que nos rescaten.
—Con la tormenta que está cayendo ningún equipo de rescate va a tener los huevos de subir hasta aquí en toda la maldita semana.
—Vendrán a buscarnos… ya verás —dijo el matemático con forzado optimismo.
—Esto si alguien se acuerda de que existimos…

Un extraño grito medio ahogado resonó por los pasillos del albergue hasta alcanzar los oídos de los dos prisioneros de esa cárcel.
—¿Había alguien más en el albergue? —cuestionó Silver sorprendido.
—No he visto a nadie. Vamos a ver…

Sonaron varios gritos más, pero estos se atenuaron hasta convertirse en leves sollozos de agonía. Procedían del diezmado comedor del segundo piso. Ambos llegaron allí y, fijándose bien, lograron ver un cuerpo enterrado entre las ruinas del techo de la sala.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¿Porqué no me lleváis ya al infierno, eh? —se decía el tipo a si mismo entre delirios.
—¡Oye amigo! ¿Como podemos sacarte de aquí? —gritó Silver tratando de ayudar a ese individuo.
—¡No lo hagáis! ¡nunca lo hagáis! He sido un monstruo... —suspiró rechazando la ayuda.
Fue entonces cuando Fritz y Mark lograron ver como un enorme tablón de madera atravesaba la espalda del moribundo tipo. Una herida demasiado grande para poder tener esperanzas.
—¡No digas tonterías! ¡Te sacaremos de aquí! —exclamó Silver.
—Maté a una niña… no merezco vuestra ayuda… —lloró el tipo— ...he arruinado a tantas familias…
Mark Silver intentó apartar una viga de madera que se cruzaba en la puerta y le impedía el avanzar hasta el tipo, pero Fritz le cogió del hombro para que dejase de esforzarse.
—Este hombre no va a sobrevivir… está muy mal herido. Dejémosle irse en paz.
—Gracias amigos… mi nombre es Zack Anderson… —dijo el malherido agonizando con su último aliento—. Este edificio es muy viejo… No aguantará mucho tiempo en pie... Buscadme en los listados del Infierno.
A continuación el hombre murió.

De nuevo en el salón principal, la tensión entre los dos compañeros empezaba a crecer junto a la ascendente temperatura que había invadido el aire de aquel establecimiento.

—¡Cavemos un túnel en la nieve! Seguro que hay alguna pala o alguna herramienta que nos podría ayudar en este asqueroso edificio —sugirió el cantante.
—No seas idiota… no sabemos cuantos metros de nieve cubren el albergue. Lo más seguro es que el túnel ceda y muramos enterrados en la nieve como dos croquetas de supermercado.
—Creo que correré el riesgo…
—Si calculamos probabilidades, te aseguro que que tenemos muchos más números de que vengan a rescatarnos…
—Oye ¡Tu calculas mucho pero no sugieres una mierda! Ya has oído a ese tipo… este edificio va a ceder, así que si no quieres acabar aplastado como un maldito felpudo, será mejor que movamos el culo.
—¡Ya lo creo que pienso! Solo que no suelto en voz alta la primera estupidez que se me pasa por la mente. Mira, vamos a actuar con cabeza. Pensar con detenimiento y actuar con seguridad es más eficiente y seguro que movernos por impulso… .

Un fuerte crujido hizo temblar bruscamente toda la estructura del albergue. Las vigas se empezaban a torcer; esta vez el edificio se estaba hundiendo de verdad.
—Vale… estamos muertos… —suspiró Silver en las precuelas de la rendición—. ...Y ni siquiera me quedan cigarrillos.
—¡No te rindas! Hemos sufrido mucho en nuestras vidas. Ambos lo sabemos de sobras. Merecemos un final mucho más digno ¿No crees?
—¿Sabes? Empiezo a creer que me da igual… de todos modos si estamos aquí es porque no tenemos nada que hacer allí fuera ¿no?
—Tal vez suene irónico, pero en el fondo creo que si llegamos hasta Brokenhope es porque todavía tenemos una mínima esperanza de volver. Vamos a salir de esta y probablemente nos abriremos un nuevo rumbo mucho mejor que aquel que nos trajo hasta aquí. ¡Ya verás!
—Estás delirando…
—¡No lo hago! —se defendió Fritz Cooper.
—Cuéntame Fritz… ¿Qué malos vientos te condujeron a Brokenhope? Tras lo que pasó en el colegio Marsh Kinney, me refiero...
—Es una larga historia… no quiero aburrirte.
—¿Es que acaso crees que tengo algo mejor que hacer mientras “espero a que nos rescaten”? —pronunció Silver acentuando las comillas con sus dedos.
Fritz se sentó en uno de los taburetes de la barra del bar y se sirvió un vaso del mismo whisky que Mark Silver se había tomado antes.
—Temas de fracaso laboral, básicamente.
—¿Aspiraciones fallidas?
—Sí, algo así… —dijo mientras se tomaba un trago del contenido de su vaso—. Cuando dejé la docencia quise intentar abrirme paso en el mundo de la neurociencia; una aventura de medio año… pero lo mío eran las matemáticas, y como no se me daba bien explicarlas, decidí usarlas en el estudio de nuevos teoremas basados en la Conjetura de Hodge… algo difícil de explicar. El caso es que tras varios proyectos en la Universidad de Dashville, logré recaudar los fondos suficientes para fundar mi propio centro de investigación y análisis junto a Frank Miller y Ross Armstrong, en ese entonces mis socios.
—¿Y que pasó?
—Bueno, todo fue bastante bien los primeros años… después, la evidente falta de progreso ralentizó nuestras ganancias hasta anularlas del todo y terminar por perder dinero por cada hora que pasábamos trabajando. Mis socios empezaron a dudar de mi capacidad de control económico y técnico, por lo que a mis espaldas buscaron un modo de forzarme a renunciar a mi puesto de director. Su intención era lograr que dimitiese por mi propia cuenta a base de sabotajes y falseando cartas amenazadoras contra mí. Cuando descubrí sus planes, no tuvieron más remedio que expulsarme del equipo directamente a las malas. Con desprecio y crudeza. Eso me dolió de verdad, pues yo siempre había confiado en ellos.
—Esto fue cruel…
—Lo fue… traté de no tomarme en serio todo lo que pasó entonces, y busqué modos de rehacer mi vida de una u otra forma; pero el daño ya estaba hecho y esa herida me terminó llevando a una profunda depresión de la que tardé tres años en salir. Y una noche, en los tiempos en que todo volvía a cobrar sentido para mí, causé un grave incidente con el coche: atropellé mortalmente a alguien… ese alguien era mi ex-socio Frank Miller.
—Vaya, que suerte la tuya.
—No había nadie en la calle esa noche, así que decidí largarme y no asumir ninguna responsabilidad sobre lo sucedido. Entonces esa pregunta empezó a atormentarme día y noche sin cesar…
—Espera un momento… ¿Qué pregunta?
—Si la muerte de ese hombre fue realmente un accidente o algo que llevaba premeditando desde hacía mucho tiempo… . Entonces decidí aislarme del mundo y llegué aquí, al albergue de Brokenhope; donde los sueños no se hacen realidad porque no existe sueño alguno que soñar.

Mark Silver se sentó en una silla del local y puso los pies sobre la mesa. El calor allí dentro se estaba haciendo insoportable y la esperanza de ser rescatados se diluía por cada segundo que seguían encerrados.
—¡Mataría por un cigarrillo!
—¿Y ya está? ¿Esto es todo lo que me puedes decir de mi confesión?
—Ah si… la historia... no está mal. ¿Cuanto tiempo llevabas esperando a poder decir esa última frase? ¿La de los sueños? Me ha gustado bastante como suena… .
—Vale listillo… ¿Porqué no me cuentas tus tormentos y dejas que “Cooper Cuatro-ojos” te purgue de tus pecados?
—Creo que me haría falta más de un par de copas para vomitar tanta mierda. Y después un par más para olvidarlo.
—¿Qué clase de mierda?
—Descontrol, muchas drogas de todo tipo, algún que otro corazón roto… ya sabes, la vida… .

Una nueva sacudida mucho más fuerte reveló la muerte inminente de los compañeros. Las vigas se estaban doblando de forma ya casi antinatural. Toda la tercera planta del albergue ya había sido tragada por el peso de la nieve.

—Vamos a morir aquí ¿Lo sabes verdad? —dijo Silver ya con inhumana serenidad.
—Pues si vamos a morir aquí, no permitamos que Brokenhope sea nuestra cárcel eterna…
—¿A qué te refieres?
—¡Libera tus sentimientos! ¡Suelta esa mierda! Si vinimos a Brokenhope a encerrarnos en nuestra mente, no le concedamos ese privilegio. Siéntete libre de vaciar todo lo que tengas que vaciar como lo hacías antes de acabar aquí encerrado, y de este modo Brokenhope jamás será nuestra tumba. ¡Vamos a matar Brokenhope!
—¡Está bien! —gritó el vocalista soltando una visible lágrima—. Dame esa botella —imploró a Fritz señalando el whisky.
El matemático se la entregó y Silver la lanzó con fuerza contra la misma pared de los cuadros donde horas antes ese vaso había sido destrozado. Ya habiendo liberado la tensión, Mark Silver se decidió a hablar:
—Cuando me expulsaron del colegio, la decepción de mi padre, un prestigioso farmacéutico de mi estado, fue tal… que decidió que yo no era digno de pertenecer a su familia. Así que sin lugar a donde ir, me uní a un colectivo de ocupas nómadas de los suburbios, y con algunos de esos tipos creamos una banda de pop-rock callejera. La llamamos “Stretch n' Loosen”. Y así, bajo este nombre, logramos subsistir tocando en distintos locales dónde nos trataban bastante bien; pero lo que era más importante para mí: podía olvidar el abandono de mi familia.
—Debió de ser muy duro…
—Años más tarde, con cierta fama en el estado, empecé a meterme en líos tras juguetear con algunas drogas; por lo que terminé casándome con una de las coreógrafas de mi banda a quién no amaba, pero cuya familia tenía tanto dinero que era mi refugio perfecto para evitar los asuntos legales.
Mark Silver entonces empezó a llorar de verdad.
—Aun así me sentía tan infeliz, que empecé a perder el control de mí mismo, y entre concierto y concierto, me distraía maltratando y castigando a mi esposa sin piedad. Me había convertido en un auténtico monstruo al que ya no podía frenar de ningún modo.

Cuando esa verdad inevitablemente salió a la luz, los escándalos me obligaron a abandonar el estado y por consiguiente a mi banda, que se las apañó para encontrar a un vocalista mucho mejor que yo. Tras todo eso, habiéndolo perdido todo, me sumergí de lleno en el pozo de las drogas, y no fue hasta un par de años después que no empecé a ver luz en mi vida. Unos antiguos fans míos me encontraron perdido y moribundo en la calle y me consiguieron empleo como “showman” en un local nocturno. Todo empezaba a funcionar de nuevo, pero aun así no lograba separarme de ese fantasma oscuro de mi pasado.

La cosa cambió una noche cuando conocí a una mujer que frecuentaba ese local, de la cual me empecé a enamorar ciegamente. No solo por su belleza, sino porque hallaba en ella una nueva oportunidad de reconstruir todo aquello que ya daba por perdido. Era un verdadero ángel caído del firmamento… Desde entonces, cada vez que la veía llegar con sus amigas yo tocaba las melodías más dulces de mi repertorio; y cuando la veía con algún hombre, simplemente me entraban ganas de explotar en mil pedazos sobre ese escenario. Era tan duro... Siempre había fardado de ser un gallito y todo me había salido mal, y fue en ese entonces cuando descubrí todo lo que me había perdido por mi arrogancia. Y el tiempo fue pasando en mi ceguera hasta que un día por fin decidí abrirle mi corazón a la persona que me regaló un nuevo sentido a todo.
—¿Y qué pasó?
—¿Que qué pasó? Que ella y su querido prometido se encargaron de ofrecerme muy amablemente una invitación al magnífico albergue de Brokenhope, donde sin esperanzas ni fuerzas terminé; “donde los sueños no son sueños porqué…”, bueno, era algo así… .
Silver se limpió la cara con la manga de su camiseta. Se le veía muy afligido.
—Tu historia tampoco ha estado nada mal —se burló Fritz con cierta sensiblidad—. Tiene ese toque tragi-cómico que siempre entra bien un domingo por la tarde.
Silver alzó la mirada y se empezó a reír sonoramente. Los dos individuos rieron un buen rato, pues esas iban a ser las últimas carcajadas de su vida.

El destructivo sonido de la segunda planta derrumbándose inició la cuenta atrás en el temporizador vital de Fritz y Mark. Las vigas ya estaban casi rotas del todo y el calor era infernal. Pedazos de madera y yeso caían del techo cómo si de una lluvia de meteoritos se tratara. Todo temblaba allí dentro, y la nieve ya se asomaba por todos los rincones del salón principal. Cuadros, botellas y mesas cayeron al suelo con dureza. Ese era el final, pero los dos compañeros ya eran libres de todo. Sus almas ya no pertenecían a Brokenhope.

Mark Silver puso en pie una mesa y una de las sillas entre todo el caos de objetos precipitándose sin piedad. Entonces se peinó el pelo con la mano temblorosa y se sentó. Fritz Cooper no acababa de comprender lo que estaba haciendo su amigo.
—¡Oye Profesor Cooper! —gritó Silver de repente—. ¿Podrías volverme a explicar cómo resolver las ecuaciones de segundo grado, por favor? Es que la en la última clase no me quedó muy claro.
En ese instante Fritz sonrío emocionado.
—Claro que sí Marcus, te lo explicaré todas las veces que haga falta.




ESTIRA Y AFLOJA (Parte 1)

El cielo siempre estaba gris en el monte de Brokenhope. Muchos decían que las lágrimas de los viajeros que llegaban hasta allí eran las culpables de infestar el cielo con su eterna tristeza y amargura, pues ese lugar no era otra cosa que un cementerio para esa gente que todavía seguía viva, pero la vida había dejado de acompañarles. Todo allí llevaba mucho tiempo muerto y apagado. Cada uno de los árboles, las plantas e incluso los animales que habitaban esas tierras irradiaban una melancolía que daba todo el crédito del mundo al nombre por el que se conocía ese extraño sitio.

El albergue de Brokenhope era lo que se podría considerar la atracción turística principal de ese sombrío lugar. Esto si de verdad podíamos considerar “turistas” a los visitantes que se acercaban allí. Personas absolutamente dominadas por la frustración y la desesperación de sus vidas. Gente incurable en busca de un lugar donde encerrarse en sus recuerdos para no salir jamás. Un refugio de la realidad.

Y allí se encontraba Fritz Cooper, sentado sobre su litera con la mirada perdida en la bombilla colgante del techo de su anti-higiénica habitación, y con sus gafas mal plegadas sobre la carcomida mesilla de noche. Esperando muy impaciente, a pesar de ya no tener prisa alguna por la que preocuparse. Silenciosamente ansioso por la llegada inminente de su nuevo y desconocido compañero de habitación, que estaba por llegar.

Hacía semanas que había recibido esa noticia así que, por su puesto, no era algo inesperado. Ya era de dominio público el saber que ese albergue no era un lugar a donde ir de vacaciones, ni un lugar donde hallar el disfrute. Ese era el centro de retiro y abandono espiritual por excelencia; por lo que la intimidad individual se limitaba en la mente de sus huéspedes, y las habitaciones no eran personales. Aún así, Fritz no había recibido ningún tipo de dato sobre la persona que iba a compartir su cuarto. No sabía su nombre, ni su apellido… por no saber, ni siquiera sabía si era hombre o mujer. Pero en breve iba a conocerle, y esta era la razón de su voraz impaciencia.
—Hola muy buenas, mi nombre es Fritz Cooper, pero mis amigos me llamaban Coop, así que puedes llamarme así si quieres, y… ¡Que asco! ¡Doy pena! —se criticaba con ira el hombre mientras ensayaba las palabras con las que quería presentarse ante su nuevo compañero de habitación—. ¿Que tal amigo? Soy Fritz Cooper, pero llámame Coop, je je… no... ¡Mi voz produce arcadas! Estoy haciendo el ridículo de mala manera… .

De repente la puerta del cuarto se abrió de un golpe y Fritz se levantó de un brinco ante ese súbito evento.
—¡Hoy va a nevar! —dijo con cierta descara el hombre, aparentemente más joven, que entró en la sala cargado de maletas y con una extravagante pinta—. ¡Espero que haya calefacción en esta pocilga! ¿Quién cojones eres tú? —preguntó al encontrarse cara a cara con Fritz.
—B-b-bueno, y-yo s-s-soy Fritz Cooper, pero m-mis amigos me llaman Coop, así que… —tartamudeó Fritz Cooper poseído por los nervios y la falta de ensayo.
—¿Fritz? ¿Se puede saber que haces en mi habitación, Fritz? ¿Eres del servicio de limpieza?
—Ya, muy buena… en realidad soy tu compañero de habitación… —pronunció con un hilo de voz, muerto de vergüenza e incomodidad.
—¿Tú? ¿Mi compañero de habitación? ¡Menuda mierda!
—Por favor, no me faltes al respeto eh… ¡No me conoces!
—Lo siento Fritz… a veces pienso en voz alta.

Fritz y el nuevo no quisieron intercambiar ni una palabra más durante ese rato de tensión. El hombre misterioso descargó todo su equipaje y se tumbo en su litera tapándose la cara con las manos y suspirando escandalosamente. Parecía muy desesperado. Fritz temía que el recién llegado compañero fuese un auténtico tarado de psiquiátrico y le llevase problemas. Al fin y al cabo, no habían empezado con muy buen pié y esa falta de comunicación solo lograba agobiar más y más al débil de Fritz Cooper.

—Oye ¿Estás bien? —preguntó al nuevo, rompiendo por fin con el silencio.
—Estoy condenado para siempre en Brokenhope… ¡no podría estar mejor! —respondió irónico el misterioso individuo.
—Si estás condenado para siempre aquí, será mejor que nos llevemos bien ¿no crees?
—¿Cuanto tiempo llevas en este asqueroso albergue?
—Un mes y medio, aproximadamente.
—Dios mío… ¿¡estamos jodidos eh!? —dijo esta vez un poco más simpático, pero tan grosero como antes.
Fritz fingió reír para lograr romper el hielo, a pesar de que la fatídica broma de su compañero no tenía ninguna gracia para él.
—Soy Mark Silver, soy músico... fui músico —se corrigió.
—¡Anda, un artista! ¿Que tipo de música tocabas?
—Fui vocalista en una banda de “pop-rock” de mi estado… luego todo me fue mal.
—Yo fui profesor y investigador de matemáticas en un instituto ya hace años. También me licencié en neurología… la cosa tampoco me fue muy bien, la verdad.
—Tu cara me resulta bastante familiar ¿Has salido alguna vez en televisión, o en algún periódico?
—No que yo sepa, mis ex-socios solían dar la cara por mi empresa cuando se trataba de temas públicos… siempre he sido absurdamente tímido ¿Sabes? —dijo el matemático mientras recogía sus gafas de la mesilla y se las acoplaba en la cara. Hecho que despertó una reacción inesperada en el llamado Mark Silver.
—¡No me jodas! —gritó eufórico el vocalista de repente—. ¡No me “maldito” jodas!
—¿Te pasa algo? —se sorprendió Fritz Cooper.
—¡Tu eres el profesor “Cooper Cuatro-ojos”, del colegio Marsh Kinney!
—Sí… yo trabajé en ese colegio un par de años. ¿A caso nos conocemos de algo?
—Por tu culpa me expulsaron de ese centro y tuve que dejar los estudios… así que creo que nos conocemos lo suficiente —soltó Silver recuperando un cierto enojo que al parecer llevaba mucho tiempo enterrado.
—¿Que yo te expulsé? —se sorprendió Cooper gratamente—. ¡No me digas que tu eres el impertinente de Marcus Santos!
—Este era mi verdadero nombre… ¡tú mataste a Marcus Santos! Maldita sea… si no me hubieses expulsado, ahora sería un puto médico. El puto mejor médico de todo el país ¿¡Me oyes!? Y mi padre jamás me hubiese echado de casa… y de bien seguro que hoy no estaría en este antro hablando contigo…
—No me vengas con tonterías, Marcus; si tu y tu banda de gorilas de instituto no os hubieseis dedicado a boicotear todas y cada una de mis clases, te juro que yo no hubiese dejado la docencia y tu serías ese maldito médico que querías ser y no un cobarde desgraciado como… —Fritz se sacó las gafas de nuevo y se frotó los parpados hundido en la profunda tristeza—. Como yo… .
—Eras un profesor pésimo… ni siquiera tenías edad para ser profesor. ¿Como querías que te tomásemos en serio, eh?
—Por lo menos durante unos años pude ser una persona de provecho, y no un miserable cantante de sucia taberna...
Ambos no se volvieron a hablar. Cuando Mark Silver terminó de instalarse salió del cuarto y se fue al salón principal del albergue, para reunirse con la mayoría de los residentes de esa choza.

Las horas pasaron y Fritz no supo nada más de su compañero Silver. Los recuerdos de su conversación habían dejado un muy mal sabor de boca al matemático. Hacía mucho tiempo que no compartía nada con absolutamente nadie, y haberse peleado dos veces con la primera persona con la que socializaba después de tantos meses se había convertido en una dolorosa inyección de remordimientos; aún recordar como de cruel fue Marcus Santos con él.

Cooper decidió bajar hasta el salón principal. Algo que no solía hacer. Y allí no tardó en localizar a su compañero sentado en la mesa más arrinconada de la sala; oculto tras montones de personas que mataban el tiempo jugando a cartas y bebiendo hasta perder la consciencia y la cordura.

El profesor se acercó al cantante haciéndose paso entre la muchedumbre. El tipo no se percató de su presencia todavía. Estaba fumando un cigarrillo contemplando los deprimentes cuadros de la pared, con un vaso ya vacío entre los dedos y con el rostro rojizo. Era obvio que había estado llorando.
—¿Por qué finges ser un tipo duro cuando en realidad eres tan sensible? —preguntó Fritz sosegadamente, pero con gran autoridad.
—¡Déjame en paz! Lo que sea o deje de ser a ti no te incumbe.
—Sé que no eres una mala persona… todos hacemos el burro cuando somos jóvenes y todos terminamos recibiendo lo merecido. Tu no fuiste una excepción.
—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Una disculpa? ¿Esto es lo que quieres? ¡Pues mira… perdón por haber sido un imbécil hace tantos años y perdón por seguir siéndolo a día de hoy! Ahora dejame en paz… .
—No te culpo por lo que me hiciste. En realidad yo también siento haberte expulsado sin haber hablado contigo antes. Estoy seguro de que podríamos haber acordado algo.
—En realidad la expulsión del colegio sólo fue una de las decenas de malas decisiones que me llevaron hasta aquí. Decenas de errores que se acumulan y pasan factura sin compasión —dijo casi rompiendo a llorar otra vez—. Mira, te pido disculpas sinceramente; pero ahora quiero que me dejes solo ¿vale?
—Está bien, pero por favor, deja de fumar… fumar es para viejos moribundos. Se me encoge el corazón cuando veo a jóvenes con talento contaminándose el organismo a voluntad propia.
—¿Viejos moribundos? ¿A caso no hemos venido a Brokenhope para esperar a la muerte?
—Estaré en la biblioteca del albergue. Está en la segunda planta; por si me necesitas para algo… .

Mark Silver se quedó un rato más divagando en sus pensamientos. Todavía sentía esa especie de rabia hacia aquel profesor, que ya yacía tatuada en sus recuerdos; pero en el fondo era más que consciente de como llegó a perjudicarle. ¿Y si ahora fuese médico? ¿Cómo habría sido su vida? ¿Valía la pena preguntárselo? Quién sabe… no podía negar que la frustración de ser rechazado por su colegio y por su padre fueron los causantes de su estancamiento. Él encontró en la música un refugio para no pensar en sus problemas; puro alivio artístico; pero después de todo aquello y sus secuelas, ya no habría más canción donde esconderse que la lúgubre sinfonía del monte Brokenhope.

Cada vez que su pasado regresaba a su memoria, Mark Silver sentía la impulsiva necesidad de romper lo que fuera que tuviese en mano. La destrucción material era un buen calmante temporal. Esta vez el vaso vacío quedó destruido en mil pedazos contra la pared del salón. Silver se levantó consumido por su ciega impotencia, y se dirigió a la biblioteca sin decir ni una sola palabra a las personas que, atónitas, presenciaron ese repentino espectáculo.

La biblioteca estaba totalmente vacía y silenciosa. Lo único que se podía oír eran los crecientes copos de nieve golpeando contra la ventana, signo de que se avecinaba una tormenta, y el ligero pasar de página del profesor Cooper, que solitario, estaba leyendo un libro sobre la criptozoología europea.
—¿Quién demonios quiere pudrirse envuelto de libros? —preguntó Mark Silver por sorpresa.
Fritz Cooper se alzó las gafas y miró a su vacío alrededor.
—Parece que yo —respondió—. De todos modos, lo veo más interesante que pudrirse mirando una pared.
—¿Cómo conociste este lugar?
—Lo encontré en Google. Ni te imaginas la cantidad de cosas que encuentras cuando buscas “Soy un fracasado de narices y mi vida es una perfecta mierda”. Después tratas de ver películas online y solo recibes publicidad de comunidades religiosas alternativas muy muy contentas de acogerte.
—Internet es una mierda… —reflexionó Silver.
—Internet es una buena herramienta si sabes como...

De repente una monstruosa sacudida hizo temblar todo el edificio con gran brutalidad. Varios libros cayeron de sus estanterías y los dos individuos se miraron totalmente perplejos y, a continuación, por todos los pasillos del establecimiento se empezó a oír a la gente corriendo sin control. Alguien gritaba desde la planta baja: “¡Que no cunda el pánico! Vamos a abandonar el edificio ordenadamente, que nadie se quede en los pasillos; parece que se avecina una fuerte avalancha”.
—¡Hay que salir de aquí! —dijo Cooper mientras cerraba su libro y se levantaba de su asiento.
Silver se adelantó hacia la salida de la biblioteca cuando un segundo temblor hizo caer una estantería entera encima del profesor, dejándole medio cuerpo atrapado con su peso. La gente ya salía del albergue, y los dos compañeros todavía estaban en la segunda planta. En ese instante Mark Silver se dio cuenta de que se encontraba en una terrible encrucijada moral. ¿Iba a ayudar al hombre que le había conducido a Brokenhope, o iba a huir de ese albergue para salvar su miserable vida?

CONTINUARÁ


dimarts, 9 de gener del 2018

SUJETO 32

 “Sujeto número 32 en circulación. Abriendo cámara de armamento REM. 0 anomalías detectadas durante el último escaneo. Área limpia y restaurada. Iniciando test psicotécnico en 3… 2… 1”.

—Bienvenido a la cámara REM. ¿Puedes recordar tu nombre?
—No recuerdo mi nombre. Mi identificación es “Sujeto de pruebas número 32”.
—¿Cuantos años tienes?
—12 años. Pero esto no importa.
—¿Experimentas algún tipo de mareo, arritmia o migraña?
—Negativo.
—¿Que es lo que más te gusta del mundo?
—El pastel de arándanos. Sin duda alguna.

“El Sujeto número 32 cumple con todos los requisitos del protocolo. Test psicotécnico superado al 100%. Procedemos con las pruebas de armamento REM. Todos sus movimientos deberán ser estrictamente registrados y anotados. Iniciando test físico en 3… 2… 1”.

El Sujeto 32 fue trasladado a una celda de cristal totalmente vacía y pulcra, cuyo único contenido era una caja de metal ubicada meticulosamente en el centro del camarote.
—Hola, Sujeto de pruebas número 32 —dijo una súbita voz procedente de unos altavoces de la sala—. Soy la doctora Teresa Lars; tu asistente de ensayos . Estoy aquí para orientarte durante las pruebas. Limitate a seguir mis instrucciones y no vamos a tener ningún problema ¿De acuerdo?
El chico asintió con la cabeza, pues no tenía alternativa. Así que tras oír esas palabras, y sin recibir ninguna nueva orden, decidió acercarse lentamente al recipiente metálico que le acompañaba en esa pequeña celda de muros transparentes, y lo analizó con los ojos tan detalladamente como pudo. No osó tocarlo ¡Para nada! No quería ningún problema con Teresa Lars. Ninguno. Y entonces…
—Muy bien, Sujeto de pruebas 32, ahora deberás usar tu fuerza para abrir la tapa de esta caja. Hazme saber cualquier tipo de molestia muscular u ósea que experimentes durante el proceso.

El muchacho fijó su vista de nuevo en la lámina de metal que formaba la tapa de aquel recipiente que reposaba ante él. A continuación, y sin ningún tipo de meditación ni ánimo de perder el tiempo, agarró con suma rigidez aquella caja y con toda la fuerza que sus débiles brazos le ofrecieron, tiró de la tapa hasta lograr separarla del cuerpo del recipiente, y dentro de este solamente había un botón rojo, cuya única utilidad era indicar el final de la prueba.

El niño pulsó el interruptor con cierta duda y con gran terror a la desobediencia. Todo le había parecido demasiado sencillo, por lo que se le rizaba el pelo con solo pensar que podía haber hecho alguna cosa mal, a pesar de haber seguido paso a paso las breves instrucciones recibidas.
—Bien hecho, Sujeto de pruebas número 32. Entiendo que si no me has informado de nada, es porque no has experimentado ningún tipo de interferencia física ¿me equivoco?
El chico se limitó a afirmar lo dicho.

“El Sujeto número 32 no ha mostrado signos de molestia ni dolor ante la caja electrificada. Posible anomalía detectada en su sistema nervioso central. Improvisando prueba de estímulos básicos. Área parcialmente limpia y restaurada al 81%. -10 minutos de margen. Iniciando prueba extraordinaria de estímulos básicos en 3… 2… 1”.

El sujeto se movió hasta una celda vecina un tanto diferente a la anterior. Ya no había cajas de acero que abrir. Esta vez aquello que le acompañaba era un monstruoso perro negro rabioso, con los ojos totalmente desorbitados, y unos colmillos como navajas bañadas por apestosa saliva y espuma amarillenta. Afortunadamente para el niño, un desfile de barras de hierro alineadas en el centro de la cámara le separaban y protegían del ominoso animal.

En el momento en que el perro se percató de la presencia del infante, éste reactivó una notable agresividad, y se abalanzó como el depredador que era, hacia el muchacho. Siendo frenado violentamente por los barrotes de protección. El Sujeto 32 empalideció de repente ante tal feroz espectáculo. No se había dado cuenta, pero retrocedió hasta que su espalda golpeó con la pared de cristal de esa celda cúbica.
—Dime que estás sintiendo ahora, Sujeto número 32 —imperó la llamada Teresa Lars.
—¡Miedo! —balbuceó el chico sin dudarlo, observando a esa fiera revolotearse y empotrarse contra la barrera de metal que les separaba—. Tengo mucho miedo.
—Perfecto. ¿Puedes hacerme un favor, cariño?
El chico asintió.
—Acerca tu manita a ese perrito ¿quieres? —pidió la asistente de pruebas.
Con ciega obediencia, el Sujeto 32 avanzó lentamente hacia el monstruoso ser que le esperaba tras las vallas babeando cascadas de moco y mugre de laboratorio. Y cuando se hallaron cara a cara el uno con el otro, la criatura dejó de gruñir creando un silencio y una tensión digna de película de terror. El niño alzó su mano temblorosa con lentitud. No quería que el perro interpretase sus gestos como una amenaza. Entonces, tratando de mantener la serenidad y aguantando la respiración con un esfuerzo sobrenatural, el muchacho empezó a acercar su pequeña mano al hocico del animal, que permanecía en un incómodo silencio. Y seguidamente, en un abrir y cerrar de ojos, todo quedó salpicado de sangre, y varios dedos del niño fueros brutalmente arrancados de su extremidad. El niño empalideció del todo.

—¿Sientes dolor en tu mano, Sujeto de pruebas 32? —preguntó de repente la voz de Teresa Lars.
—N-n-no siento n-nada… —dijo el pequeño en absoluto shock—. Solo siento el cos-s-squilleo de la sangre derramándose. Creo que m-me estoy mareando… .
—Estamos impregnando el aire de esta celda con neuro-estimulantes muy potentes. En breves sentirás el dolor de esta herida. Buenas noches Sujeto de pruebas número 32; que sueñes con los angelitos. Nos vemos mañana.
En cuestión de minutos, el joven empezó a cobrar poco a poco la correspondiente agonía de su amputación. Entonces todo se empezó a volver un insoportable infierno de punzante y incandescente dolor, y el Sujeto 32 empezó a revolcarse por el suelo totalmente dominado por el crudo sufrimiento y la falta de riego sanguíneo en su insignificante cuerpo de hombrecillo apagado. El tormento se mantuvo vivo hasta que por fin el niño perdió la consciencia. Entonces en esa celda solo quedó un perro. Un perro que ya había cenado.

“El Sujeto de pruebas número 32 ha reactivado su sistema nervioso en su totalidad. Test de estímulos básicos superado al 100%. Preparando prueba definitiva de armamento REM. Área limpia y restaurada. Trasladando cuerpo. Programando inicio de prueba final a las 5:00 de la madrugada”.

El Sujeto 32 se despertó antes de la hora programada. Este tipo de errores jamás solían ocurrir en un entorno tan estrictamente controlado y artificial como era ese; pero acababa de ocurrir y el riesgo que eso suponía era impredecible, hasta para las mentes más precisas y calculadoras que había detrás de ese proyecto. Quizás fuese por la inestabilidad mental del sujeto, o por haber improvisado un test anteriormente en una sala que no estaba restaurada por completo; pero hoy el niño ya había despertado.

Se encontraba inmóvil y solo en un lugar totalmente oscuro. Nada era perceptible en esa densa penumbra que envolvía al joven. Lo único que existía en ese instante no era más que su vacía consciencia, y el escozor de su mano masacrada, que ya había sido desinfectada y tratada por los médicos mientras él había estado durmiendo.

De repente, una súbita voz se alzó entre las neuronas aturdidas del niño:
—¡Oye! ¿Me escuchas? ¡Dime algo!
—¿Se puede saber quién eres? ¡Maldita sea! ¿Qué me está pasando? —dijo el Sujeto 32 desconcertado y débil.
—Soy el Sujeto de pruebas número 31. ¡Estás en grave peligro! Cuando empiece la prueba final de armamento REM vas a sufrir una muerte espantosa.
—¿Qué significa todo esto?
—Fue tarde para mí; el Sujeto número 30 intentó avisarme, pero no le hice caso. ¡Somos ratas de laboratorio, hermanito! Hemos sido creados y manipulados por esa gente de ahí fuera para probar con nuestras vidas y nuestros cuerpos todo tipo da armas, fármacos y trampas de guerra. ¿Es que no te das cuenta? Eres el número 32, porqué los 31 anteriores ya hemos caído. Y te juro que cómo no me hagas caso ahora va a haber muchísimos más como nosotros aquí… .
—No puedo desobedecer a Teresa Lars. No quiero problemas con ella…
—¡Idiota! ¿No ves que te están controlando para hacerte más dócil?
—¿Y qué debo hacer entonces?
—Recuerda todo lo que te diré… —dijo la voz espectral del Sujeto 31 muy seria—. A las cinco en punto empezará la prueba, y vas a ser enviado a un circuito plagado de trampas mortales de todo tipo. Las pruebas REM se basan concretamente en celdas de tortura experimentales y… el caso es que antes de ser calcinado por un cañón de fuego, pude ver una rejilla de ventilación oculta justo en el punto de salida, tras el pasillo de las sierras mecánicas. Sobrevive a ese pasillo y huye tan rápido cómo puedas por esos conductos…
—¿Y si no sale bien?
—Si no sale bien… cuéntale al Sujeto número 33 todo esto que te he explicado.
“Sujeto número 32 listo para ser reanimado a la hora prevista. Todo preparado y supervisado. Iniciando prueba definitiva de armamento REM en 3… 2… 1”.

Las luces se encendieron en la nueva celda del Sujeto 32; y junto a ellas, miles de engranajes empezaron a crujir por todos los rincones de ese lugar. El niño se levantó del suelo asombrado, y visualizó por primera vez su mano descuartizada, cuyas heridas ya habían cicatrizado, y todo resultaba menos desagradable y doloroso que la última vez. Entonces, azotado por su instinto de supervivencia, se encaró a la pared más cercana y empezó a golpearla gritando en busca de una inexistente ayuda.

La plataforma que formaba el suelo de la sala se abrió por completo, y el niño, sorprendido por la súbita trampa, se precipitó hasta caer a una extraña piscina subterránea. Cuando salió, toda su ropa estaba empapada en un piso tan pulido que uno podía resbalar sin ni siquiera estar de pie. Aún así, el joven se las apañó para alzarse y contemplar el brutal escenario que se abría ante él. Una colosal cúpula llena de estructuras inmensas con caminos, puentes y pasillos cubiertos y por cubrir, que albergaban todo tipo de artefactos de destrucción construidos exclusivamente para matar al pequeño. Un verdadero circuito de los horrores. Una macabra atracción de feria con entrada, pero sin salida alguna.

El Sujeto 32 se quedó observando el punto de partida. Un pasillo oscuro que conducía directamente a la garganta de ese castillo de acero letal. No tardó en asociar dicho corredor con el mencionado “Pasillo de las sierras”. Sin embargo, no había ninguna sierra por allí que diese sentido a ese nombre, por lo que el niño supuso que se trataba de algún tipo de trampa sorpresa o algo así. Esto si el Sujeto 31 no le había engañado.

Afortunadamente, no tardó en localizar una intermitente luz roja oculta en un sector de la pared del pasillo. Seguro que era una especie de detector de movimientos, o algo así. El muchacho se sacó uno de sus zapatos de esos que le dieron en el laboratorio, y lo catapultó con sus brazos hacia esa misma luz; y en el momento en que el objeto acarició mínimamente el suelo, decenas de hojas afiladas salieron del suelo y recorrieron todo el pasillo de arriba a bajo hasta volver al inicio y ocultarse de nuevo. El zapato del niño quedó hecho trizas.

Esta vez, sin tiempo que perder, y sabiendo que el Sujeto 31 pudo sobrevivir a esa trampa, el niño decidió coger carrerilla y jugárselo todo a una carta. Iba a cruzar ese pasillo tan rápido como pudiese antes de que las sierras le ganasen esa carrera. Se llenó los pulmones con todo el oxígeno que pudo almacenar y, sin prestar atención a sus temores, empezó a correr en línea recta activando los sensores del pasillo. No podía mirar atrás, pero podía sentir esas silenciosas cuchillas circulares rozándole los talones a medida que los metros caían. Finalmente, y siendo casi devorado por esa despiadada máquina, el Sujeto 32 aprovechó sus prendas húmedas para deslizarse por el suelo y por fin salir del rango de la emboscada. Cuando llegó a su meta, pudo ver las cuchillas retroceder y hundirse en el suelo del pasillo de nuevo. ¡Que alivio!

La rejilla de ventilación estaba bastante camuflada e instalada estratégicamente en un lugar que resultaba casi imperceptible; pero el niño gozaba de la información necesaria para buscarla y ser capaz de poderla hallar. Tiró con su mano, ayudándose también con los fragmentos de dedo que quedaban en su muñón hasta que la rejilla saltó y el infante pudo introducirse en su interior; tarde para ver que ya conocían su paradero, y que estaban aumentando la temperatura de esas tuberías.

El niño gateó por los conductos en busca de una salida que le salvase de ese infierno ardiente. Todo estaba empezando a quemar mucho, y la piel del niño se estaba degradando más y más por cada minuto que pasaba allí dentro. Eso se había convertido en un autentico horno para humanos desobedientes. Pero entonces, por acto de la más pura casualidad, la tubería por donde el sujeto circulaba se desprendió de su estructura sujetada en el techo, y el niño cayó de nuevo; pero esta vez no impactó sobre el agua de una piscina; esta vez cayó sobre el mismísimo escritorio del despacho de la doctora Teresa Lars. Una casualidad realmente desconcertante.

Teresa quedó totalmente asombrada cuando el niño apareció de la nada, y se levantó ante ella con la piel escaldada y rodeado de pedazos de metal y copos de polvo. Ambos se miraron envueltos en un tenso hilo de silencio que duró varios segundos; y entonces el niño se lanzó hacia ella agarrando un afilado pedazo de hierro procedente del conducto derrumbado, amenazando con su filo el pálido cuello de la mujer.
—¿Por qué me has hecho esto? —gritó el muchacho desconsolado.
—Porqué esta es tu función en este mundo, cariño.
—¡Mientes! ¡Solamente dices mentiras! Me habéis espiado, manipulado y utilizado para probar vuestras máquinas de tortura, sin darme ni una sola posibilidad de poder vivir. Eres un monstruo Teresa Lars. ¡Esto es lo que eres!
—¿Acaso un monstruo haría un pastel de arándanos tan delicioso como el que hay en esa mesilla? —Sonrío con malicia la doctora mientras señalaba con la vista el otro extremo del despacho.
Un suculento olor empezó a invadir las fosas nasales del Sujeto 32. Teresa Lars no estaba mintiendo ¡no! Allí había un pastel ¡y de arándanos! Eso era fascinante… el niño sabía que era hora de terminar con ese suplicio; la doctora debía pagar por lo que le había hecho, y por lo que hizo a los 31 sujetos que murieron aquí de formas horribles; ¡pero es que era verdad! ¡Había un pastel de arándanos en la mesilla! ¿¡Por qué!? ¡Basta! ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, si! Vengar a los sujetos y… ¡Maldita sea, que buen olor! ¡Que demonios! El Sujeto de pruebas número 32 dejo caer suavemente el trozo de acero y se acercó a ese deliciosa tarta hipnotizado por la esponjosa imagen de esa anhelada obra de la gastronomía. Teresa Lars se recompuso al instante, agarró la pistola que ocultaba debajo de la mesa y reventó de un seco balazo la tapa de los sesos de ese crío.

“Prueba de control mental remoto superada al 100%. El Sujeto número 32 ha cumplido a la perfección con los actos y el comportamiento diseñados y asignados durante todo el transcurso de la prueba REM. 0 errores localizados. Tiempo exacto: 15 horas, 12 minutos y 50 segundos. Reconstruyendo y reanimando el cuerpo del sujeto. Implantando bancos de memoria en su sistema nervioso... Sujeto número 33 en circulación. Abriendo cámara de armamento REM. 0 anomalías detectadas durante el último escaneo. Área limpia y restaurada. Iniciando test psicotécnico en 3… 2… 1”.



dijous, 28 de desembre del 2017

EZKIZOFRENIK_S

 —El otro día el tipo del televisor me contó que mañana se acabaría el mundo.
—¿Y qué hiciste cuando él apareció?
—Me saqué el sombrero, por supuesto… vi en una película que esto es un signo de cordialidad, y no quiero quedar como un grosero ante ese señor.
—¿Llevabas sombrero dentro de tu propia casa?
—En realidad no, así que tuve que improvisar uno rápidamente con una grapadora y un poco de papel maché de mi prima Clair.
—¿Y el tipo del televisor supo apreciar tu cordialidad?
—No lo creo… pero no me importa, él tampoco se muestra demasiado cordial conmigo. Imaginate, ni siquiera lleva zapatos. ¡El tío va descalzo! ¡Será maleducado!
—¿Había alguien más con ese hombre?
—Creo que no… aunque podía oír algunos susurros amenazadores de fondo… pero creo que solo eran los pájaros de la calle. De esos que asustan bastante. Ya sabes...
—Muy bien. Hablemos ahora sobre lo que te contó ese hombre ¿Te importa?
—¡Adelante!
—¿Te creíste lo que te contó? ¿Crees que llega el fin del mundo, como bien te dijo?
—¡Claro! Ese tipo nunca miente… de hecho la última vez que le vi me advirtió de la inminente muerte de mi prima Clair; y Clair murió. No sin antes prestarme el papel y la grapadora, por su puesto.
—¿Te asustaron las palabras del hombre del televisor?
—Al principio un poco… ese tipo nunca trae cosas buenas… pero después me alegré muchísimo de oírlas.
—¿Por qué te alegraste?
—Porqué acababa de conseguir la oportunidad única y perfecta de hacer todo aquello que siempre quise, pero nunca pude.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Deja que te lo explique todo: salí de casa un poco mareado. Lo normal cuando están lloviendo bolas de fuego. Y contemplé ese cielo rojizo con una gran sonrisa en mi rostro, que se estaba desfigurando por las altas temperaturas que desprendía la Tierra. Entonces todavía no se me ocurría ninguna cosa que hacer… tenía la mente totalmente en blanco, pero era muy feliz ¿Sabes?. El mundo se iba al carajo y ya no tenía razones para preocuparme por nada. Ni por la ley y ni siquiera por mi propia moral…
—Supongo entonces que no eres creyente ¿Me equivoco?
—En absoluto, no puedo creer en nada porqué yo vi a Dios arder hace muchos años. Por lo que ninguna religión fue capaz de frenarme durante el último día de la Tierra.
—¿Y qué paso entonces?
—¿Que qué pasó? ¡Muy simple! Me senté en mi jardín meditando sobre cual quería que fuese mi último acto en vida y entonces apareció el imbécil de Stanley, ese vecino mío al que tanto le gustaba fardar de su perfecta familia burguesa y de su precioso Cadillac rojo. El tío me saludó todo sonriente mientras cortaba el césped de su parcela con una burlesca serenidad. Se me pasaron del todo mis ganas de sonreír… el mundo se acababa y no iba a compartir mi muerte con él; así que, hecho una furia, salté a su propiedad cuando por fin me dio la espalda y lo despedacé con su propio corta-césped. Luego metí a toda su familia en el coche y lo hice arder con gasolina hasta que el rojo se volvió negro.
—¿Cómo te sentiste entonces?
—Genial, llevaba mucho tiempo aborreciendo a ese puñado de ratas. Creo que obtuvieron lo que merecían.
—¿Qué más puedes contarme de ese día?
—¡Muchas cosas! Eso sólo fue el desayuno. Cogí el puñal que me regaló mi padre y me dirigí sin pensármelo dos veces a ese restaurante dónde solía ir a comer con mi ex antes de que me dejase por Jake, el dueño del local. Allí, cuchillo en mano, secuestré al querido propietario y le obligué a invitar a Megan a comer ese mismo día.
—¿Y vino?
—Por su puesto que vino. Entré en la cocina sin que se percatara de mi presencia y le rellene de raticida la botella de champán. En pocos minutos su cara se convirtió en una verdadera fiesta de la espuma. Después abrí la caja registradora del restaurante y cogí todos los billetes que había. ¡No iba a quedármelos! ¿Para que quería el dinero si el mundo se acababa? Solamente los enrollé e hice que Jake se los fumara uno detrás de otro. A él no le maté; no tenía ninguna culpa de que Megan fuese una traidora. Pero si que era culpable de subir los precios del menú, así que la propina esta vez se la quedaron sus pulmones.
—Cuéntame más…
—La gente se escandalizó bastante por mis actos; muchos trataron de llamar a la policía. Los pobres no se habían dado cuenta de la tierra ya se había tragado todos los postes telefónicos de la ciudad. Pero casualmente aparecieron varios coches de policía que no tardaron en ayudar a evacuar ese asqueroso local. Yo me escapé por la puerta trasera y me escondí en un almacén industrial muy próximo. Un par de horas después, cuando el ambiente se calmó, salí de mi escondite y me fui al centro de la ciudad; dónde la devastación y el caos era máximo.

Dibujé de todo en las paredes de la iglesia hasta que los curas me echaron a patadas. Me fui de allí pero no sin antes lavarme la cara en el cuenco de la entrada. Después me acordé de Jake y su restaurante, y me di cuenta de que no había comido nada cuando tuve la oportunidad; así que tan hambriento como estaba, entré al restaurante más lujoso que pude encontrar y me pedí exactamente cien raciones de lo más caro que tuviera la carta. El camarero se negó a servirme; creía que estaba bebido o algo así, así que tuve que matarle; y esto que no me parecía un mal tipo. ¿Pero que más daba? Si él también iba a morir tarde o temprano… .
—¿Consideras que tenías derecho a decidir sobre la muerte de esas personas?
—Bueno… un poco más que ellos mismos. El caso es que comí hasta que mi tripa casi reventó, y entonces me fui de allí evitando el pánico general que se había generado en ese barrio.
—¿Crees que tu eras el origen de dicho caos?
—¡Menuda estupidez! El planeta estaba a punto de estallar… ¿acaso crees que la gente iba a prestarme atención a mí? ¿A un tipo cualquiera de la calle?
—Oye. Eres consciente de que todo esto que me has contado jamás ha sucedido ¿verdad?
—Ya… en realidad lo sé. El hombre del televisor ya me lo dijo. También me dijo que esta tarde me haría una visita; quiere hablarme sobre un tema muy interesante… algo sobre el fin del mundo.