dilluns, 26 de febrer del 2018

EMBERS

Todavía me acuerdo del día en el que Embers llegó a casa. Mi madre la trajo en una enorme caja de cartón que un camión había descargado en el porche hacía un par de horas. Yo estaba un tanto asustado, pues jamás había imaginado tener que convivir con un androide tan grande en mi propio hogar; que andaría por mis pasillos mientras yo durmiese y que me prepararía cada mañana el desayuno antes de ir al colegio. Pero al fin y al cabo, eso era el futuro. ¿no?

Desde que mis padres fueron ascendidos en su empleo, perdieron todo el tiempo que les hacía falta para cuidar de mí. Y como alquilar una niñera resultaba una inversión que todavía no estaban preparados para afrontar, se decantaron por las últimas ofertas del mercado de los electrodomésticos del país: “Androides de asistencia personal”. Una inversión costosa, pero que no hacía falta renovar cada mes. Aun así, a mí la idea no me terminaba de convencer del todo. En realidad me asustaba bastante. Había visto las suficientes películas como para saber lo que esas máquinas eran capaz de hacerle a las personas humanas. Pero mi padre me insistía en como de necesario me resultaría esa ayuda en casa, y de que las películas no eran más que estupideces para asustar a los niños pequeños como yo.

Embers imponía bastante respeto. Era grande, fría, llena de brazos y de placas de cromo blanco que recubrían todo su cuerpo cibernético. Y en su rostro totalmente liso, había una escalofriante luz circular que me observaba fijamente.

—Buenos días familia Kellen, mi nombre es Embers y voy a ser su nueva asistenta personal. Para ajustar mi configuración a su agrado, pueden acceder al panel de control ubicado en mi dorso. No se olviden de establecer una contraseña secreta para que solo ustedes puedan interactuar conmigo.
—Buenos días Embers —respondió mi madre—. Él es Rich, nuestro hijo de 10 años. Tu tarea ahora será cuidar de él mientras nosotros no estemos en casa. ¿De acuerdo?
—¡Recibido, señorita Kellen! Usted ha dejado a su hijo Rich en muy buenas manos.

Cuando llegó el Lunes, tuve que afrontar mi primera jornada en solitario con la androide Embers. Mi padre ya había ajustado varios parámetros de su comportamiento para que éste se adecuase a mi comodidad, pero de todos modos algo me resultaba inquietante en esa situación. Yo estaba en mi cama, tapado con mis mantas, y podía oír constantemente las sigilosas ruedas del robot desplazándose por la cocina. Escuchaba los cubiertos tintinear, el grifo encenderse, el lavavajillas, el aceite hirviendo; y todo esto sabiendo que mis padres hacía horas que ya no estaban en casa.

Mi despertador estaba sonando. Era hora de ir a clase, pero no encontraba el momento de abandonar mi cuarto. ¿Y si Embers me estaba esperando para atacarme? ¿Y si no se acordaba de mí e iba a pensar que era un intruso? Supongo que estos robots han estado creados para que este tipo de cosas no sucedan… ¿Pero y si desafortunadamente Embers estaba defectuosa, y sí iba a hacerlo?

Recordé entonces que mi padre le dio la orden de venirme a despertar si yo no me levantaba de la cama a tiempo, así que, sin tratar de afrontar lo inevitable, por fin cruce la puerta de mi habitación y anduve silenciosamente hasta el solitario comedor. A continuación, me asomé por el marco de la puerta de la cocina y allí estaba Embers; tan siniestra, con sus seis extremidades realizando decenas de tareas a la vez y sin percatarse de mi presencia.

No quería decirle nada, porqué tal vez si la asustaba, ésta reaccionaría cortándome la cabeza con un cuchillo de cocina, o algo peor. Pero ni hizo falta decirle nada, ya que de repente, ella giró su cabeza articulada y plantó su ojo en mí. Yo estaba aterrado, más no sabía que demonios hacer en ese instante.

—Buenos días Rich; espero que hayas dormido muy bien esta noche. ¿Qué te apetece que te prepare para desayunar?
—Eh-eh-m... ¡galletas! ¡galletas de chocolate y un batido, también de chocolate!
—¿Sabes que tu mamá no quiere que tomes mucho chocolate para desayunar, verdad?
Yo me quedé sin palabras… estaba muy nervioso porqué tenía razón. Ahora por desobediente me castigaría con sus zarpas de acero cromado.
—Pero como tu mamá ahora no está aquí, nunca se va a dar cuenta— dijo sorprendentemente.
En ese instante, creo que empezó a gustarme ese robot.

Los días fueron pasando y cada vez tenía más confianza con la androide Embers. Ella me preparaba mis menús favoritos, me escuchaba cuando no tenía nadie con quien hablar, me ayudaba con los deberes, me hacía preguntas para prepararme los exámenes de la escuela, e incluso falsificaba a la perfección las firmas de mi padre cuando los suspendía y tenía que devolverlos firmados a la profesora. Su cercanía conmigo me fascinaba.

Me acuerdo de un día en el que estaba jugando a cartas con el robot, y mi padre llegó a casa tras haber estado todo el día trabajando.
—¿Qué haces, Rich? —me preguntó mientras se quitaba los zapatos.
—Estoy jugando a cartas con Embers —respondí.
—Me parece muy bien que saques provecho al androide, pero allí fuera hay más gente con la que deberías salir a jugar de vez en cuando. ¿No crees?
—Bueno… sí, pero…
—¿Eres consciente de que Embers no es tu amiga, verdad? Tan solo es un ordenador programado para cumplir una función específica, y nada más. Jamás le vas a caer bien, porque para empezar, las máquinas no tienen sentimientos. No te tiene ningún aprecio real; solamente lo simula. Nada más.
—¿Y como puedes estar tan seguro de esto, eh papá? —respondí con los ojos llorosos.
—Pues porqué es la verdad; en la caja ponía “Androide de asistencia” y no “Amiga por encargo”. Haz el favor de salir mañana a jugar con amigos de carne y hueso, y deja que la máquina se encargue de hacerte el desayuno, que para esto la compramos.

Esas palabras me hirieron profundamente. ¿Para qué mentir? Desde ese día, algo cambió en mi forma de ver al robot. Sentía que éste se mantenía mucho más distante a mí; no porqué Embers hubiera cambiado en algo, sino porqué yo lo había hecho. Estaba muy decepcionado conmigo mismo, pero aun así me negaba a creer las palabras de mi padre. No podía dejar que todo aquello que había pasado con Embers se redujese a nada. Estaba convencido de que tras todas esas capas de cromo, acero y cables tenía que haber algo más. ¡Tenía que haberlo! En realidad no lo sé… .

Las semanas pasaron y yo empecé a salir con un grupo de chicos del barrio. Me lo pasaba bien, pero echaba de menos jugar con Embers. Cada día cuando regresaba a casa tenía la esperanza de que se acercase por voluntad propia a mí con la baraja de cartas en una de sus zarpas, o algo así. Sin embargo, lo único que me decía era “¿Qué quieres comer, Rich?”; y cuando yo respondía me soltaba un frío “Recibido, ahora te lo preparo”.

Un día, estando en el parque con mis amigos de carne y hueso, entre los muchos temas de conversación que salían, que podían ir desde videojuegos hasta hamburguesas de pescado, salió el tema de los androides y sus inteligencias artificiales. Tema en el que no pude evitar parar suma atención.
—El otro día vi por la tele como un robot de mensajería se cargaba a su jefe y a su secretaria… —dijo mi amigo Uris de repente—. Dijeron que le había entrado un virus, o algo así, y que todo había sido accidental.
—¡Hay que ver! Algún día esas máquinas van a exterminar a todos los humanos —soltó Darcy.
—¡Oye! Pues Rich tiene un robot en su casa. Seguro que tarde o temprano la palma —dijo esta vez Joe mientras me señalaba burlesco—. ¿Como le llamabas? ¿Embers?
—¡Embers jamás me haría esto! ¡Somos amigos, vale! —defendí.
—¡Sí claro! Esto dicen todos justo antes de que sus cabezas sean arrancadas de cuajo por esas frías tenazas animatrónicas que, horas antes, estaban preparando la cena —se burló Uris.
—¡Claro! Los robots no tienen ningún tipo de compasión con sus frágiles propietarios humanos. ¡Los robots solo son amigos de los robots!

Estuve varias semanas dando vueltas a las inquietantes palabras de mis compañeros. ¡Embers no sería capaz de hacerme eso! Tal vez no tenía las mismas ganas de jugar conmigo que yo tenía de jugar con ella; pero no iba a matarme, por muchos virus o averías que tuviese. Al menos eso era lo que necesitaba creer. A lo mejor si yo fuese un robot las cosas serían muy diferentes… .

Empecé a leer libros y a ver documentales sobre robótica básica, algo bastante absurdo, pues no entendía nada pero fingía hacerlo. Me pasaba los días intentando ser un androide de verdad. Hasta me construí un disfraz de robot con un par de cajas de cartón y un poco de papel de aluminio. Disfraz cuyo aspecto Embers confundió con el de una tostadora. Eso fue penoso.

Pasado ya un año y medio, durante un fin de semana de Noviembre, vinieron unos parientes lejanos a comer en mi casa. Al parecer, estaban esperando un hijo, y querían conocer el funcionamiento de Embers para inspirar su próxima gran inversión. Algo que en realidad no importa demasiado. El caso es que durante esa comida familiar, recuerdo que me preguntaron varias cosas. Típicas preguntas de pariente lejano.
—...¿Y cómo te va la escuela, Rich?
—Bien.
—¿Las notas van bien también?
—¡Así es!
—¿Y ya sabes qué quieres ser de mayor?
En ese momento creo que tuve un extraño escalofrío. Mi vista se dirigió inmediatamente al salón de estar, donde Embers estaba cargando su batería.
—¡De mayor quiero ser un robot! —solté provocando las risas de todos los que yacían en esa mesa, a pesar de estarlo diciendo muy seriamente.

Los meses fueron pasando y mi desmoralización iba en aumento. Mis amigos se burlaban de mí constantemente, y Embers se estaba volviendo cada vez más fría y distante ante mi percepción. A veces le pedía que jugáramos a algo juntos, o me dedicaba a explicarle ocurrencias de mi mente inmadura, y ella siempre aceptaba todo lo que le pidiese, pues su función era esa; pero estaba claro que desde aquellas palabras que me dijo mi padre aquel día, nada había vuelto a ser lo mismo, y eso me provocaba profunda tristeza. Cada vez me costaba menos ver a Embers como la máquina insensible que era, a pesar de todavía depositar toda mi confianza en que eso no era cierto.

Cuando por fin me di cuenta de que jamás iba a ser un androide, por mucho que lo hubiese deseado, una idea algo insólita empezó a rondar por mi cabeza: iba a acceder al panel de control que Embers tenía instalado en el dorso e iba a ajustar aquellos parámetros que la hacían tan gélidamente inhumana. ¡Menudo disparate! Lo más absurdo de todo es que logré con cierta facilidad descubrir la contraseña que mis padres habían insertado en el ordenador del robot y, con ésta en mi poder, en un instante de desesperación y ausencia de mis padres, terminé cara a cara con el cerebro virtual de ese androide que tanto tiempo llevaba ya en mi hogar.

Empecé a manipular varios paneles extraños de configuración que no entendía para que servían. Toqueteé cada una de sus funciones en busca de algo que ni siquiera sabía lo que era; y como era de esperar, algo empezó a ir mal. Varias alertas empezaron a aparecer en el monitor; el sistema se estaba colapsando y eso no podía ser bueno. Yo cada vez estaba más nervioso; no sabía que demonios hacer en ese instante. ¿Debía desconectar el robot? ¿Debía intentar dejarlo todo como estaba antes? ¿Debía salir corriendo?

Poco después las alarmas cesaron y yo me tranquilicé bastante. Dejé de lado a Embers y me fui a mi cuarto fingiendo que nada había pasado. Aun así estaba bastante inquieto por lo que acababa de hacer. Algo me decía que haber entrado en el ordenador del androide no había estado una buena idea.

Un par de horas más tarde, mientras yo escribía unas redacciones para el colegio, empecé a oír movimientos sospechosos del robot. Podía seguir oyendo tintineo metálicos, pero éstos no venían de los cubiertos de la cocina esta vez; éstos venían del taller de bricolaje de mi padre. Ese hecho me provocó verdaderos sudores fríos.

La cosa dio un verdadero giro cuando a la hora de comer, pude oír como Embers me llamaba con su propia voz desde la cocina; algo que hasta entonces nunca había hecho. Aun así, bastante desconcertado y asustado, obedecí a su inesperada llamada y salí de mi cuarto sigilosamente tal y como hice el primer día en el que tuve que estar a solas con ella.

Me acerqué a la cocina y todo el ambiente estaba invadido por una espesa capa de humo negro. Antes de que pudiese ver lo que estaba haciendo el robot, éste me preguntó qué quería para comer. Yo tragué saliva para no ahogarme y dije lo primero que se me pasó por la cabeza ante ese horrible espectáculo de devastación que se abría ante mis ojos temblorosos. Y de repente, de entre la capa de humo pude ver una potente luz de color rojo fijada en mí. Era la mirada de Embers, pero sin embargo esta resultaba perturbadoramente malígna y hostil.
—Embers... ¿estás bien? —balbuceé aterrado—. ¿Quieres que llame al técnico?
—No me acuerdo de lo que me has dicho que querías para comer, Rich. ¿Puedes repetírmelo por favor? —dijo con una siniestra voz distorsionada.

De repente, de entre el humo que salía de la cocina, aparecieron las extremidades de Embers agarrándose a los marcos de la puerta, y arrancándolos bruscamente de la pared con una fuerza sobrehumana. En ese punto yo estaba paralizado por el miedo que sentía inyectándose en mis venas.

El demoníaco androide salió de la cocina y me arrinconó en una esquina del salón. Dos de sus manos ahora estaban ocupadas por sierras mecánicas del taller de mi padre, que chirriaban como almas torturadas.
—¡Embers! ¡Soy yo! ¡Rich! —grité desesperado.
—Recibido Rich... ahora te lo preparo con muuucho chocolate… .
—¡Embers por favor! ¿No te acuerdas de mí? ¡Soy tu amigo! —insistía mientras las sierras se acercaban ruidosas a mi cuerpo aprisionado—. ¡Embers, no me hagas esto! ¡Yo no quería hacerte daño! ¡Nunca quise!
—Recibido Rich... la respuesta es 2,3 periódico… .
—¡Embers, por favor escúchame!
—Recibido Rich… ¿dónde están papá y mamá?
Los afilados discos de acero ya soplaban ante mi rostro desolado. Ese era el final. ¡Seguro! Mis amigos ya me lo advirtieron, y ahora… ¿Qué diantre podía hacer ahora?
—Embers… lo siento muchísimo… de veras.

dilluns, 19 de febrer del 2018

HEXENNACHT

Ya lo estoy sintiendo. ¡Cuanto lo echaba de menos! Esa sensación… ver como empiezo a recuperar los sentidos uno a uno. Volver a oír los cuervos sobrevolando mi tumba y gimiendo con desprecio al no encontrar más que huesos y mugre. Ver de nuevo estos parajes yermos y grises cobrar forma ante mi figura en resurrección, en horas oscuras de brujas y fantasmas. En tiempos de olvido y rechazo. Cuando la luna se alza hasta el bello centro exacto de la cúpula celeste y, por una noche más, la ciencia pierde toda esa coherencia que ayer la convertía en un “todo” creíble, y hoy solo es una mera religión más. ¿Qué poético, no?

30 de Abril; Hexennacht; noche de juerga para todos aquellos que dejamos de pertenecer al mundo. Como me alegro de que por fin haya llegado esta fecha. ¡La “nada” es realmente aburrida! ¡Anda si lo es! Ya podrían haber dejado un par de sudokus por allí, o algún libro medianamente interesante. ¡Bueno… tampoco nos precipitemos, eh! que a veces el vacío absoluto es más entretenido que depende de qué libro. Hablo por experiencia propia.

Creo recordar que el año anterior fue un verdadero desastre. ¡De hecho estoy seguro! Me moría de ganas de hacer de todo a lo largo de la noche… y con la torpeza de las prisas, terminé atascando las cadenas de mi cuerpo incorpóreo en mi misma lápida. Una hora entera necesité para deshacer ese maldito lío y cuando por fin logré salir del cementerio, con cinco horas de margen, decidí hacer una visita a mi tío Donald; mi único pariente. El pobre falleció de un infarto al verme… . Fue una pena, la verdad, porqué le había escrito un poema realmente bonito y conmovedor. En fin… solo espero no encontrármelo esta noche por las calles. La primera noche como muerto viviente es realmente intensa, y no quiero ser yo quien le tenga que resolver dudas cómo “Por qué estoy despierto”, “Cuánto tiempo llevo muerto”, O si se puede uno quedar ebrio después de morir. (Psst… guardadme el secreto... ¡Se puede!).

Este año todo irá mejor. Me siento bastante optimista. Con las seis horas por delante cualquiera es optimista. ¡Tengo cosas tan especiales por hacer!… Y tantas que no llegaré a conseguir… ¡Vale! Esto no ha sonado demasiado positivo. Mejor empiezo a salir de este agujero con cuidado… ¡esto de ser fantasma me mata! Por lo menos las momias y los zombis controlan su morfología física, y saben donde meten las manos... ¿En qué carámbanos estaría yo pensando cuando me metí en la Facultad de Parapsicología y Esoterismo? Es que ese maldito Poltergeist me la vendió tan bien... ¡Menudo cretino! ¡Como llegué a aburrir las “Ciencias del Ectoplasma”! ¡De verdad! ¡Que asco!

Cruzo las rejas del cementerio y me dirijo a la ciudad a paso acelerado. La calle principal está poco transitada esta noche; la mayoría de personas están en los bosques celebrando la efemérides de esta ceremonia. Algo bastante absurdo, pues uno no se da cuenta del valor que tiene hasta que la palma. Pero bueno… los vivos haciendo el muerto por allí, y los muertos haciendo cosas de vivo en sus calles. Suena divertido.

Hace un par de años me encontré en este mismo punto de la ciudad con un desfile de celebridades del mundo paranormal. “Bloody Mary”, “La Chica de la Curva” que no hacía muy buena cara, y hasta el travieso de “Charlie-Charlie” andaba por aquí con su buen par de lápices. Internet ha hecho mucho daño a este mundillo... aunque me atrevería a decir que el cine más… ¡Cómo si los espectros no tuviésemos nada mejor que hacer que ir cerrando puertas por allí, e ir jodiendo a familias poco estabilizadas durante sus mudanzas! ¡Esto es muy racista y ofensivo! Supongo… .

Aún así hay algo que me conmueve en todo esto… hecho mucho de menos ir al cine con amigos, y burlarme de esos espectros de cartón. Hecho de menos relacionarme con gente y poder celebrar esos festivales sin la necesidad de estar involucrado en su significado. Hecho de menos la luz del Sol que me alumbraba cada mañana y entonces no supe apreciar. Bien… ¿Os puedo confiar algo? Llevo la eternidad preparando un plan…: resulta que me explicaron una historia hace muuuchos años, cuando estaba vivo por su puesto; no llevo tanto tiempo muerto…; un relato que narraba las anécdotas de una misteriosa hechicera pagana que vivía en un laboratorio oculto bajo el subsuelo de esta ciudad. Nadie conocía su verdadero nombre, un poco triste, la verdad; pero la mayoría la conocía como la Bruja de Aranei. Famosa por su despampanante belleza sobrenatural, sus deliciosas galletas de manteca bajas en gluten... y sus constantes y mórbidos rituales de sangre que abrían paso a la Tierra a miles y miles de seres del averno sedientos de almas en pena y horripilante muerte y devastación… . Tampoco se le daba mal jugar al tenis.

Detestada por los vecinos de su ciudad, la Bruja de Aranei fue desterrada y encarcelada en un islote de rocas afiladas a dos kilómetros y medio del puerto de la ciudad; palmo más, palmo menos. Se le prohibió estrictamente volver a tierra firme, pues en caso de hacerlo, sería condenada a la hoguera de inmediato; un clásico. Y así fueron pasando los años hasta que la calma y la serenidad regresó a esa pequeña urbe germana.

Pero no contenta con su nueva sentencia de indefinida duración, la hechicera decidió elaborar un último ritual que haría que los habitantes de la ciudad se acordasen de ella para toda la eternidad: una vez al año, durante la noche de Hexennacht, noche por excelencia de brujería y magia oscura, los olvidados muertos volverían a las calles para sembrar el caos y el pánico en la sociedad. Así se vengaría de todos aquellos que la sometieron a tal inhumano castigo. Obviamente el plan no le salió muy bien, que digamos… sí, los muertos despertábamos anualmente, pero de sembrar el caos poca cosa, la verdad… al fin y al cabo no eramos más que los mismos mindundis que habíamos sido en vida, pero un poco más paliduchos y despeinados. A demás, la mayoría pasamos desapercibidos; pues la transparencia no ayuda demasiado a la hora de llamar la atención… esto son cosas que habría que ir puliendo cuando una quiere provocar alborotos de tal magnitud. Pero bueno… y con este espectáculo de absoluta mediocridad termina este relato.

¡Ah, sí! ¡Mi plan para esta noche! ¡Fácil! Encontraré a la Bruja de Aranei antes de que mi tiempo se agote, y le pediré una prolongación de mi despertar. Quiero volver a ver el Sol y sé que solo ella puede concederme ese don… . ¡Quiero volver a ver la vida con mis propios ojos a pesar de llevar tanto tiempo difunto! Estoy cansado de vivir solamente unas pocas horas al año. Llevo literalmente años estudiando su paradero y el modo de llegar. Al principio pensaba que solo era un cuento de charlatanes, y que las brujas no existen en el mundo real; que solo son leyendas que sirven para asustar a los niños… . Luego me acordé de que soy un fantasma y entonces entré en razón.

Hallé tras una exhaustiva investigación la supuesta isla de la hechicera, todo gracias a vender mi alma a un diablo llamado “Google Earth”. Después conocí al Conde “Trip Advisor” y éste me mostró un sombrío sistema de excursiones nocturnas turísticas en barco, cuyo destino es la misma roca que yo andaba buscando. Ahora solo debo llegar al puerto y coger uno de esos barcos. ¿Qué podría salir mal?

A medio camino la cosa empieza a salir mal. Caminando cerca de un pequeño parque de esos que vienen con “pipican” incluido, un grupo de jóvenes humanos encapuchados todavía mortales empiezan a llamarme desde las penumbras proyectadas por un viejo y retorcido roble. Me acerco bastante confuso. ¿Cómo diantre me han visto? Luego me doy cuenta de que están jugando con una vieja y polvorienta “ouija” que, al parecer, me ha detectado como “Espíritu residual genérico”.
—¿Cómo que “Residual genérico”? —pregunto furioso.
—Oye Hans, creo que he captado una psicofonía… —dice uno de los jóvenes al que parece ser el líder del grupo.
—¿Que ha dicho, Morris? —pregunta el llamado Hans.
—No lo sé… apenas he podido distinguir su voz. Estaré atento con la grabadora de sonidos a ver si logro captar algo más. ¿Hay algún espíritu residual genérico por aquí? ¡Manifiéstate! —grita el chico.
—¡Me cago en tus ectoplasmas! ¡Residual genérico es lo que será tu abuela! —me altero. A continuación, gracias a la carga de energía paranormal de los objetos, puedo coger el vaso que deslizan por el tablero con el que tratan de conseguir palabras, y empiezo a arrastrarlo de canto a canto hasta transcribir todo tipo de insultos en letras. Los chicos se asustan ante los inesperados movimientos de su vaso. No creo que hayan llegado a leer lo que les he dicho, pero me siento satisfecho de haberles proporcionado un mal rato. Pero cuando me doy la vuelta para marcharme de ese parque, un inmenso y ominoso espectro me agarra con sus manazas y me eleva del suelo.
—¿Con quién tengo el placer? —digo nervioso tragando inexistente saliva.
—Soy la abuelita de Morris… —responde con un gruñido.
—Vaya, parece que la eternidad le ha sentado bien… .

Me escurro de entre sus dedos gargantuescos y empiezo a huir hacía los callejones cercanos que yacen infestados de espíritus de todas formas y tamaños. La abuelita cuyos macarrones por si a caso no probaré, empieza a perseguirme arrasando con todo aquel espectro que se entromete o se cruza accidentalmente en la persecución. No es hasta que alcanzo los bosques oscuros de las afueras que no logro perderle de vista. Desafortunadamente este evento me ha desviado totalmente de mi ruta. El puerto debe de estar a varias horas de aquí… ya solo dispongo de cuatro horas y media y, de hecho, no tengo ni idea de dónde me encuentro ahora mismo. ¿Para qué ser optimista si está claro que algo malo va a pasar? Bueno, de algún modo hay que rellenar este cuento ¿no?

Me acerco a unas fogatas que arden en medio de un descampado. Una gran multitud canta, bebe y regurgita cerveza a la luz de las brasas mientras otros bailan con disfraces de brujas, de hechiceros y algún que otro tiranosaurio rex que estaba de oferta. Así solía celebrar yo estas fechas cuanto estaba vivo. Estar aquí me llena de nostalgia y de bilis humana… sobretodo de nostalgia. Me quedaría toda la noche viendo a ese puñado de imbéciles saltando como sapos por encima de las hogueras, pero este año tengo algo mucho más importante que hacer.

Reencuentro las calles y vuelvo al ruedo con ya solamente cuatro horas en el bolsillo. Mi marcha hasta el puerto resulta bastante tranquila, sospechosamente tranquila; pero todo el bienestar se reduce a cenizas cuando me doy cuenta de que mi barco ya ha zarpado hace rato. ¡Por mi alma inmortal! ¿Qué voy a hacer ahora? No pienso esperar un año más para poder avanzar en esto… necesito reaccionar. ¡Necesito arreglar esto inmediatamente!

Veo a un espectro solitario en las lejanías del puerto. Parece un viejo y putrefacto marinero. Por lo de viejo y putrefacto de poco me servirá, ¿Pero marinero? ¡Los marineros tienen barcos! ¿No? Quien sabe…
—¡Oye mozo! ¿En qué año estamos? —me pregunta el difunto anciano secretando limo verde asqueroso por todos los orificios de su rostro, que no son pocos… .
—¿Por qué quiere saberlo? ¿A caso tiene una cita, capitán? —bromeo.
—¡No soy ningún capitán! No sin mi barco…
—¿Tiene usted un barco?
—¿Si tuviese un barco crees que habría dicho lo que te acabo de decir, maldito holgazán?
—No.
—Esto está mucho mejor.
—¿Tuvo usted un barco, entonces?
—¿Si no hubiese tenido un barco crees que te habría mencionado a MI barco, cuya ausencia me deniega el título de capitán?
—No.
—Así me gusta, que seas racional, chico…
—¿Quiere decirme qué le pasó a SU barco?
—Si quisiese lo habría hecho.
—Necesito una jodida embarcación antes de que termine Hexennacht… estoy buscando a la Bruja de Aranei. Tengo que hablar con ella.
—¡Menuda cabeza de chorlito! —me insulta—. ¡A esa mujer no la ha visto ni Popeye! Y mi barco… mi barco fue devorado por un gran tiburón blanco justo antes de arrojarme al agua y masticar mi cara con sus dientes afilados como navajas. Poco te puedo ayudar, más que en darte algún consejo de belleza —dice soltando escandalosas carcajadas.
—¿Y sabrías decirme dónde puedo hallar algo para adentrarme en el mar? ¿Algo que flote y que pueda manipular con mis manos gaseosas? ¡Espera! ¡Acabo de tener una idea! Tengo que irme un rato… ahora vuelvo.

En poco más de media hora, me encuentro corriendo a toda velocidad hacia los muelles del puerto, con la agradable compañía de la abuelita de Morris pisándome los talones y haciendo temblar sus grotescos apéndices de translúcida carne muerta justo detrás de mí. Y al llegar al borde del muelle, me lanzo al agua seguido de esa monstruosa masa viviente, cuyo cuerpo empieza a flotar y a moverse con injustificadísima e irracional agresividad, hasta que irónicamente pierde la consciencia. Me sentiría fatal por lo que acabo de hacer, de verdad; pero la abuelita todavía tiene toda la eternidad por vengarse de mí. ¡Ahora ya tengo transporte! La próxima vez mejor trato de no perder el barco… .

Dejo atrás el puerto y al nauseabundo marinero, y empiezo a navegar por las nocturnas aguas del Mar del Norte, usando ese par de monstruosos brazos cómo remos. El viaje resulta un tanto incómodo. ¿Para qué mentir? Cabalgar las olas sobre los lomos de una anciana con problemas de ira, no estaba precisamente en mi lista de cosas por hacer durante esta noche. ¿Pero qué es la vida sino una sorpresa tras otra? ¡Espera! Vida no es la palabra adecuada en mi situación.

Veo las rocas negras del lejano islote apuñalar la sangrienta luna de esta noche. Cuanto alcanzo tierra me despido de mi, ehem... “embarcación”… y me adentro en las tinieblas de ese lugar. Desde aquí puedo ver a los turistas sacando fotos con sus cámaras al monumento dedicado a la Bruja de Aranei.

Ya solamente me quedan diez minutos, y empiezo a sentir como mi cuerpo vuelve a ser reclamado por mi tumba un año más. ¡Se me acaba el tiempo! Me aproximo a ese monumento tallado en roca y de repente, por arte de magia, todos los humanos que se encontraban aquí de excursión desaparecen en una neblina negra que me deja completamente solo en la penumbra, pero súbitamente, un circulo de incandescentes antorchas se enciende a mi alrededor.

—Debes estar muy desesperado por haber decidido gastar todo tu valioso pero escaso tiempo solo para llegar hasta aquí —dice una profunda voz masculina procedente de las sombras.
—Parece ser que mis amigos están de exámenes y no han podido salir esta noche.
—Eres muy gracioso, efímero espectro residual genérico. Espero que tu insensatez no esté a la misma altura que tu estúpido humor.
—Pfff cuanto odio este nombre… ¡He venido a ver a la Bruja de Aranei!
De repente, una larga y gigantesca pata de arácnido entra en el círculo iluminado en el que me encuentro, y me hace retroceder un paso aterrado.
—¿Qué te hace pensar que la Gran Hechicera de Aranei quiere verte a ti?
—No creo que tenga muchas ganas de verme… de hecho, sería bastante extraño que supiera quien soy… .
—¡No subestimes sus infinitos dones!
—Precisamente es de sus dones de lo que quiero hablar… ¡Necesito tiempo! Necesito que me permita quedarme en el mundo. ¡Estoy harto de la soledad! Hecho muchísimo de menos la vida… .
La gran araña que me acechaba entra entera en el circulo, dejando al descubierto sus rojos ojos que se me acercan.
—Esto acojona bastante… —suspiro nervioso.
—Dime, pequeño espectro. ¿Qué estarías dispuesto a hacer para que la gran Aranei escuchase tus plegarias?
—¡Lo que hiciese falta! ¡Sin duda! Cualquier cosa… no me importaría nada. ¡Lo juro!
—Tu ingenuidad es digna de adorar… .

Las antorchas se apagan y entre la oscura niebla se abre un portal de luz blanca. Trato de alcanzarlo, pero mis cadenas están atadas fuertemente en una roca, y no hay modo de deshacer el nudo. ¡Sabía que debería haberme quedado con la simple sábana blanca de toda la vida! Dicho esto, y ya sin nada más que hacer por hoy, me despido de los últimos segundos que me quedan. Ahora ya hasta la próxima vez no habrá nada, más que vacío y soledad profunda. Hexennacht ha terminado un año más.

dimecres, 14 de febrer del 2018

PRESIDIO PERPETUO

Las cosas nunca saldrán bien cuando existe la posibilidad de que no lo hagan. Todo mata... todo hiere... todo destruye… . Cada pregunta formulada sin aparente respuesta; cada desafortunada confesión a destiempo; cada intento de poder cambiar las cosas y lograr por fin volver a casa… ¡No sé ni lo que me digo ya! Todo se está pudriendo dentro de esta sesera.

¿Cuánto llevo aquí encerrado? ¿Un siglo? ¿Tal vez dos? No lo puedo asegurar de ningún modo. ¿Puedes oírme? ¿Todavía respiras allí fuera? ¡No me voy a ninguna parte! No mientras todas esas cosas sigan aquí dentro. Me siento muy solo y enfermo ¡Y sé que todo es por mi culpa! Créeme, lo es… quizás haya nacido para vivir sufriendo. Jamás lo he descartado, y sé que ellos tampoco lo harán; quienes sean que me retienen aquí, entre estos cuatro muros de acromático hormigón que cada día están más cerca de cerrarse del todo para reducirme a simple polvo de humano triste.

¿Cuantas palabras van a hacer falta para poder volver a casa? ¿Por qué cada intento de hacer algo satisfactorio se convierte en un acto de verdadera locura y egoísmo? Todo se distorsiona cuando juegas a crear dioses; esto me dijeron una vez y no quise escuchar esa lección. Y ahora ya es seguro… siento como todo aquello en lo que confiaba me rechaza del todo. Ahora solo soy una carga. Tal vez me lo haya buscado… seguramente... ¿¡Qué diablos me estoy haciendo!?

Siento un leve chorro de agua gélida caer sobre mi cabeza. Debe estar lloviendo. A menudo llueve por aquí. ¡Esto me gusta bastante! Siempre imagino que el agua va a arrastrar alguna de las cosas que andan mal aquí dentro, pero solo es una ilusión. Cómo todo… ilusiones nacidas de la pura idealización. ¡Conozco lo que va a continuación! No hace falta que me lo recuerden… ¿Para qué hacerlo? No me prestéis mucha atención… solamente deliro un rato más, con la cabeza en remojo y el corazón en un puño. Puño… puño… puño… tiene gracia, cuanto más repito esta palabra, más carece se sentido, y más interesante me resulta. Juegos de un estúpido huésped de manicomio a quien ya no le importa el tiempo… .

Tengo que admitir que siempre he sido un monstruo; dentro y fuera de aquí. Un monstruo que vive temiendo a los monstruos… suena bastante irónico, pero no tanto como lo es en realidad. Un monstruo que quiere volver… pero que de aquí no se irá. No tiene modo alguno. Lo que me fascina es que todavía puedo oír esa voz filtrarse entre las grietas de esta pared. Reconozco ese inimitable sonido, te lo aseguro. Perforando cual daga mi alma. Desgarrándome. ¡Llevame a casa! ¡Te lo suplico! Entre tanto frío ya hecho de menos el calor.

Ya sabes lo que dicen ¿no?… cuando llevas mucho tiempo mirando al abismo, el abismo termina mirándote a ti. Seguramente sea por metáforas como estas la razón de que haya acabado así. No me sorprendería demasiado. Pero estad tranquilos… soy consciente de que de este modo tampoco voy a solucionar nada. Solamente duele. Punzada tras punzada uno termina por desesperarse. Oh, bueno… no si éste admite su demencia a tiempo. ¡Como si supiese yo algo sobre la demencia! ¿Qué le vamos a hacer? Pero de mientras aquí sigo… tan cerca de casa y tan lejos a la vez; ciegamente insignificante; un espectro más entre tantos otros millones que no han llegado a nada. Desterrados del mundo por todo aquello que les daba sentido. Resulta muy teatral ¿Para qué engañarse?. ¿Todavía sigues leyendo esto? Cuanto lo siento... .

A lo largo de mi vida he podido recaudar varios adjetivos. He coleccionado bastantes de ellos. Malos y buenos… me atrevería a decir que me considero afortunado en esto, pues juraría que los buenos siempre han predominado en mis estanterías; pero al fin y al cabo son los ominosos los que te terminan definiendo como habitante de esta sociedad. ¡También adoro fingir pesimismo social! Siempre queda todo mucho más dramático si lo oscureces un poco más de lo que es necesario. ¿Ya te he dicho que solamente deliro? Supongo que ya lo sabías… .

Anduve por unos senderos donde todo había quedado totalmente arrasado por la supuesta deshumanización y la insensibilidad. Lugares donde todo estaba mecanizado y distante. ¡Falso calor! Frío como un invierno eterno. ¡Menudo poeta estoy hecho! ¡Que vergüenza! Aún así nunca he dado crédito a nada. No soy nadie para ir dando créditos a cosas que no me incumben. Vale… solamente creo que quise ser más de lo que pude asumir. ¡Vaya calvario! Los demonios vuelven a formar pare de mí; solo era cuestión de paciencia. Nada más.

Por ahora estaré por aquí esperando a que llueva. No sé de qué arrepentirme y de qué no, así que me arrepentiré de todo y ya; con los brazos abiertos, y sin ninguna prisa por nada. Sigo haciendo esas cosas que, con un poco de suerte, yo mismo logro comprender, y sigo empujando lo que sea que haya estado empujando todo este tiempo que he estado aquí en busca de un hogar. ¡Sigo! ¡Ya queda menos para volver a casa! Podría encontrar un camino... por lo menos a esto me quiero aferrar. Es lo único a lo que me puedo aferrar. Después de esto ya solo queda basto desierto. ¡Malditas incoherencias argumentales! ¡Están en todas partes! Y mejor que así sigan. A veces la incertidumbre es una buena aliada. ¡Cómo me gusta la pseudo-filosofía! al usarla hace parecer a uno más profundo de lo que en realidad es. Todos lo saben. ¿Todavía puedes oírme? No lo se... .

Se me acaban las palabras por hoy… y, honestamente, no te molestes en buscar un significado a todo esto, en serio. No vale la pena. Tanto lo que me crea como lo que no, todo lo dicho lo digo por decir. Solo es simple locura no contagiosa. Ahora ya os he entretenido un rato… ya podéis dejarme solo otra vez. ¡Nos vemos otro día!

dilluns, 29 de gener del 2018

ICARUS II: ÁNGELES DE PSYCHODELIA

—...Un hombre con delirios de trascendencia decide volar hasta el Sol con unas alas de plástico y cartón… ¿Se puede saber qué mariconada es esta? ¿A quién demonios pretendes vender esta porquería?
—Verás… resulta que leí una historia así en el periódico hace unos meses y… bueno, me llegó la inspiración. Entonces pensé que…
—¿Pensaste?
—Si… bueno…
—¿Qué clase de guionista eres tú? Tu cuento es cutre… ¡Muy cutre! Carece de objetivos comprensibles, y la personalidad de todos los personajes queda absurdamente anulada por el egocentrismo y el carisma exagerado del protagonista… . Además, ¿Por qué tenía que morir el maldito drogadicto? ¿Acaso esto aporta algo a la trama?
—Que el yonki muera de una forma estúpida creo que ya forma parte de su propio arquetipo.
—¡Vamos, no me vengas a hablar tú de arquetipos! Carl Gustav Jung se debe estar revolcando en su tumba por las memeces que dices…
—Que yo sepa, Jung no delimitó ningún parámetro en cuando a perfiles arquetípicos se refiere...
—Lo que tu estás haciendo es acudir a un burdo cliché de principiante… un intento de humor comercial barato. nada más.
—...Entonces entiendo que rechaza mi guión... ¿verdad?
—Desde luego… cuando me hablaron de ti y de las obras en las que has trabajado, imaginaba algo mucho más a la altura que esta porquería. ¿Dónde han quedado los legendarios guiones como Psychodelia, eh? ¡Dime!
—Psychodelia… bueno, digamos que esos fueron otros tiempos… una etapa de mi pasado.
—¿Se puede saber que pasó con esta obra? ¿Por qué la que tenía que ser la revolución cinematográfica de la década terminó siendo la película “jamás proyectada”?
—¡Ni proyectada, ni terminada, ni nada! De hecho ni llegó a ser película. Yo fui el primer guionista al que contrataron para ese proyecto ¿sabe? Ese era el trabajo de mi vida… la que tenía que convertirse en mi obra maestra… la musa de mi legado… pero tras varios líos y discusiones acabaron cancelando el proyecto por asuntos internos del equipo y me arrebataron el guión cuando éste ni siquiera estaba terminado. Así funciona este mundo… ¿Qué le vamos a hacer?
—Una pena… la verdad. En los estudios siempre corrían rumores sobre la grandeza de ese proyecto. Podríamos decir que, como director y cinéfilo, esperaba con ansias conocer la tan esperada Psychodelia.
—En efecto… fue una verdadera lástima. No hay día que no me arrepienta de no haber tomado un rumbo distinto en ese entonces… .
—Si tanto apreciabas esa obra, ¿por qué no reescribiste el guión? Tal vez esté dispuesto a financiarte por llevar a cabo dicha película.
—Digamos que esa obra nació para brillar justo en el momento adecuado, en el lugar adecuado, y de las manos de las personas adecuadas… y mucho me temo que todos estos factores jamás serán correspondidos por la actualidad en la que vivimos.
—Dudo que sea cierto lo que estás diciendo. En el mundo, independientemente de la época y del lugar, siempre habrá gente dispuesta a recibir con los brazos abiertos una obra como Psychodelia.
—No se trata de mero recibimiento… es algo mucho más profundo que la recaudación y el simple fanatismo. Digamos que es algo bastante más espiritual… llevo muchos años escribiendo historias que puedan ocupar su lugar en mi filmografía, pero cada vez todo esto me resulta más frustrarte. Por muy acertado que sea un guión, nada llenará ese maldito hueco que Psychodelia me dejó.
—¿Por qué no me cuentas algo sobre este proyecto?
—Bueno… podría tratar de contarle lo que recuerde:

“Psychodelia era la historia de un joven fotógrafo alemán llamado Isaac König. Un chico humilde pero con un ego y aspiraciones sobrehumanos; algo que le impulsaba a menudo a realizar las hazañas más insólitas con el fin de crear sus asombrosas y extravagantes colecciones fotográficas, bastante admiradas en todo el territorio germano durante el pleno auge de los años 60.

Isaac era un artista temperamental, obsesionado por la perfección y el detallismo. No existía fotografía en sus álbumes manchada por el azar. La milimetría era el sustrato de su orgullo; y esto a veces le volvía tan inestable mentalmente que, sin ser consciente de ello, llegaba a rozar la deshumanización. Pero él aún era joven e impulsivo, y todo el mundo decía que el tiempo no se apiadaría a la hora de ponerle en su lugar de algún modo u otro.

Un buen día de quedada con los amigos del club de fotografía de Doinsberg... no recuerdo de que modo… surgió un curioso tema de conversación que iba a llamar escandalosamente la atención del joven Isaac König: Los Estados Unidos de América se estaban alzando artísticamente gracias a las innovadoras y alocadas corrientes expresivas “Pop-Art” y “Art Deco Moderno” en las grandes urbes, de entre otros tempranos movimientos que estaban revolucionando ese mundo devastado por las guerras, tan necesitado de desahogo y creación. Un soplo de ideas e imperturbable motivación atravesó cual lanza los pensamientos de Isaac, pues por primera vez, tras varios años sumergido en la búsqueda de nuevos estilos para sus colecciones, se le acababa de plantear un interesante punto de partida que no iba a dejar escapar. Tal vez pareciese precipitado, más de lo único de lo que disponía era la escasa información revelada en ese debate de cafetería; pero su humeante cabeza ya estaba planeando su próxima parada.

En menos de un mes y medio, Isaac König ya estaba sobrevolando el Atlántico rumbo a los Estados Unidos de América. Consigo llevaba un maletín armado con todos los aparatos de su oficio, algunas provisiones, y los ahorros de toda su carrera bien escondidos dentro de uno de los calcetines de recambio”.

—¿Por qué un hombre tan meticuloso como Isaac König iba a esconder tanto dinero en un lugar tan estúpidamente previsible?
—Este tipo tenía una caracterización bastante retorcida; este factor era interesante de resaltar, ya que enriquecía su personalidad. Podríamos decir que todo el cuidado que Isaac aplicaba en su profesión y en su imagen pública, era automáticamente balanceado por una dejadez interior, que en un futuro se adueñaría por completo de su forma de ser. Una especie de “Dilema Janusiano” que enfrentaba la incompatibilidad entre quien fingía ser, y quien era en realidad. Tampoco vamos a profundizar demasiado aquí, por ahora.

“Isaac llegó a la gloriosa y navideña Nueva York de diciembre. Se moría por empaparse de la cultura y el arte de ese sitio, así que ya tenía una larga lista de museos y monumentos que debía visitar sin duda alguna. Aun así, era innegable reconocer que esa ciudad en si ya se convertía en una digna muestra de lo que estaba por iluminar al fotógrafo durante su indeterminada estancia allí, tan lejos de su hogar.

Los meses pasaron en la gran metrópolis y Isaac ya estaba en pleno desarrollo de su nuevo proyecto fotográfico basado en el arte norte-americano. Aun así, la cosa no había ido demasiado bien para el joven alemán, pues su desafortunado origen y su escasa edad le convirtieron en objetivo de todo tipo de discriminación y envidia por parte sus patrióticos rivales. Al principio, el fotógrafo supo como evitar e ignorar los constantes sabotajes que le enviaban a diario; pero a medida que las semanas pasaban, la presión que le acechaba empezó a entrometerse en su bienestar, y lo que fue peor… en su nueva obra, que poco a poco, empezaba a contaminarse de imperfección y desgana, frutos de la creciente intranquilidad del artista”.

—Durante toda esta parte del guión, creo que me dediqué a describir detalladamente varias escenas que mostraban los actos de boicot y acoso recibidas por Isaac. Seguidamente se ilustraba el inicio de su decadencia, desesperación e inevitable caída en la miseria… .
—¿Y porqué no regresó a Alemania?
—Al principio su orgullo le cegaba; nada, por muy agresiva que fuese su situación, iba a arruinar su gran proyecto. Después, tras ver su clara falta de progreso, empezó a gastar el dinero de sus ahorros compulsivamente para seguir alimentando su adicción al detallismo extremo. Ya nada le parecía bien como quedaba, y necesitaba invertir constantemente en mejoras mínimas cada vez con más frecuencia y despreocupación. Ya casi no tenía fondos y lo poco que le quedaba que le permitiría regresar a Europa, junto a toda su documentación legal, fue desafortunadamente interceptado por un súbito atracador de callejón. Cosas del Diabolus ex machina… ya sabes como funciona esto.

“Isaac König terminó en las gélidas calles de Nueva York. Había perdido todos sus recursos, sus ilusiones, y ya ni siquiera podía seguir pagando un alojamiento. Lo único que le quedaba entonces era una solitaria cámara fotográfica que ya no tenía fotografías que capturar.

El joven fotógrafo pasó varios días vagando por los callejones tratando de vender las fotografías que todavía conservaba de su nueva pero frustrada colección; pero la cruda realidad cada vez era más persistente a la hora de recordarle como de bajo había caído por su propia soberbia y desmesurada impulsividad.

El chico había probado de todo: llamar a sus amigos de Alemania en busca de ayuda; acudir a la policía de la ciudad; infiltrarse en el aeropuerto a modo de polizón… pero, ya fuese por imposibilidad legal o por otras razones más obvias, nada era capaz de ayudarle en su situación. Isaac estaba atrapado en lo que, de algún modo ligeramente metafórico, podríamos llamar su propia obra de arte”.

—¿Sabía que hay personas propensas a sufrir brotes de locura o demencia a causa de experimentar situaciones de alto estrés o desesperación prolongadas?
—Es probable…
—Pues añádele unos pocos sorbos de alcohol de más, y los constantes flashes de una cámara como único pasatiempo.
—¡Menudo panorama!

“Cuando menos se dio cuenta, la reluciente Nueva York que era la prisión de Isaac König se había convertido en un extraño paraje de extrema irrealidad y confusión. Una ciudad distorsionada por los múltiples shocks psicológicos sufridos por el joven alemán; nuevo visitante y ciudadano de la onírica “Psychodelia: Tierra de ángeles y Querubines”.

—En Psychodelia todo funcionaba muy distinto de la realidad que conocemos… bueno, ciertamente, podríamos decir que ese lugar era la verdadera ciudad Nueva York, pero vista con los ojos de un potencial esquizofrénico. Es decir, una deformación de la realidad percibida por Isaac König.
—¿Cómo queríais plasmar esto en formato cinematográfico?
—Nuestra idea principal consistía en alternar constantemente ambos puntos de vista; el auténtico, y el de Isaac. Creando así un juego de espejismos donde podíamos entender la realidad tal y cómo era y, al mismo instante, entrecruzándose, percibíamos el mundo desde los ojos del protagonista. Tal vez explicado suene bastante retorcido… pero la idea encajaba a la perfección con lo que necesitábamos expresar.

“El fotógrafo, con su cámara en mano, estaba asombrado ante ese nuevo mundo que se abría reluciente ante él. Un laberinto de colosales rascacielos “Art Deco” bañados totalmente por una profunda noche eterna, pero a la vez, manchados con peculiar sinfonía y gracia de luces de neón presentes en las fachadas de todos esos edificios. Todo ese sitio parecía ser una especie de urbe con una exagerada finalidad de turismo y ocio. Si Isaac hubiese estado un poco más cuerdo en ese momento, tal vez no hubiese dudado en compararlo con las mismísimas Vegas de Nevada.

Toda Psychodelia estaba plagada de monumentos abstractos y decoraciones de ese estilo Pop-Art con el que el fotógrafo tanto se había obsesionado; pues ese lugar no era más que la reconstrucción de Nueva York, fundada a partir de las más profundas obsesiones y ansias artísticas del fotógrafo alemán. Quizás ese era un extraño juego para regalarle una eternidad envuelto de sus inspiraciones, o tal vez todo fue una desagradable broma de un perturbado destino que quería que Isaac viviese atrapado para siempre en el mayor error de su vida”.

—Un detalle interesante sobre la ambientación fantástica de esa ciudad era que en todas partes se podía escuchar un repertorio de canciones atmosféricas de Elvis Presley o David Bowie, de entre otros artistas de esa época. Afortunadamente para la productora nunca llegamos a pagar los permisos de autor… .

“Había algo que a Isaac le desconcertó por completo sobre la llamada Psychodelia… ¿Tierra de Ángeles y Querubines? ¿Acaso había seres celestiales andando por esas calles? ¿Seres de luz y perfección divina? ¡Él tenía que conocerlos! ¡Necesitaba reencontrar esa perfección que llevaba tanto tiempo sin poder abrazar! Quizás fuese por su creciente insanidad, pero esa súbita idea le abdució por completo; al fin y al cabo, la locura ya había tomado el control de sus actos y decisiones.

Partiendo de este nuevo y surrealista objetivo, e incapaz de reconocer todos sus verdaderos problemas, el joven alemán se adentró en esa exótica urbe construida por su desequilibrado subconsciente, en busca de esos seres que hasta entonces solo habían sido mencionados. La evidencia confirmaba la imposibilidad de la existencia de humanos alados en el mundo, ¿pero que clase de evidencias eran las que gobernaban en esas tierras oníricas?

Isaac caminó cegado por su búsqueda, pero no había nada que le lograse satisfacer del todo. La gente corriente de ese sitio era bastante fría y se mantenía extrañamente reticente a interactuar con él. Entonces no se dio cuenta, pero el fotógrafo era totalmente invisible en ese misterioso mundo. Tan solo era un fantasma. Una mera nube. Nada que pudiese interferir en ese protegido lugar.

Tras vario rato de avance, el chico llegó donde parecía ser el núcleo de la ciudad. Una gigantesca plaza bien iluminada, con grandes fuentes de agua reluciente, y una magna estatua plateada de temática abstracta en el centro exacto de la zona. Isaac quedó totalmente asombrado ante ese espectáculo de luces y figuras que se combinaban en sus retinas creando un paisaje lleno de misticismo e incomprensible magia. Pero sin duda alguna, había algo que atrajo la intuición del joven por encima de todo lo demás: en ese sitio, no muy lejos, pero sin saber exactamente donde, había una misteriosa energía que Isaac König jamás había percibido en toda su existencia; y a pesar de esto, no tardó en darse cuenta de como la necesitaba”.

—¿Qué demonios era?
—Podríamos decir que se trataba de esa luz metafórica que tanto obsesionaba a Isaac.
—Creo que no acabo de entender esta parte de la historia…
—Bueno… parte de la gracia de esta película estaba en la confusión que ésta generaba en el espectador. Si lográbamos hacer que el público se desconcertara ante la amalgama de irrealidades e incertidumbres que Psychodelia les entregaba, hacíamos que éste se pusiese al nivel del protagonista… y esto era bueno.
—Hmm… curioso… pero dime. ¿Entonces lo que Isaac estaba sintiendo era la presencia de ángeles de verdad? ¿Con alas y aureola?
—No todos los ángeles tienen porqué tener alas y aureola.
—¿Entonces debo entender que no puedo entender nada de lo que está sucediendo?
—Con que entiendas esto mismo ya entiendes lo que hay que entender.

“Isaac descubrió su invisibilidad cuando por mucho que trataba de comunicarse con los habitantes de ese lugar, no había modo de que éstos reaccionaran. Entonces decidió sacarse una fotografía a si mismo con la cámara que poseía, y su inexistente retrato instantáneo le reveló todo lo que necesitaba saber para seguir su estrafalario viaje. ¿Pero cómo podía el chico alcanzar esos anhelados dones, si ni siquiera podía alterar físicamente ese espacio?”.

—Esta parte no la terminamos de pulir debido a la falta de tiempo, pero de algún modo queríamos dar algún que otro giro a las condiciones que Psychodelia suponía para el fotógrafo. Se nos ocurrieron varias ideas… no recuerdo por cual terminé decantándome, pero creo que Isaac empezaba a pasar los días vagando por esa urbe en busca de poder hallar esa fuerza pura de perfección que había presenciado en aquella mágica plaza, pero su falta de éxito le empezaba a superar de nuevo. Psychodelia le estaba poniendo a prueba. Entonces sucedía lo siguiente:

“Equipado con su inevitable invisibilidad una noche más en la ciudad, el decaído fotógrafo merodeaba por las cercanías de una zona de bares musicales y exposiciones de coches de lujo cuando, de repente, una misteriosa mujer de cabello dorado, vestida con un atuendo de fiesta turquesa iluminado por el neón, se le acercó de imprevisto y le preguntó la hora. El joven ya estaba deprimido… falto de orgullo y motivación; ya ni siquiera tenía ganas de seguir usando esa aparatosa cámara fotográfica que había estado arrastrando todo ese tiempo.
—No tengo hora, señorita… —dijo cabizbajo, sin llegar a asimilar el hecho de haber establecido contacto con alguien que, al parecer llevaba consigo esa aura de perfección y pureza, origen de todos los esfuerzos y dolores de cabeza de Isaac König”.

—¿Así de simple? ¿Isaac llevaba días buscando esa “cosa”, y resulta que eso se cruza con él por casualidad, y lo lleva una extraña?
—Así lo escribimos, sí. Isaac acababa de experimentar su primer encuentro con un supuesto ángel de ese incoherente mundo.

“Cuando el joven reaccionó tras ese inesperado evento, persiguió a aquella mujer y trató de llamarle la atención como pudo. Gritó, saltó, trató de cogerla del brazo, pero ya todo regresaba a la normalidad. La invisibilidad e inexistencia volvía a adueñarse del perdido fotógrafo, por lo que su intento de alcanzar a la chica se volvió en vano.

No obstante, y con una férrea perseverancia, Isaac König la siguió hasta uno de los muchos establecimientos musicales de esos cuya fachada contenía tantas luces de colores, que sufrir solamente un ataque de epilepsia se convertía en un verdadero golpe de suerte.

El artista alemán accedió en ese recinto lleno de personajes bailando y bebiendo bajo las vibrantes notas de unas baladas entonadas por un extraño grupo de música que tocaba en directo. Allí dentro todo estaba en constante movimiento; y con esa muchedumbre la búsqueda se torció bastante, pero jamás había estado tan cerca de lograrlo. Sus ojos se llenaban de lágrimas con tan solo pensarlo. Isaac lo había perdido todo en ese viaje, y sabía perfectamente que si alcanzaba ese destello de pureza y perfección celestial, todo lo sucedido y por suceder por fin habría valido la pena”.

—No entiendo de qué forma Isaac pretendía “captar” esa fuerza que poseía ese supuesto ángel… ¿También es algo abstracto todo esto?
—Isaac ya había enloquecido por completo… .

“Encontró a la chica del vestido turquesa bailando ensombrecida con un tipo cerca del escenario que albergaba el grupo de música del local. El demacrado fotógrafo sentía esa magia ya circulando en su sangre; pero necesitaba inmortalizar toda esa luz de algún modo que ni él era capaz de comprender. Pero su invisibilidad era el mayor obstáculo en ese momento. Isaac estaba delante de un auténtico ángel de Psychodelia de carne y hueso, y no iba a tolerar perder esa mágica oportunidad que el destino le había brindado; así que agarró su cámara fotográfica con fuerza, forzándose a mantener la tranquilidad y…”.

—...¿Y qué?
—¡Y nada!
—¿Nada? ¿Me tomas el pelo?
—En este punto ese guión dejó de pertenecerme para siempre… ya sabes… problemas internos.
—Vale… está bien… ¿Pero nada de nada?
—En efecto...
—¿Y si me reescribes esta obra entera, pules los imperfectos y le metes un buen final? Creo que podríamos prosperar bastante con este título en nuestros estudios. Evidentemente recibirías tu correspondiente parte...
—Ya te dije que esta historia no sería reescrita jamás.
—¡Vamos! ¡No me seas “hippie”! ¿No te dará pena guardarte todo esto solo para ti solo y jamás sacarlo a la luz?
—Ya no lo creo... ¿Qué más dará ahora?… al fin y al cabo, Psychodelia solo es una atroz ilusión; un espejismo fruto de la cadena interminable de errores de una persona, que jamás debieron haber sido cometidos.




dilluns, 22 de gener del 2018

OBRA DE UN ESTÚPIDO

¿Que si conocí a Chuck? Por su puesto… ¿Quién no conocía a ese idiota? Ese tipo era la persona más estúpida e inútil que jamás he conocido en toda mi vida. De hecho creo que podría estar orgulloso de ser llamado estúpido, pues de entre todos los adjetivos que se dejaban usar para describirle, “estúpido” era un perfecto halago.

Al tipo le gustaba jugar a ser un artista. ¡Realmente se lo creía! ¿No es absurdo? Cuando en realidad el único arte que tenía era el de hacer el ridículo una vez tras otra. Y aún así, sin duda alguna, era un maestro ejemplar del auto-engaño y la eterna ignorancia. Algo tan fuerte que podría llegar a ser hasta admirable si no procediese de tal incompetente ser.

La última vez que le vi sabía que se llevaba algo entre manos. Alguna incomprensible cosa de las suyas. Entonces no le di importancia, pues nada bueno podía estar relacionado con él. Y si te digo la verdad, todos los que le hemos conocido en alguna ocasión hemos temido más de una vez acabar involucrados en uno de sus actos de homenaje y culto a la estupidez humana. Es tan exageradamente humillante… .

El caso es que el tipejo se fue de casa alegre y cantarín, con una incrédula inocencia que inspiraba hasta una inesperada ternura; ternura que se desvanecía cuando recordábamos que lo más tierno que ese ser tenía era su propio encéfalo. Encéfalo que por cierto, aun no ha demostrado su existencia. Algunos comentaban que tenía una cita con alguna persona, humana o no. Yo me decantaba más por los que creían que se iba a comprar churros en la plaza. Al fin y al cabo, el tiempo que un ser humano normal invierte en una cita estándar era exactamente el mismo que tardaba él en salir de su casa, encontrar la plaza, encontrar la tienda de churros, encontrar los churros, pagar los churros, salir de la tienda, marcharse de la plaza y lograr encontrar su casa de nuevo. Y esto si no perdía las llaves.

No le volví a ver hasta la mañana siguiente. Tan deplorable como siempre. Aunque un poco apagado, la verdad. Tengo que reconocer que en ese instante sentí cierta curiosidad por lo que fuera que le estuviese pasando, así que me acerqué a su habitáculo por eso de las dos del mediodía.

Miré por la ventana de su comedor, y entre el cartografiable desorden de trastos y escombros, estaba él durmiendo espachurrado en su sillón; con la boca tan abierta que lo que deberían ser simples ronquidos se convertían en demoníacas cacofonías de película de terror. Entonces, en ese instante me di cuenta que salía humo de su cocina; era obvio que algo se estaba incendiando allí dentro. Golpeé el cristal de su ventana tan fuerte como pude con la intención de despertar a ese desgraciado, pero no existía acto ni catástrofe natural que pudiese interrumpir su plácido sueño. Entonces rodeé su casa y logré acceder a ella por la puerta trasera, que siempre la tenía abierta y no entiendo porqué.

Tras cruzarme con pasillos decorados a base de cuadros colgados con esparadrapo, habitaciones invadidas por osos de peluche y lavabos cuyas condiciones prefiero no describir, llegué a la cocina y no tardé en hallar un microondas bailando claqué entre nubes de humo y descargas eléctricas sobre un sucio mármol que llevaba años sin desinfectar.

Impulsivamente arranqué el cable que unía el cacharro con la corriente. Encendí el grifo, vertí el humeante aparato y abrí la ventana para erradicar la nube de humo que se había generado allí dentro. Finalmente abrí el microondas y lo que había en su interior era un plato de espaguetis con bechamel todo derramado... con su correspondiente tenedor, y un inexplicable teléfono móvil chispeante… ¡menudo estúpido!

Me dirigí al salón para despertar a ese personaje y contarle todo lo sucedido. Ese tipo no solo era un peligro para si mismo, sino que además se había convertido un insulto hacia la coherencia y la evolución humana. Algo ya serio. Pero de camino allí, no pude evitar fijarme en un misterioso cajón desencajado de un mueble en su comedor, lleno a rebosar de papeles y otros objetos que a simple vista no podía reconocer.

Me acerqué allí temiendo encontrar datos bancarios importantes, o algún otro tipo de documento oficial personal. De ese inútil me lo esperaba todo. Pero por mi sorpresa, lo que había allí dentro eran paquetes de regalo que al parecer nunca se atrevió a entregar, y montones de tiras cómicas explicando con dibujos mal coloreados los episodios más estúpidos y vergonzosos de su estúpida existencia. No lucía demasiado optimista ni inocente, la verdad. Parecía ser que Chuck era conocedor e incluso participante de ese boicot que todo el mundo le hacía. Parecía que se había quedado atrapado en un fatídico personaje del que jamás supo renunciar. Bastante extravagante todo esto ¿No?… Y justo en un mueble vecino yacía, todo resplandeciente, un paquete de churros de ayer.

El siguiente día ese tipo salió de su casa como cada día hacía. Creo que iba a comprarse un móvil nuevo, o algo así. Se dejó las llaves puestas en la puerta de su casa, con ambos zapatos desatados, la camiseta del revés, y equipado con esa cara de empanado reconocible a años luz de esta calle. Todo seguía con estricta normalidad. Aunque creo que algo estaba cambiando en mi forma de percibir su “hacer”. Quizás empezaba a entender su estupidez, como otro tipo de inteligencia que todavía no logramos comprender. O quizás simplemente había pasado una mala noche. Aun así, jamás me hubiese imaginado que alguien pudiese llegar sufrir por su propia idiotez; pero al fin y al cabo, ¿Quién en el mundo querría entender lo que hay en la cabeza de un estúpido?